Los hermanos Rey Camba fueron leyenda en San Ciprián

Pablo Mosquera
pablo mosquera SAN CIPRIÁN

A MARIÑA

Las familias Rey Camba
Las familias Rey Camba ARCHIVO PABLO MOSQUERA

Esperanza y Cándido, casados con Marcelino y Carmina, impulsaron negocios que dieron servicio a generaciones

04 ene 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Me duele que algunos/as se atrevan a decir que antes del aluminio en San Ciprián, incluso en A Mariña, no había nada. Unos lo hacen por desconocimiento. Otros por lo barato que sale ofender al orgullo de unas gentes cuyos apellidos son simiente de trabajo, fomento de actividad económica y sobre todo, asentamiento de carpinterías para construir buques, o navegar por aguas del Cantábrico y hacia Gran Sol, con los colores de un pueblo, parroquia de Santa María de Lieiro, que dio excelentes hombres de mar, que a su vez, trajeron a puerto cargamento de pesca que daban vida y trabajo a las conserveras.

Pero también hubo iniciativas comerciales. Esperanza y Cándido Rey Camba, fueron una leyenda. Trabajo, atención al vecino, servicio al viajero, capacidad para adquirir fama y ser punto de encuentro entre generaciones. Además, casaron con unas gentes que desprendían personalidad, profesionalidad y sabiduría popular. Marcelino Díaz, patrón que se quedó «fondeado» para ser un extraordinario y polifacético hombre de la hostelería. Carmina Fernández, una hermosa asturiana, hija de un gran patrón -Pepín- que vino a enseñar cómo manejar determinadas artes pesqueras en tiempos de sardina y chicharro. Más adelante su hijo Jovino, fue uno de los grandes patrones en las costeras del bonito.

Ellos y la siguiente generación

Marcelino y Esperanza fueron quienes cogieron el testigo de Paulino Díaz, que vino de las Américas, puso en marcha un salón de baile -Miramar- un cine y un hostal, con cafetería y restaurante. En 1953 el matrimonio Díaz Rey, abre lo que será santo y seña de la gastronomía a estilo mariñano. En una estratégica esquina, lo mismo se comunicaba a Lugo la previsión del tiempo, que se recibía la «cosecha» que la bajura había traído al muelle, tanto en forma de lubinas como los mejores mariscos de Os Farillóns. Aquel coqueto y popular bar Mar olía a café, tabaco, coñac y hacía sonar las fichas del dominó o los naipes, contra el mármol de unas elegantes mesas que, desgraciadamente, ya solo pueden acariciarse en El Almacén-Pousada de Cervo.

Cándido y Carmina, convirtieron un caseto que daba a la playa de La Concha por el Torno, en una actividad frenética. Víveres, tabacos, sellos, cantina, taller de bicicletas, butano, compra de chatarra y algas... Pero sobre todo, ese calor de hogar marinero que, sin quererlo, hacía la visita al Bar La Playa, una cita indispensable para todos los que sabían y querían conocer las vicisitudes de las tripulaciones. ¡Cuánto aprendimos escuchando aquellos relatos!. Más tarde, en 1970 -hace ahora cincuenta años- Cándido abrió su ferretería. Un negocio que sabía regentar como nadie. Un sitio para cada cosa, cada cosa en su sitio.

La siguiente generación estudió. Jovino y Calila en aquella Vila de la Maestría Industrial, que tan buenos técnicos proporcionó. Lolita, Manolo y Mar, se convirtieron en excelentes funcionarios con alto rango en Madrid, Compostela y Tenerife. Pero nunca dejaron en el olvido aquella costumbre de enfilar rumbos con la proa de un chalano, cuando la playa de La Concha en San Ciprián aún no tenía el resguardo del muro en La Anxuela.

Y ahora diré lo que escucho. Todos ellos, padres e hijos, tenían profesiones y habilidades reconocidas, que les permitió dedicarse a diferentes actividades, sin miedo a quedarse parados. No eran gentes «tipificadas» por la industria. Incluso tuvieron oportunidad de ser encargados y operarios de Inespal y no les interesó. Tenían otros horizontes, y es que desde San Ciprián, tal horizonte está en el infinito, dónde mar y cielo su juntan...