Llueve en A Mariña: «¡Pero qué suerte tenéis aquí!»

A MARIÑA

Vista desde el litoral de Arnao, en Castropol
Vista desde el litoral de Arnao, en Castropol JOSE ALONSO

Me despierto y cumplo religiosamente con el vicio de echar mano del teléfono móvil. En lugar de levantar la persiana y saludar al sol, así de necio puede ser uno, miro el tiempo en la pantalla: jueves, 20 grados, el huevo frito pintado que habla de lluvias y tormentas para hoy y mañana. Sábado, domingo, lunes y martes, predice lluvia. El miércoles, más huevo frito, las nubes y claros de toda la vida. España se cuece de calor pendiente de Zapatero mientras aquí el debate nacional es si guardamos o no de una vez la colcha en el armario. En el recuerdo fresco queda el baño en Arnao a las ocho de la tarde con el agua a 21 grados, un extraño placer cada vez menos inusual. Mejor fue el domingo, cuando avanzada la tarde me sorprendió la tormenta entrando al agua: bañarse lloviendo y cruzar a nado Arnao con el agua como un plato, acribillada por las gotas de lluvia. Otro chispazo milagroso que nos da esta tierra, tan pródiga para hacer millonarios sin dinero, para dejar pasar el tiempo ignorantes, o lo que es peor, desdeñando lo privilegiados que somos.

Lo dicho, me levanto dispuesto a cumplir con otro mandamiento: el café de la mañana. Llego al bar y me encuentro clientes pendientes del chute de cafeína, con saludos rutinarios, rostros somnolientos y desganados. Entra alguien, más dicharachero, con pinta de vecino retornado. Afuera el día es gris, agradable de temperatura, 22 grados, pero remolón y tristón, huérfano del sol. A todos nos parece afectar y abate el ánimo, salvo a este nombre que da un buenos días multivitaminado y luce una generosa sonrisa. Los envidiosos, los que vienen de perder otra batalla y solo pudieron rendir al imsomnio echando mano del ansiolítico de turno, lo miran sorprendidos: «Cómo he dormido», dice. Y mientras revolvemos el café encajamos su mejor derechazo, ese golpe a tiempo que nos pone en nuestro sitio: «Si hasta llueve... ¡pero qué suerte tenéis aquí!».

Suerte. Empiezo a trabajar. Y lo escribo. Para no olvidarlo.