Reflexiones sobre el covid


Para algunas personas el COVID no supuso apenas cambios en su vida. Si acaso, ciertas obligaciones como el uso de mascarilla. Sin embargo, siguieron con sus costumbres ajenas a las advertencias. Desde esta óptica, uno piensa en si son inconscientes o no les importa su vida y, por supuesto, mucho menos la ajena.

Por su parte, otros, quizás por aquello de que cuando veas cortar las barbas de tus vecinos las ponemos a remojar, a lo que creemos buen recaudo, para evitar sobresaltos. Desgraciadamente, los amigos y conocidos que se fueron con la pandemia, no volverán con las golondrinas. Los nidos del corazón quedan vacíos y cansados esperando un año más otras cosechas. La vida se hace jirones. Hace mucho tiempo que murieron las lágrimas y no importa ya si sufre el corazón o el alma, si es que quedan ¡Qué más da! ¿Verdad, Fernando?

Mientras, la «china» asesina juega su macabro ritual entre ancianos desamparados y reparte suerte diversa recordándonos que el perro flaco tiene más boletos. No, no se ha ido y hasta parece posible que tendrá relevo, pero nosotros, los tontos resabiados, seguiremos sin es_ cuchar las reiteradas advertencias de los hombres de ciencia sobre el peligro que supone un estilo de vida tan inhumano como absurdo. No, no habrá invasiones extraterrestres. El mundo morirá víctima de la codicia. Ya nada queda a salvo de buitres, ni siquiera la inocencia de los niños.

Y, aun siendo conscientes de esta triste realidad, seguiremos viviendo sumergidos en la filosofía de la superficialidad más absurda, en la religión del dinero, en la ociosidad displicente con la cultura, en las luchas caínitas del egoísmo y la presunción, en esa vorágine de carreras hacia el precipicio sin remediar los males ni buscar el antídoto para esa avaricia malsana que abarca todas las actividades.

Les aseguro que hemos luchado por otra sociedad, por otro mundo diferente, por otras metas más sólidas, por otro altruismo más real, por otros principios más dignos, por otra forma de vida más sincera, por otro futuro más cierto y feliz… Y viviendo nosotros en el ocaso, hemos de abonar La Tierra para una nueva primavera de pájaros y niños, de risas y canciones solidarias.

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