Maestras que se buscan la vida para sacar una sonrisa al niño enfermo

Niños de la provincia, uno de A Pontenova, reciben en este momento asistencia escolar en sus domicilios


viveiro / la voz

Más que ayudarles a que no pierdan la comba del curso escolar, que también, las maestras -la mayoría son mujeres- del servicio de atención educativa domiciliaria a niños enfermos de la Consellería de Educación tienen una misión que no está escrita: trasladar a los menores una sensación de «normalidad y alegría» en los complicados trances de salud que afrontan, puesto que en muchos casos sufren enfermedades crónicas u oncológicas que les obligan a estar en casa y les impiden asistir a clase con regularidad. «Puedo tener mil problemas en mi vida, pero cuando entro en la casa de un niño siempre los dejo todos fuera y me vuelco en conseguir que el niño se sienta bien», comenta unas de estas docentes que a diario se busca la vida para sacar una sonrisa a un niño enfermo.

Cinco menores de la provincia reciben en este momento este apoyo educativo. De ellos, uno vive en el concello mariñano de A Pontenova, tres en Lugo, uno en Vilalba y otro en Guntín, según datos facilitados por la EPAPU (Centro Público de Educación Permanente de Adultos) de Albeiros, donde tienen su base las dos maestras adscritas al servicio actualmente. Hace poco falleció uno de los alumnos. Tenía 8 años y sufría cáncer. «Lidiar con eso es lo más duro», lamentan.

«Le coges mucho cariño y cuando hay dificultades médicas te implicas todavía más»

Ángela Paz Basanta forma parte desde principio de este curso del equipo de asistencia educativa domiciliaria de Lugo. Maestra de Primaria e interina, puesto que todavía no tiene plaza, recorre a diario decenas de kilómetros para actuar como «enlace» entre alumnos de Primaria y de ESO que están convalecientes en sus domicilios durante más de un mes y los centros de enseñanza.

-Este servicio le obliga a estar a diario en la carretera y a trabajar fuera del centro educativo, ¿por qué se animó a aceptarlo?

-A lo mejor hay gente que es más reacia a entrar en domicilios o que prefiere dar clase en un colegio o en un instituto, pero a mí me pareció una buena opción, una experiencia diferente en la que aprender y que también es satisfactoria.

-¿En qué se diferencia el trabajo en una aula con el de casa?

-La relación con el niño y con la familia es mucho más personal y directa que en el aula. Les coges mucho cariño y cuando hay dificultades médicas te implicas todavía más porque la vinculación es más intensa.

-¿Cómo organiza las clases?

-Cuando te adjudican un niño, se miran las necesidades el niño y su nivel de aprendizaje. Actuamos como enlace con el centro para llevarle los exámenes, las tareas... Te amoldas a sus necesidades porque algunos no pueden seguir el ritmo escolar, pero intentamos que se sientan parte del grupo haciendo cuando se puede, por ejemplo, que participen en trabajos con sus compañeros. Hay que trabajar mucho la motivación. Cuando ves cómo aprenden y cómo se superan, es muy satisfactorio.

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