Santiago de Sargadelos, aquellos tiempos

Sardiñada en la romería de Sargadelos en el 2005
Sardiñada en la romería de Sargadelos en el 2005

El día del Apóstol solía hacer mucho calor. De mañana con la fresca, partían desde Lieiro, Cervo, San Román, Rúa, Castelo y Burela, mariñanos que se daban cita en Sargadelos. Acudían a la misa y procesión que celebraba el párroco de Santiago de Sargadelos en el templo de estilo Neoclásico encargo del Marqués de Sargadelos con el fin de realzar el complejo industrial que había creado.

Darío Baltar Baltar y su esposa Amadora Paleo, industriales de San Ciprián, donde vendían aguardientes, vinos, harinas; acompañados de sus cuñados: Manuel Fernández Méndez Rego,- secretario del Juzgado en varias etapas, Rosa Baltar Baltar, Juan Escandell -patrón del Cabaleiro, su esposa Ana Paleo, sus hijas Teresa y Anita. Todos ellos invitados al Pazo de Sargadelos por la familia Taladriz, y donde contrataban como refuerzo para la cocina a Balbina da Rigueira.

El Manoliño de Fazouro, con Florencio y Pepe Rodríguez, que hacía la ruta Lugo- San Ciprián, transportaba a la juventud que acudía a la fiesta campera. Era un placer viajar desde el Miramar hasta la cantina de Mouronte y Oliva al fresco de la baca, procurando eludir las ramas de los árboles que con una pintura blanca señalizaban las carreteras en aquella Galicia de los años sesenta.

El valle del Río Rúa era un hermoso e histórico enclave para las Reales Fábricas. El

paseo que partiendo de los hornos se convertía en sendero limitado por viejos y grandes eucaliptos y el canal, terminaba sorprendiendo al viajero con una hermosa presa donde las aguas remansaban y dejaban ver plantas sobre la superficie, dando al lugar un aspecto bucólico digno para quienes conjugaban el verbo amar. Otros comensales ponían manteles sobre el tapiz verde, entre las antiguas carboneras y a Fonte da Tella.

Mesas improvisadas de rancio abolengo. La familia Blas con sus invitados. Entre Isabel, Delia y Rafael, con sus cuatro hijos, don Francisco y su esposa Elena, así como todos los que trabajaban a lo largo del año en A Pousada, sin olvidar a Federico Mon, con su esposa e hijos. Cerca de ellos, José María Crego, su esposa Elisa, excelente cocinera y repostera con su hijo Chemari. Un poco más allá, Emilio da Venta con su esposa, su hija Maruxa, mientras su yerno Ramón ponía el taxi a disposición de las pandillas.

La orquesta Variedades se instalaba en aquel palco de madera que la comisión de fiestas había pegado a la trasera de la Casa de la Administración. Desde allí, Carolino y Marucho cantaban y dedicaban temas a la concurrencia, mientras Cardis ponía ritmo con el saxo, Oscar marcaba el contrapunto con su bajo y Tito, hacía coros, tocaba la trompeta y mandaba los descansos amén de administrar los cubatas.

Recuerdos a modo de ensueño. Parece que fue ayer. Bailar y bailar. Merendar con mi amigo, de excelente apetito y gran degustador de chorizos del país, Jovino -Palomo-.

Presenciar alguna reyerta festiva en la que daban comunión general los puños de Tona y su amigo Babi, hasta que llegaba la pareja de la Guardia Civil.

Recibir lecciones de tango canyengue de aquel íntimo amigo de mi padre -Jaime Sánchez Rey, mercadillos Jaisán, que era un extraordinario bailarín, y solía celebrar su onomástica con nosotros y así, su hijo Oscar, se incorporaba al veraneo sanciprianés invitado por mis tíos Manolo de Rego y Pepita. Mi tío, que se las sabía todas, se incautaba de las llaves de mi vehículo y se ponía a nuestra disposición para la retirada una vez concluida la fiesta, garantizando así que volvíamos enteros.

Aquellos tiempos.

Por Pablo Mosquera Médico y exdiputado

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