«A mí hay que matarme de frente»

Manuel García Valle fue detenido, vejado, condenado, encarcelado por el franquismo... pero nunca flaqueó

Manuel García Valle, en su domicilio en A Pontenova, repleto de recuerdos de su vida.
Manuel García Valle, en su domicilio en A Pontenova, repleto de recuerdos de su vida.

A PONTENOVA / LA VOZ

La biografía de Manuel García Valle, José el Gallegu, está recogida en un libro de conversaciones con Jorge Muñiz Sánchez, editado por la Fundación Juan Muñiz Zapico, con un título esclarecedor: A mí hay que matarme de frente. Manuel, «el hijo de Avelina» ?su madre está siempre presente en su recuerdo?, nació en Vilameá, en A Pontenova, y recaló en Langreo con 21 años. Ahí empezó su segunda vida ?donde se convirtió en José el Gallegu?, para encarnar una historia de inmigración, trabajo, de un minero comunista en Asturias, de la lucha antifranquista, de un militante en el PCE y en las primeras Comisiones Obreras, un líder que luchó por los obreros, que desde 1957 fue detenido en numerosas ocasiones por las huelgas que se llevaban a cabo en los pozos mineros para reivindicar mejoras laborales y salariales, juzgado y condenado por el régimen, un autodidacta y, en definitiva, un luchador inquebrantable. Manuel García vive en Asturias, pero visita habitualmente A Pontenova, donde tiene su casa y donde estuvo recientemente, en la última Festa da Troita.

El libro de conversaciones A mí hay que matarme de frente constituye un esclarecedor relato de una época reciente, que aún sigue fresca en la memoria de muchos. Es un relato de cómo una persona mantiene sus convicciones contra viento y marea, aunque su vida esté en juego. Un relato, en definitiva, ejemplar, de lectura más que recomendable.

«Los que querían matarme por detrás ya están muertos, y yo sigo aquí», dice con una sonrisa. Pero su relato de ese episodio puntual en su vida ?uno más de muchos que cuenta, de tantas veces que lo fueron a buscar a su casa, lo llevaron al cuartel y lo amenazaron con pasearlo? resulta estremecedor.

Te vamos a matar

«Soy detenido en el Pontón el siete de agosto de 1963 por dos guardias civiles. Me meten en el local de los municipales debajo del juzgado. A las ocho de la tarde me viene a buscar un guardia y pasamos al despacho del cabo Pérez. Me ordenan sentarme y sacan una bomba de piña. ?Dinos quiénes son los responsables de la huelga o si no te vamos a matar, sabemos que tú estás entre ellos?. También me preguntan por el paisano, Horacio Fernández Inguanzo ?puesto que tú le conoces desde el 58? y por Ángel León ?desde el 60?. Les contesto que no les conozco, que no soy ningún chivato: ?Buscarlos vosotros que para eso os pagan?. Un delator les dijo que yo tenía reuniones con Horacio y con Ángel, y les repito: ?Que os diga ese chivato dónde están?. Los dos se alzan sobre mi dándome puñetazos, patadas e insultándome hasta las nueve de la noche».

A las once de la noche volvieron a buscarlo, con un capitán: «El cabo Pérez le dice al capitán: ?Mira la fecha que tiene este comunista desde 1957?, y después de revisarla el capitán me manda desnudarme para ver ?los huevos que tienes conmigo?. Me niego a desnudarme y es el propio capitán el que me desnuda totalmente dándome puñetazos, patadas, tirándome por el suelo y golpeándome con el tolete de los municipales».

«Se sienta a descansar unos minutos. Luego se levanta y descuelga de la pared un cuadro del capitán Alonso Nart: ?A este lo matasteis los comunistas en Sama en el 34?. Le contesto: ?Yo nací en 1929?. ?Pues si no fuiste tú fueron los tuyos?. Y acto seguido me rompe el cuadro en la cabeza, me registra y me roba 150 pesetas: ?Para pagar al carpintero el cuadro que has roto?».

Siguió el castigo para que declarase, con latigazos y patadas. «Y a las cuatro de la madrugada me levantan para dar una vuelta para tomar el fresco. Pasamos junto a la iglesia: ?¿Quieres confesarte? Porque te voy a matar?: ?No tengo nada que confesar?. Seguimos caminando y me pone mirando contra un muro. Con nosotros iba otro preso, a quien ponen mirando hacia otro lado y el capitán le dice al oído que va a tirar un tiro al aire y que se tire al suelo: ?Para acojonarlo?. Me doy la vuelta: ?¿A ti quién te ha mandado girarte??. Le digo que a mí hay que matarme de frente y no por la espalda. Levanta a mi compañero y nos manda subir un poco más ?puesto que arriba hay mejor sitio para matarte?. Cuando llegamos al alto pega cuatro tiros al aire y me pregunta por los responsables de la huelga, particularmente por Horacio el paisano. ?Yo ya he dicho todo lo que tenía que decir?».

La sangre hasta los pies

«Tras eso comienza a darme culatazos con la pistola y trata de zancadillearme para que cayese, pero esta vez no lo consigue. Al otro preso: ?Límpienle un poco la cara a este hijo de puta y cántele el twist, que quiero verlo bailar?. A mí ya me llegaba la sangre hasta los pies».

A Manuel lo salvó el amanecer. Hoy, superados con holgura los ochenta años, Manuel sigue haciendo gala de una lucidez extraordinaria. Sigue buscando la justicia en los juzgados y que se condene a los opresores que aún siguen vivos. De cuando en vez sigue practicando su afición, en que otro tiempo le valió paga ganar unas perras: fabricar gaitas.

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