«Dejamos todo atrás, toda nuestra vida, para empezar de cero aquí»

José Francisco Alonso Quelle
josé alonso RIBADEO / LA VOZ

A MARIÑA

J.A.

Obligada a dejar Venezuela con su familia, tras un duro período de adaptación amenazada por la depresión, Yamile Saleh rehace su vida como modista en Ribadeo

02 nov 2022 . Actualizado a las 12:57 h.

«Estaba muy deprimida, quería regresar. Y yo lo decía, no va a poder ser. Pero hubo un antes y un después de abrir este negocio. Fue el 5 de julio y de verdad que sí. Cambió físicamente, anímicamente. Estábamos preocupados por su salud. Yo venía de estar en una cárcel y recuperaba la libertad. Pero ella allá tenía su casa, su carro, era una mujer conocida y valorada y la adaptación fue muy dura, hasta que aceptó que nada iba a ser igual». En la Retoucheríe Yami, en la calle San Francisco de Ribadeo, en el negocio de arreglos y transformaciones de prendas que ha abierto su madre, Yamile, Lorent Saleh, activista por los derechos humanos encarcelado en Venezuela durante cuatro años, hasta que fue desterrado a España a finales del 2018, recuerda cómo con él vendrían también su esposa, su suegra y su madre. Toda su familia directa, que están rehaciendo sus vidas en Ribadeo. Para todos ellos, en A Mariña empezó una nueva vida. Yamile relata todo lo que dejó atrás y las dificultades de adaptación que tuvo que superar.

«Tenía mucho miedo al abrir este negocio, aunque era imprescindible para rehacer mi vida. Así empecé a enamorarme de Ribadeo. Empezaba de cero, pero con toda la experiencia que tenía de mi anterior trabajo de modista en Venezuela», explica.

J.A.

Cuando secuestraron y encarcelaron a su hijo, Lorent, Yamile se convirtió en su voz y se hizo un personaje molesto para el régimen venezolano: «Cuando liberaron y echaron a Lorent, la embajada española hizo casi de inmediato todas las gestiones para traerme acá, y conmigo a Gabriela, que entonces era su novia y ahora es su esposa. El 22 de octubre cumplí cuatro años aquí».

«Allá era una mujer normal, que hacía mi trabajo de modista en Valencia, Carabobo (Venezuela). Me tocó asumir ser la voz de Lorent cuando lo secuestraron en Colombia y lo encarcelaron, para que no lo mataran. Tenía que estar hablando por la libertad de mi hijo», recuerda. 

Su papel inesperado

Su perfil de madre como miembro de la sociedad civil, alejada de la política, era difícil de cuestionar y de atacar: «Yo tenía un hijo, pero era la voz de muchos más por el mundo. Me llamaban mamá Yamile, porque sin pretenderlo me convertí en la voz de muchos que estaban en la situación de Lorent. Yo no quería saber nada de política, solo era una madre con un hijo prisionero secuestrado, como cualquiera otra que lucha por su hijo. Y no me quedaba callada, aunque Zapatero (el ex presidente del gobierno español), me lo pidió. Pero yo tenía que denunciar. Y así estuve en el Vaticano, en Washington, en el Parlamento Europeo, en el Congreso de Perú... en tantos lugares que nunca había ni imaginado».

Y con el destierro a España de su hijo, llegó su salida de Venezuela: «El gobierno me tumbó, me arrodilló. Lloré muchísimo, pero seguí adelante y después de muchísimas batallas logramos que liberaran a mi hijo. Yo soy hija de emigrantes; de un palestino y mi madre es venezolana. Es difícil salir de tu país. Pero mucho más difícil es hacerlo sin planearlo, si te echan. Ya no tengo pasaporte venezolano. Allá dejé todo lo que construí con mi trabajo, como le ha pasado a muchas familias venezolanas. No tuve elección. Es duro, porque a esta edad es difícil empezar de nuevo, cuando allá tenía una vida laboral estable, cuando estaba en lo alto del mundo de la costura, haciendo bordado de piedra. Ahora estoy así, empezando de nuevo, pero con el aval de toda la experiencia adquirida».

«Estoy contenta, con ilusión y ganas de aportar, como hicieron tantos gallegos en mi país»

«Llegué a Madrid. España siempre me gustó y tenía un sentimiento bonito de este país. Tras un tiempo Lorent empezó a buscar algo más alejado de la ciudad, un entorno diferente y vinimos acá. Él llegó en octubre del año pasado y yo en enero. Me costó, porque siempre había vivido en ciudades y me gusta la gente y lo urbano. Además, no perdía la esperanza de regresar algún día a Venezuela, donde estaba mi vida. Aquí fue donde acepté que la libertad, que el cambio político, no iba a llegar a Venezuela. No sé si estaré viva cuando Venezuela vuelva a ser libre. Eso fue hace poco cuando lo acepté, que tenía que pasar página. Entonces vi este local, pequeño, pero ideal para montar mi negocio. Y me puse a ello, con una máquina industrial y otra doméstica, empezando así, con lo justo y mucho miedo a la respuesta de la gente. Pero ha sido muy buena», relata Yamile Saleh.

«Estoy alegre, contenta. Me siento bien. He sido acogida con los brazos abiertos y abrir este negocio me ha ayudado a integrarme, a conocer a la gente del pueblo, a sentirme mucho mejor. En mi país hay muchos gallegos y por cosas de dios llegamos aquí, a Galicia. Quiero aportar algo, así como aportaron ustedes, los gallegos, allá en mi país, que fue muchísimo, ya que como los portugueses, italianos, árabes, hicieron creer Venezuela. Llegaron solo con su maleta y sus ganas de trabajar y ahora estamos igual los venezolanos aquí. Estoy con una maleta llena de ilusiones y con ganas de seguir trabajando y de aportar a Galicia y a este pueblo, donde veo que hay oportunidades», concluye. Y con tres nietos ya, uno recientemente nacido, los tres gallegos.

Lorent Saleh, cuatro años preso en La Tumba, cinco plantas bajo tierra

J.A.

«El precio de la libertad». Fue el título de la intervención de ayer en Foz de Lorent Saleh, activista por los derechos humanos, premio Sajarov del Parlamento Europeo, ahora residente en Ribadeo. Saleh relató su experiencia, cuatro años como preso político en Venezuela, gran parte del tiempo en La Tumba, los sótanos del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, situados cinco plantas bajo tierra, con siete celdas de seis metros cuadrados y camas de cemento. Fue aislado, torturado e intentó suicidarse en cuatro ocasiones. Cuenta que, por momentos, lo único que le mantenía con vida era la esperanza de ver el sol. Su vista judicial, nunca se celebró.

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