El gallego Julio, gángster de Castropol y famoso guapo del hampa porteña

Gustavo Germán escribió en unas crónicas sobre policías y delincuentes la historia del oriundo de Piñera


viveiro/la voz

Un día de 1929, el jefe de la sección policial del diario Crítica de Buenos Aires, Gustavo Germán González, recibió una llamada. Era un hermano del gángster Julio Valea, El gallego Julio, así llamado aunque había nacido en Piñera (Castropol). Le pidió que fuera a ver a su hermano a la suite que compartía con sus dos mujeres -una española, otra italiana- en el Hotel Castelar, en la Avenida de Mayo. El pistolero quería que mediara entre él, la policía y Juan Ruggiero, Ruggerito, su rival en el control del juego y la prostitución, para poner fin a las muertes y tiroteos que llenaban de sangre Buenos Aires.

Allá se fue el legendario cronista, que conocía y trataba a los dos hampones. Frente a una mesa donde se llenaron varias veces las copas de bebidas, Valea le contó su vida. Y años después, cuando ambos malhechores cayeran asesinados, Gustavo Germán escribió en «Crónicas del hampa porteña. 55 años entre policías y delincuentes» aquella historia. El libro está hoy desclasificado y descatalogado. A este cronista le costó años encontrarlo. Y solo gracias al desvelo de una amiga argentina pudo hallarlo y conocer así ?aunque ya escribió sobre Valea- la verdadera y trágica vida de un emigrante mítico, El gallego Julio.

Llegué de Castropol con 18 años -le dijo- para escapar del servicio militar que me llevaba a la guerra de Marruecos. Mi hermano tenía un bar en el Paseo de Julio y comencé a trabajar con él.

El Paseo de Julio -hoy avenida Leandro N. Alem- era entonces la recova y discurría paralelo al río. Albergaba muchos bares frecuentados por cientos de marineros que bajaban de los barcos sedientos de amor y aguardiente con que burlar la soledad. Allí, entre malevos y juego, sexo y bandoneón, Julio dio sus primeros pasos en un Buenos Aires en el que el tango ya hacía su voluntad por las esquinas.

En cada cuadra había dos lupanares y tres cafetines con muchas mujeres. Una se entusiasmó conmigo y dejó a su cantinflero. Yo nunca había pensado en vivir de las mujeres, agregó. 

Un tajo en la cara

Pero apareció el chulo. Y lo desafió a pelear. Era más grande y con fama de valentón. Julio se defendió con su navaja sevillana y le hizo un tajo en la cara. El chulo escapó. Desde aquel día, en todo el barrio malevo se supo que había un guapo, bueno con la sevillana, que se llamaba El gallego Julio. Así se convirtió Valea en un hombre de avería…

Pero no sabe usted ?dijo con tristeza- lo duro que es tener fama de guapo en el hampa porteña. Todos querían pelearme para lucirse. Tuve que rodearme de hombres peligrosos. Y así llegamos a esta situación que costó muchas vidas, no había necesidad de tanta muerte. No quiero más tiros. Tengo plata suficiente para que la policía no me moleste. Usted conoce a Ruggiero. Interceda y haremos la paz. Que los de su banda no vengan a la Capital y los míos no cruzarán el puente…

Política, corrupción, tiroteos, muertes y un pacto «de caballeros» con la policía

Ruggiero era hombre de confianza del caudillo conservador indiscutido de Avellaneda, don Alberto Barceló, y podía delinquir sin riesgos con su banda. Don Alberto era casi analfabeto pero llegó a ser senador. Su modo de funcionar era viejo, antiguo, acaso intemporal: el que iba en busca de ayuda, la encontraba, si era del partido rival, lo mismo, eso le ponía otro hombre a sus órdenes. Pagaba entierros, atención médica, recomendaba buen trato en hospitales, ayudaba a viudas, sacaba de apuros a desalojados… 

Ruggierito daba la cara por él

En la mayoría de los casos, el que daba la cara por él como benefactor era Ruggierito que, además, manejaba casas de juego, cafetines, pisos clandestinos y ayudaba a cuanto maleante caía preso… Si había que matar a alguien, sus hombres lo mataban sin temor de ir presos. Así, para eliminar a un rival, asesinaron a Félix Sola, que tuvo la concesión del Casino de Mar del Plata. 

Un día apareció El gallego Julio

Ese modus operandi de Ruggiero funcionó largo tiempo. Pero un día apareció El gallego Julio, también rodeado de hombres de acción y también protegido por políticos, en este caso de signo radical. Abrió garitos y casas de prostitución en La Boca y Barracas y se adentró en Avellaneda. Así que pronto comenzaron los tiroteos entre las dos bandas rivales y hubo muchos muertos y heridos. Pero Valea y Ruggiero solo una vez se enfrentaron. Fue en la esquina de Piedras y Avenida de Mayo. Vaciaron los cargadores de sus pistolas pero, además del pánico de los transeúntes, solo rompieron una lámpara del alumbrado y varios cristales de las vidrieras. 

El pacto

Ruggiero cuidaba su clientela. Si alguien llegaba desde la Capital y ganaba dinero en sus casinos, dos de sus guapos lo acompañaban hasta que cruzara el puente de Barracas -que tanto gustaba a Borges- o el de Avellaneda. «Si le roban en la capital, que se joda, pero aquí no me asaltan nunca un cliente», decía. Así que los tiroteos entre los pistoleros de El gallego Julio y de Ruggierito se repetían todas las semanas… Hasta que Valea dijo basta y propuso un trato, un pacto de caballeros.

Ninguno murió en su cama, Valea fue asesinado en el hipódromo y Ruggiero cuando visitaba a una mujer

El cronista de Crítica habló con Ruggiero y con el comisario Santiago. «Se puede arreglar», dijo este. «La próxima semana los juntamos en mi despacho para firmar la paz».

Así que Gustavo Germán viajó a Córdoba, confiado, optimista. Días después, cuando regresaba a Buenos Aires en el tren nocturno, compró La Nación: «El Gallego Julio asesinado» titulaba. Un pistolero lo acribilló por la espalda en octubre del 29 mientras observaba con los prismáticos, desde el techo de su auto, cómo su caballo Invernal iba primero en una carrera en el Hipódromo de Palermo al que tenía prohibida la entrada. Se atribuyó el crimen a la gente de Ruggiero pero el periodista afirma que fue «un lío entre los mafiosos que amañaban las carreras».

El acuerdo que buscaba Valea ya no pudo ser. Ruggierito, que fue amigo de Gardel, siguió solo con el juego y los lupanares. Pero el 22 de octubre de 1933, cuando salía de visitar a una amiga en Avellaneda, lo mataron a tiros. Tampoco esta vez fueron rivalidades de guapos, sino un marido celoso y engañado. A su multitudinario entierro acudieron políticos y gentes agradecidas «por sus múltiples gauchadas». El cadáver paseó por Avellaneda y «era de noche cuando terminaron las loas al prócer». Así se escribió la historia de la gran ciudad del Gran Buenos Aires, dice, amargo y escéptico, el autor de «Crónicas del hampa porteña».

Ruggiero y El Gallego Julio compartieron vida canalla y orillera, tragos largos y la común convicción de que la vida no era cosa ni de mujeres fieles ni de hombres sensatos. Ninguno de los dos murió en su cama. La película «Del otro lado del puente» los recuerda. Lástima de tango…

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