La tranquila vida en la aldea de los tres últimos habitantes de Piegalbo

La Voz

A MARIÑA

PEPA LOSADA

Marisol y Jesús, matrimonio, y Julio, el otro vecino, son inseparables, toman el café juntos a diario y no cambian su lugar por la ciudad

09 jun 2026 . Actualizado a las 12:37 h.

Llegar a Piegalbo no resulta del todo fácil para un forastero debido a un laberinto de pistas que se cruzan y desorientan a cualquiera. Es una aldea al pie de montañas en un municipio mariñano de interior, Ourol, con muchas aldeas abandonadas y en venta en diversas plataformas inmobiliarias. Allí viven Marisol Gómez, de 80 años, y su marido Jesús Paleo, de 85; frente a ellos reside solo Julio Pardo, de 87 años. Los tres tienen una cosa en común: son felices en su aldea, toman el café juntos a diario y no cambiar su lugar, aunque quede lejano, por la ciudad. Y otra más: ninguno de los tres perdona la siesta.

Julio Pardo nació en la misma casa en la que vive hoy en día solo; llegó a vivir en ella con sus padres y con su hermana. Trabajó mucho tiempo en la madera, también en el campo cuando sobraba tiempo, y ahora cuida su huerta y mima con cariño, se nota, a sus dos cerezos. No hay nada -o muy pocas cosas- que le sepa tanto como esas cerezas de las que habla continuamente. A veces, algún fin de semana, van a verlo los hijos de un primo suyo, pero dispone de coche sin carné y con él se desplaza a hacer la compra a Ourol o a Viveiro cuando lo necesita. Pasea mucho por su entorno y al lado del río. Por las noches se distrae viendo la televisión. Mantiene una gran amistad con Jesús y Marisol. Los tres se apoyan; se les nota unidos. 

Jesús y Marisol son matrimonio; llevan unos 60 años viviendo en la misma casa en Piegalbo; ambos son de Ourol aunque de distintos lugares. Jesús trabajó en la presa hidráulica de Xerdiz, luego revisó contadores del agua; Marisol trabajaba en el campo y cuidaba de las vacas por la misma zona; así se conocieron y fueron entablando amistad y la relación acabó en matrimonio hasta hoy. Tienen dos hijos, tres nietos y tres bisnietos; sus hijos viven con sus respectivas familias en Ponferrada y en As Pontes, pero van a verlos con frecuencia. Se les ve contentos, tanto que de hecho compraron un piso en Viveiro, pero no lo cambian por su casa en Piegalbo, ni siquiera en invierno. Van a dormir alguna vez a Viveiro, pero enseguida echan de menos la aldea, la tranquilidad, su huerta, el paseo, y el café diario con Julio, donde discuten amistosamente y hablan sobre todo de los tiempos de antes, que de vez en cuando añoran, sobre todo porque Xerdiz contaba entonces con unos 200 habitantes. Había más vida; a pesar de todo no cambian su aldea porque además con sus coches en 20 o 25 minutos están en Viveiro. Ni siquiera en invierno: «Prendemos o lume e encendemos a tele ou charlamos e estamos encantados». Jesús recibe el periódico, La Voz, a diario; se lo lleva el panadero. Recuerdan infinidad de anécdotas, de antes, nos invitan a su café diario, son conversadores y se llevan los tres de maravilla. El café no falla, solo cuando vienen los hijos y los nietos, entonces Julio prefiere tomarlo en su casa. Se ven luego y están cerca en todo momento.