Emoción hasta el llanto de las últimas obreras de la conserva en Viveiro: «O peche de Albo déixanos colgadas»

Ramón González Rey

A MARIÑA

Una trabajadora de Albo intenta consolar a otra a la salida del penúltimo día de trabajo
Una trabajadora de Albo intenta consolar a otra a la salida del penúltimo día de trabajo XAIME RAMALLAL

Las trabajadoras de la fábrica de Celeiro reclaman alternativas a la desindustrialización de A Mariña

18 nov 2022 . Actualizado a las 16:18 h.

Con tristeza y emoción, que en ocasiones desborda y se vuelve llanto. Con recuerdos, tras décadas de trabajo. También con humor, la que dicen que es la herramienta del superviviente, la que convierte los tragos amargos en tolerables. Y con mucha incertidumbre por el futuro, la plantilla de Albo Celeiro vivió ayer el penúltimo día de producción en la factoría. La última conservera que quedaba en Viveiro, el último eslabón de una industria que se remonta al siglo XVIII, elaborará hoy sus últimas latas. Cinco trabajadoras se trasladarán a Plisán (Salvaterra de Miño), donde la empresa centralizará la actividad, y otras 40 tendrán que buscar empleo, una tarea que prevén complicada ante la desindustrialización de A Mariña.

Las operarias son mayoría entre el personal de Albo Celeiro, pero también hay trabajadores. Uno de ellos es Francisco Javier López Otero. A sus 58 años, admite que no tiene claro qué hará en adelante para ganarse la vida. La plantilla tiene contrato hasta el 2 de diciembre. A partir de entonces todo se ve más borroso. «Levo catro décadas aquí. Alternei o traballo ás veces coas descargas de peixe. Agora non sei o que farei. En A Mariña, agora mesmo, non hai opcións», afirma.

Uno de los trabajadores, en la penúltima jornada de actividad
Uno de los trabajadores, en la penúltima jornada de actividad XAIME RAMALLAL

Este trabajador reclama a las administraciones «que fagan algo» para que la comarca atraiga empresas y así «avance cos tempos. Hai un problema grave coas infraestruturas. Non podemos vivir do turismo, porque daría de comer a uns poucos», añade.

«Eu comecei aquí no 1990», expone la sindicalista Carmen Orol. «Empecei nunha contrata e comentei na casa que tiña que quedarme como fose. Este foi o mellor traballo que tiven e que poido ter, deume estabilidade. Moitas comezamos solteiras e fumos mamás e avoas», relata. A sus 54 años, se mudará a Salvaterra. «Vén o meu marido comigo, porque está xubilado. É o que me facilita poder marchar», resalta.

Trabajadoras, con las últimas cestas de Navidad de la fábrica
Trabajadoras, con las últimas cestas de Navidad de la fábrica XAIME RAMALLAL

A sus 36 años, Arantxa Rubiños es una de las operarias más jóvenes de una plantilla envejecida. En enero comenzará a trabajar en Plisán, aunque no cree que, pasados los 15 meses de compensaciones económicas para las desplazadas, pueda seguir allí. «Tomar a decisión foi moi duro. Vense comigo miña nai. E foime moi difícil atopar casa», enfatiza. Recuerda cuando llegó a la fábrica, en 2007. «Foi como atopar un emprego no circo, para min era o máximo», indica. No es extraño: vive, expone, a cuatro minutos de la planta.

Para Natalia Rey, de 53 años, mudarse a 271 kilómetros de distancia no es una opción. «Teño a miña nai maior e non me vexo capacitada para un cambio tan grande», explica. Al reflexionar sobre el cierre, se rompe: «Dános moita pena, esta foi a nosa fábrica. Agora quedamos colgadas», lamenta una de las últimas, al menos por ahora, operarias de la conserva de pescado en Viveiro.