Hace ya mucho tiempo, algunos, muy pocos, venimos escribiendo sobre el abandono secular de la Mariña ante los oídos sordos de los políticos y la desidia y el pasotismo de la ciudadanía, más atenta a sus problemas personales que a aquellos que les conciernen en su conjunto. Es lo que ocurre cuando el individualismo se impone a la colectividad.

Si antes, por ejemplo, reclamábamos la carretera de la Costa, muy pocos lo exigían; si pedíamos la industrialización, calladitos quedaban los munícipes, más pendientes de sus controversias ideológicas que de las necesidades urgentes de la ciudadanía; si avisábamos de la posible deslocalización de Alcoa, éramos unos exagerados y pesimistas.

Alcoa ahora se va y, aunque salga a flote una vez más, será pan para hoy y hambre para mañana. Y desearía fervientemente equivocarme. Buscar culpables en los Gobiernos Central o de la Xunta, hablar del precio de la luz, exhibir banderas de derechas o izquierdas… es jugar a perder el tiempo. Alcoa se va porque después de haberse forrado comprándola de saldo, aprovechando mil millones de subvenciones, produciendo año tras año con pingües beneficios, hoy se encuentra con una fuerte competencia en el mercado (China controla el 60% de la producción mundial) y, aplicando nuevas estrategias empresariales, busca nuevos caladeros en otras latitudes. Es la deslocalización que le afecta también a Nissan y que amaga con la industria automovilística.

Hay, detrás de todo esto, una filosofía económica en la que pocos reparan y que se llama Globalización. El sistema capitalista en que estamos inmersos, nos vendió la Globalización como la panacea para nuestros problemas (libre comercio, fusión de empresas, privatizaciones y tratados de libre comercio, lo que se traducía en mayor competencia, mejora de comunicaciones, impulso al desarrollo científico, mayor capacidad de maniobra frente a las fluctuaciones económicas… con el riesgo de mayor irresponsabilidad empresarial, aumento de los desequilibrios económicos sociales y políticos y aumento de la pobreza).

Una Globalización que campa a sus anchas por los países para que las multinacionales puedan forzar a los Gobiernos a situaciones nefastas para las clases trabajadoras, mientras se van de rositas con beneficios, subvenciones y sin pagar los debidos impuestos. Si a todo ello añadimos paraísos fiscales, fondos buitres y leyes envejecidas y permisivas, ya se puede imaginar el lector la tomadura de pelo.

¿Qué hacen los Gobiernos ante tamaña desfachatez? Paliar los desastres de esa auténtica pandemia económica con subvenciones, que no es otra cosa que quitárselo a unos para dárselo a otros. Y el problema no acaba aquí, que malo es, sino que un país como España no posee los mecanismos para enfrentarse a ellos, ni siquiera la Unión Europea, con desconfianzas mutuas y reticencias para llevar a cabo acciones que solucionen estos abusos.

Es preciso, urgente, justo y necesario, como en la misa, que la Unión Europea sea definitivamente la casa de todos y legisle con medidas que reviertan en beneficio de la ciudadanía. Y quizás aquí convenga ser conscientes que la liberación del comercio, compitiendo nuestra industria con economías subdesarrolladas y emergentes, quizá requiera políticas arancelarias, que impidan la invasión de productos de esos países donde las industrias se enriquecen salvajemente a base de la miseria de sus empleados. Y ese es el error mayúsculo. No se puede competir así y ninguna industria europea puede ser viable.

Otra medida que se me ocurre es que las empresas que aquí no estén radicadas tengan vetados estos mercados. Veríamos si así se conseguía algo. Sólo hablé de dos, pero hay muchas más como, por ejemplo, no permitir el desvío de capitales a filiales en el extranjero para evitar el pago de impuestos. Perdóneme el lector la osadía, pues obvio resulta saber que no soy economista, solamente soy una persona preocupada por el pan de las familias de mis vecinos, nuestros vecinos, a quienes esa globalización, y el abuso de Alcoa, quieren dejar tirados obligándolos a la miseria o a la emigración. Esta Tierra es la nuestra, requiere lucha, solidaridad, defensa de sus derechos, exige respeto y consideración por encima de siglas y banderas políticas. Y de quienes nos representan, no les hablo porque, “Por sus hechos los conoceréis” y hacer… ya ven en donde estamos… en el siglo XX allá por los setenta. A todos los trabajadores mi apoyo y buena suerte, sinceramente. 

* Ricardo Timiraos, maestro y escritor.

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Réquiem por A Mariña