Muere María Nieves, la hija de emigrantes de Lugo y Mondoñedo que revolucionó el tango

Martín Fernández Vizoso VIVEIRO / LA VOZ

A MARIÑA

María Nieves
María Nieves M. F. V.

La madre de la célebre bailarina era Josefa Freire Pértega, de Santa María Maior

10 may 2026 . Actualizado a las 13:23 h.

El día 19 del pasado mes de abril murió en Buenos Aires, a los 92 años de edad, María Nieves, la bailarina que revolucionó el tango y la milonga. Era hija de José Rego Rico, un emigrante de Lugo que repartía leche por la ciudad en un carromato tirado por caballos, y de Josefa Freire Pértega, de Santa María Maior (Mondoñedo). El matrimonio vivía en una humilde casa del barrio de Saavedra y tuvo cinco hijos: Alfredo y La Ñata, los mayores, Cristina y Cacho, los menores, y María Nieves, la del medio, nacida en 1934. El padre era bravo y celoso. Y la madre callada y triste. Y analfabeta. Él le pegaba sin motivo, sin razón, por cualquier cosa. La vivienda no tenía baño y escaseaba el dinero y la comida.

En 1943, la familia se mudó a un conventillo con un servicio común para cuatro proles. Al poco, el padre murió y la madre —con 45 años— se puso a limpiar casas, escaleras, oficinas, cafetines, lo que salía... María Nieves tampoco tuvo elección y entró de mucama en una casa del arrabal. Le enseñaron a base de golpes porque no sabía limpiar y era bruta. Tenía 14 abriles y muchas ganas de vivir.

Según contó a Moira Soto en Damisela en apuros «en esos días, agarraba la escobita e iba por una galería llevando el ritmo de D’Arienzo». Y fue entonces cuando acudió, por primera vez, a la milonga del barrio, el club La Estrella de Maldonado, un oscuro galpón en el que parpadeaba la débil luz de un farol. En ella, los muchachos caminaban el baile, se apretujaban, huían del frío, de la infancia sin juguetes, del pasado sin honor. El tango hacía su voluntad y María Nieves se abrazaba a él como se abraza un rencor. Él se llamaba Juan Carlos Copes y era morocho, atrevido y pintón. Y tres años mayor. Allí empezó un loco amor y un tiempo nuevo en el tango.

En 1951, los dos se inscribieron en un certamen de baile en el Luna Park. Eran 600 bailarines y lograron el primer puesto. Ese día subieron a un tiovivo que los llevó por medio mundo, los mareó de éxito y fama y acabó bajándolos, de nuevo, en Buenos Aires. Pero ya no eran los mismos. Fueron pareja sentimental 17 años y artística, 40. La dupla más exitosa del tango pasó del amor al odio: fueron novios, cómplices, pareja, esposos, divorciados, enemigos... «Juan Carlos era un gran bailarín pero conmigo fue un hijo de puta», confesó ella en un documental de Wim Wenders.

Él era un latin lover, vivía de noche, derrochaba, tenía amantes y una hija no reconocida, se divorció y se casó con otra veinte años más joven, era ambicioso y se derretía por relacionarse con gente influyente.

Para ella, en cambio, su preocupación —como dijo a Leila Guerriero— era su mamá, la infeliz mindoniense que nunca regresó. Así que fueron cavando, dia a día, una fosa de recelo, desprecio y acritud. Siguieron bailando juntos. Pero no se hablaron nunca más.

Del garito y el burdel a teatros de París, Londres o Nueva York

María Nieves fue un icono del tango, su bailarina más influyente y la figura central de los primeros espectáculos tangueros que se pasearon por grandes escenarios del mundo. María Nieves y Juan Carlos Copes fueron al tango lo que Gardel a la canción o Discépolo y Piazzolla a la composición. Revolucionaron el baile, lo llevaron a un nivel profesional sin precedente y fueron los primeros en hacer coreografías, en dramatizar historias y situaciones con esa danza porteña. El tango —que era un baile sensual y orillero, de garitos y malevos— pasó con ellos a los más refinados salones y teatros, a ser admirado y bailado por la burguesía y la gente bien.

En 1954, tras el concurso del Luna Park, ella creó con Copes una pionera función de danza y canto que les acarreó contratos en teatros nacionales. Después vinieron el Waldorf Astoria, en Nueva York, donde hubo que cortar una calle ante el gentío que quería verlos; giras por el mundo; y cabarés como el Caño 14, en la calle Talcahuano de Buenos Aires, donde yo los ví bailar en 1981.

Era el momento del show Tango Argentino que obtuvo en el Teatro Châtelet, en París, el Premio Astaire; en Londres el Olivier Award; y en Nueva York, el galardón al mejor espectáculo del año... Aquellos fueron días de vino y rosas para ellos. Sintieron las ovaciones y el cariño del público desde Tokio a Los Angeles y desde gente como Ronald Reagan, Liza Minelli o Lady Di, hasta las clases más bajas y populares argentinas. Recibieron aplausos, reconocimientos, seguridad económica. Eran autodidactas y crearon escuela. Pero el vínculo amoroso, labrado a sangre y fuego en la penuria y en el arrabal amargo, se evaporó entre tanta pompa y adulación. «Mi sueño no era ser artista sino tener una familia y un hijo, y todo se fue a la mierda», confesó ella a Leila Guerriero. No es seguro que Copes haya muerto en enero de 2021 ni que ella lo hiciera el mes pasado. Porque seguirán vivos largo tiempo en el corazón de Argentina y de los que saben que el tango no es sólo un baile sino un modo de caminar.

«No me hincho de vanidad por los premios, siempre reconocí mis orígenes»

Tras la ruptura artística con Copes, María Nieves vivió de hacer exhibiciones, ser convocada como jurado, dar clases y charlas, ser miembro del Festival Anual del tango y recibir muchos y diversos homenajes. Obtuvo el Diploma de Honor del Senado en 2004 y fue declarada Ciudadana Ilustre de Buenos Aires en 2008. Y, por Ley, en la legislatura argentina se instituyó el Día de la Bailarina de Tango el 6 de septiembre por ser el día de su nacimiento.

En la citada entrevista con Moira Soto, la hija de la emigrante mindoniense dijo: «Todos los premios que recibí fueron muy agradables, pero no es eso lo que más me conmueve. Yo no me lo creo ni me hincho de vanidad. Pero sí me sentí orgullosa cuando el público me celebraba con entusiasmo, me convertía en estrella aunque hiciera un secundario. Todo ese afecto lo conquisté con mi esfuerzo, sin andar dando notas o llamando la atención sobre mi vida privada. Creo que me quieren por lo que les doy en el escenario y por mi manera de ser auténtica. Nunca quise pasar por lo que no soy, siempre reconocí mis orígenes, mi formación en la milonga».

La madre de María, con Chacho y su mujer
La madre de María, con Chacho y su mujer M. F. V.

El Secretario de Cultura de la nación, Leo Cifelli, señaló tras su muerte: «Su legado es parte viva de nuestra identidad cultural. Fue una figura imprescindible del tango y una de las más grandes embajadoras de Argentina».

Sus restos mortales fueron velados en la Palacio de la Legislatura de Buenos Aires, en la avenida Presidente Julio A. Roca, los pasados 19 y 20 de abril. Meses antes, el Gobierno argentino le rindió un homenaje en vida, celebrando su legado junto al público, en el Palacio Libertad.