Hoy fui a consulta médica, como algunos de ustedes, seguro, que quizás estén leyendo estas líneas y salí con una sensación un tanto extraña. Me recetó más pastillas y me derivó a un especialista para un diagnóstico más certero, esto en apenas tres minutos después de una espera bastante larga, pero eso no importa, es de suponer que necesitaron más atención otros pacientes que entraron antes durante la mañana. Salí, decía, con una sensación extraña; fui pensándolo camino de la farmacia: creo que me hubieran resultado más tranquilizantes en ese momento unas palabras que las pastillas. Una pequeña explicación, 30 segundos, para indicarme por qué creía más adecuado dirigirme al especialista, qué había visto u observado en el informe de los análisis. Solo para evitar que uno salga de la consulta más preocupado de lo que entró. Un poco de empatía en cuestión de segundos, un minuto, tampoco más. Cinco o seis palabras pueden resultar más estimulantes en un determinado momento que una medicación o al menos más necesarias. Entiendo que deben de atender seguramente a muchos pacientes al cabo de la mañana o de la tarde, más de los que les corresponderían a lo mejor por cupo. No sé. Pero aún así no somos un número en una pantalla, ese número corresponde a una persona con sus problemas también y preocupaciones. No se trata de criticar a nadie, pero necesitaba decirlo porque a mí hoy me hubieran sentado mejor unas palabras, dos simples frases de tranquilidad, ese gesto de cercanía, que el frasco de pastillas. Sé que son necesarias las pastillas, pero aún así. Los médicos también son clientes fuera de los centros de salud y hospitales y querrán un trato amable por parte de los demás, especialistas en lo suyo. Nada más.