Os Aventados, 1997-2018


En aquella primavera del siglo pasado, hicimos un llamamiento a quienes usaban la fuerza del viento como inspiración. El primero que hablaba del padre viento y madre mar, fue nuestro inolvidable Alberto Pillado. Miembro de una saga inmortal que militaron en el Pósito Marítimo Terrestre de San Ciprián, desde 1929, y que sabía contar aquellas historias de conversaciones con A Maruxaina -la de antes- cada vez que caceaba entre las Islas del Archipiélago Trileucos. Todavía recuerdo el saludo fraternal que el patrón del AVE se dio con Agustín Ibarrola, cuando Este quiso comprender nuestra "locura" y recordaban tiempos de lucha obrera por la dignidad, en plena longa noite de pedra. Allí estaban Quique Guerra y Xoán Guerreiro, cuyos estudios visitó el maestro que vive en el Cantábrico de Vizcaya. De esa Euskadi rebelde, que como dijo el poeta Vidal de Nicolás, compañero, en celdas franquistas, de Ibarrola, preferían morir antes que vivir sin libertad, vino el poeta Gregorio San Juan García, nacido en Palencia y militante socialista en Bilbao, dónde llegó a ser responsable de cultura; compañero de Blas de Otero, Celaya y Aresti. Escritor en gallego de versos para García Lorca. En estas tierras brumosas por las que anduvo Maeloc, llegaron los miembros de la Tétrada Literaria, de la que salió Espido Freire, que llegó a compartir con nosotros queimada, mientras Amado Gómez Ugarte, presentaba una de sus novelas en la linterna del faro de San Ciprián. Tal ambiente a buen seguro inspiraría alguna obra cinematográficas de Kepa Sojo, también viajero por la llamada de Os Aventados Britonienses. Y aquí en la costa más al norte, la de los Torreros del Faro de Bares o de punta Atalaya, Eugenio Linares y Román Ventoso, una tarde de otoño entre castañas del magosto, se contaron historias de esas catedrales de la mar. Mientras Ana Bedia, ceramista que enseñaba en Sargadelos, recitaba sus poemas de amor, o Nando Blas interpretaba, a la gaita, una danza escocesa entre las paredes do Muiño do Xunco en Cervo. Canta Sito Sedes, "¡como han pasado los años!". Por el camino se nos quedó Jesús Murados el hijo del poeta, los Rivera Casás, padre e hijo; y algunos más, como Arcadio Mon, que se han mezclado con las arenas de mica y caolín. Seguro los tendremos siempre presentes. Cada vez que Otero Regal crea una figura o un mural. Cada vez que Paco Rivas escribe un libro de Mar...usía. Cada vez que Carlos Nuevo indaga sobre su amor platónico por Maruja Mallo. Cada vez que Andrés Díaz muestra la entrada a nuestros puertos para un buque. Cada vez que Hipólito Xeada pinta nuestra lluvia. Cada vez que Lino Rico Fernández compone una melodía o la interpreta, formando un mismo cuerpo con piano o acordeón. Cada vez que David Catá crea una obra. Cada vez que Maika canta un bolero o Eugenio Del Valle recuerda un tango argentino. Siempre que Fabián Reino fotografía Mondoñedo o Pablo Libio pinta escenas de la vida misma. Estos y muchos más, somos hijos do vento mareiro...

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