Hace unos días con mi amigo de la infancia Quico Pernas Coldeira, dimos una vuelta por el Campo Santo de Santa María de Lieiro. Lo hacíamos para rencontrarnos con nuestro pasado -devanceiros-. Íbamos recordando personajes y momentos de aquel puerto que fue San Ciprián -puerto de arriba y puerto de abajo- con astilleros en la ría, gentes que mandaron buques mercantes -cabotaje- y aquella flota bonitera que cambió la vida en todas las parroquias de Cervo-Sargadelos. Hasta la construcción cambió. De casas en piedra con tejados en pizarra rematados por bloques triangulares de granito o cantos rodados en cuarzo, se pasó a edificios que iban buscando el cielo y el sur del medio día, con menos interés por la mar.

En un momento dado, mi compañero en el equipo de futbol -C.D. San Ciprián- dijo algo que me dejó helado. «¿Te das cuenta que tenemos más amigos aquí que fuera». Pasaron los días y con motivo de la presentación de un libro, Presagios de ausencias, en el Museo Provincial del Mar -mi primera escuela dónde aprendí a leer y escribir- el profesor Luis Mendaña Pardo, que hizo los honores a tal evento cultural residido por nuestro amigo y Alcalde -Alfonso Villares Bermúdez- relató cómo vivíamos por los años sesenta en nuestro querido paraíso, como la tradición oral nos enseñaba en las cantinas, por boca de aquellos patrones, lo que había más allá del horizonte que alcanzaba nuestra vista desde La Atalaya. O como nos desplazábamos A Vila para jugar contra los Solla y acudir a los bailes del Cariñés. Mientras desgranaba su historia, la concurrencia que abarrotaba la sala, estaba ensimismada y silente, escuchaban algo que no había vivido, nada tenía que ver con la actualidad fabril o con un mundo de salseiros, dónde Os Farillós eran santo y seña de identidad como ahora puede serlo la chimenea aluminera.

Volvimos a repasar la nómina de personajes contemporáneos. En algunos casos sus huellas se perdían en la emigración. Y es que no hay familia de estirpe gallega que no tenga parte de su árbol genealógico en América, o que no haya sido trabajador por la Europa del acero, o que no se haya quedado a vivir en Cataluña, Euskadi o Madrid, pues Galicia ha sido diáspora obligada por la asimetría de la riqueza y el trabajo. Como no, reconocimos nuestra suerte y privilegios. Habíamos sido estudiados del Instituto en Lugo y de la Universidad. Mientras nuestros compañeros de chapas imitando aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes, se hicieron a la mar, acudieron a Santa Catalina o fueron productos de la Maestría Industrial en Viveiro. Terminamos riendo con las anécdotas de los viajes en bicicleta por aquella vía que diseñó el directorio de Primo de Rivera - FEVE- o las sesiones cinematográficas en el Paulino, gran pescador de pulpos y hombre con extraordinario sentido del futuro por su estancia en las Américas. Pero al final nos conformamos. Somos una generación del siglo XX. Cargada de historia. Muy incómodos con el presente. Entregados a las incertidumbres del futuro. Pero por encima de todo, gallegos comprometidos con nuestra madre Galicia y nuestra provincia Mondoñedo.

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