Y llegó la factoría que transforma la bauxita en aluminio


En 1962 la provincia de Lugo, gracias a La Mariña luguesa, era la séptima de España en producción de conservas de pescado. Burela, todavía parroquia del Concello de Cervo, aumentaba su puerto con un nuevo espigón. Lo hacía para dar servicio a los mercantes cargados de caolín y a la flota pesquera que competía con los puertos vascos del Cantábrico.

Este enclave junto con Celeiro, San Ciprián, Foz y Vicedo, sin olvidar la actividad mercante de Ribadeo y el enclave de las cetáreas en Rinlo, mostraba la intensa actividad marítima del norte Mindoniense.

Desde el Consejo Económico y Social se invertían recursos para el plan renove de la flota que consistía en sustituir a los viejos buques comprados a los vascos y la entrada en el sector de armadores nuevos que hicieron trabajar con entusiasmo a los astilleros de las rías de la Galicia del norte.

Estamos ante la conjunción económico laboral de un triángulo formado por carpinterías de rivera, barcos pesqueros y conserveras. En 1961 y a pesar de la galerna, se habían capturado 5.321.416 kilos de pescado, cuyo valor se estimó en 58. 974.752 pesetas de entonces. A lo que antecede se deben añadir las capturas marisqueras y un imparable sector turístico que opta por lo que se vendrá a denominar cultura del ocio, descubriendo las hermosas playas al norte del norte.

Todo ello, a pesar de las dificultades que suponen las comunicaciones terrestres, o la esperanza puesta en la inauguración del viejo trazado del FEVE, que debía vertebrar toda la cornisa cantábrica para viajeros y mercancías.

Pero hay en la antigua provincia de Mondoñedo esa magia que perciben los grandes escritores gallegos. Dice Don Camilo José Cela: «Don Pedro, el Mariscal, Conde de la Frouxeira y de Castro d´Ouro, señor de once lugares, perdió el cuello rezando la salve en latín: tal como el Obispo de Iria Flavia la escribiera». «El viejo don Antonio Noriega lo cantó desde el monte, rodeado de hijos por todas partes como un Capitán de Caballería Noble de Mondoñedo». Esa magia es patrimonio de la humanidad y reside en la antigua Britonia, la Diócesis fundada por Maeloc con sede en San Martiño, una joya arquitectónica digna de ser visitada, mientras se escuchan las explicaciones sobre las características físicas del templo con sus murales, se percibe la leyenda del túmulo donde yace, al menos, el espíritu del santo que hundió con sus rezos a una escuadra normanda.

Esa Mariña que hoy teme por el final anunciado desde su inauguración, para la factoría que transforma bauxita en aluminio, mientras produce vertidos por tierra, mar y aire, que ha convertido una chimenea en un símbolo que casi logra borrar otros como Sargadelos, Santa Catalina, Torre del Homenaje de Castrodouro, Cetárea de Penacín, islas y faros, puertos naturales, ríos y fuentes...

Hasta borró aquel pequeño comercio artesanal. Al menos en Santa María de Lieiro -San Ciprián-, que va muriendo desde que en febrero de 1979 se instala en La Veiga -famosa tierra dónde se cultivaban las mejores patatas abonadas con las algas depositadas por las mareas en las playas de mica y caolín- un potente economato donde adquieren las familias alumineras toda suerte de productos que van desde la alimentación, perfumería, droguería, ferretería, muebles, electrodomésticos, calzado, ropa, etc, formando parte de una política paternalista que cambia los hábitos de consumo en una población que era hasta entonces autosuficiente.

Lo que sí se produce, en positivo es, la llegada de los servicios bancarios y de créditos, y la primera gran ola para la construcción, transformando la vivienda propia de San Ciprián, en edificios que asemejan las colmenas de cemento y cristal propios del urbanismo especulador.

* Pablo Mosquera, médico, exdirector del Hospital da Costa y exdiputado en el Parlamento Vasco.

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