El culto otoñal a los recuerdos


La ensenada de Rueta es un rincón único. Allí el río Rúa o Xunco encuentra a la mar, tras detenerse entre viejos molinos que aprovecharon la fuerza del agua que baja desde Santa María de Rúa, pasando por Cervo, dejando tristes presagios en aquel puente por la carretera con la curva de La Salgueiriña, recordada por sus continuos accidentes. Maravilloso lugar para pensar y leer- ¡absténganse los enfermos por la adicción al móvil!-

Al dejar Fontao, con su hermoso y antiguo lavadero, ya camino de la mar, hay una bajada muy empinada desde la que puede verse en el horizonte azul, A Pena do Cabalo. Me trae a la memoria aquel 1963, cuando el mercante holandés- Massyn- matriculado en Rotterdam, encalló sus 800 toneladas de casco por una maniobra del capitán al que la niebla arrojó sobre las rocas en plena noche, justificando que los tripulantes lanzaran bengalas que fueron avistadas por los marineros del lugar: Jesús Pernas Costas y Jaime Ben Eijo. Salvaron la vida los cuatro oficiales, ocho marineros y el capitán. Las aguas quedaron blanquecinas debido al caolín que transportaban y, para los habitantes de Rueta y Cuiña o los que se aproximaron en bicicleta por la vía del FEVE, una ingente cantidad de cajetillas de tabaco rubio americano...

Cualquier aventura otoñal debe pasar por la parroquia galaica más al norte. Santa María de Bares, templo con unas escaleras de piedra -externas- que acceden al campanario dónde una de las campanas recuerda 1971 como Año Santo Compostelano. Desde esa torre se divisa una perspectiva muy gallega. En un primer plano el Campo Santo, al fondo el puerto de Bares con su Coido y en la mar, esa misteriosa isla de A Coelleira.

Transcurre una mañana de niebla. Corro el riesgo de confundir sombras con realidad cuando me dirijo por la playa de La Concha a ese montículo denominado Igresia Vella. Me dispongo a darme un baño pero me encuentro a una mujer ataviada como las peixeiras de antes, mostrando su miedo al sol mediante un gorro. Descubro que vive en una hermosa casa con cuatro ventanas que dan vistas a la playa. Se apellida Baltar -como mis parientes- y es la biznieta de un náufrago que zozobró al regreso de Viveiro, en un traiñón que cargaba pizarras. Hablamos de vivos y muertos. De los hallazgos que se desentierran en aquel lugar, como una calavera con una cinta pegada que nadie supo explicar. Me describe la soledad que tras los veraneantes se instala en el puerto de Bares, y termina, con ese nuestro orgullo del país, contando lo que «dice el pueblo» sobre los orígenes del puerto que visitaron tantos pueblos de mareantes. Mitad historia, mitad leyenda. En cualquier caso rica tradición oral.

Le pregunto si ha escuchado aquella campana del Monasterio de Qunicularia, que dio cobijo a los Templarios. Me dice que no, pues aseguran fue hundida por los pobres caballeros de Cristo que rendían sus armas a su única dama, la Virgen Morena dada la cristianización oriental de Isis. Se queja del complicado acceso a los servicios de salud: Centro de Atención Primaria en Bares. Hospital en Ferrol. Me comenta que todavía hay quienes suspiran por aquel Hospital Da Costa que pudo haberse instalado en Viveiro. Ya por fin se sincera del todo. ¡Deberíamos seguir siendo provincia de Mondoñedo!. Por mi sonrisa, descubre con comparto la complicidad del nostálgico pensamiento.

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