Fernández Casariego, de Ribadeo, el gobernador crucial de Sagua la Grande

Persiguió a negreros, dobló la población y modernizó la villa


En Sagua la Grande -una ciudad del norte de Cuba, de 60.000 habitantes, declarada Monumento Nacional en 2011- hay una unanimidad, una certeza: el gobernante más popular, progresista y querido fue Joaquín Fernández Casariego. En sus dos períodos como Gobernador construyó el primer alcantarillado de Cuba, canalizó el río, hizo puentes y carreteras, el cementerio y el hospital, fundó escuelas, llevó el ferrocarril…

No dejó grandes declaraciones ni frases para la historia. No tiene calles ni avenidas con su nombre. Pero sus hechos hablaron por él.

Fernández Casariego nació en Ribadeo el 15 de octubre de 1814. Dejó los estudios de Derecho para ingresar en el ejército a los 20 años. En 1842 llegó a Cuba y ocho años después fue nombrado Teniente Gobernador de Sagua la Grande, de 1850 a 1854 y de 1857 a 1860 en que fue proclamado Jefe Superior de la Policía de Cuba. Permaneció en ese cargo seis años y uno antes de morir en Madrid, el 28 de junio de 1867, aún fue investido Gobernador de Cárdenas. Pero estaba muy enfermo y regresó a España.

Al margen de su currículo, su nombre está ligado para siempre a Sagua. No hay documento relacionado con ella que no lo cite y su recuerdo pervive entre los sagüeros y en cada rincón de la ciudad. Historiadores como Antonio Miguel Alcover o libros como Secretos y avatares de las calles sagüeras o Personajes sagüeros detallan, hasta la exhaustividad, la gran huella que dejó en la villa.

Incendio devastador

La ciudad sufrió un devastador incendio en 1822. Cuando el ribadense llegó como Gobernador encabezó un proceso de reconstrucción que lo llevó a implicarse y a dedicarle lo mejor de sí mismo para lograr su desarrollo social e industrial. Lo primero que hizo fue un Plan Director para reordenarla en el que participaron los vecinos.

Numerosas obras

Construyó un sistema de alcantarillados y cloacas que fue el primero de Cuba y que aún hoy presta servicio. Pavimentó calles, realizó aceras, jardines y carreteras para dar salida a los productos de la zona y a las mercancías que entraban por el puerto.

Propició la instalación de una fundición de hierro, la llegada del ferrocarril y del primer Banco en 1856. Consiguió una estación de telégrafos, construyó la Iglesia y el nuevo cementerio y facilitó la apertura de 40 ingenios azucareros. Limpió el río, edificó puentes ?el de Isabel II, el del Triunfo, el Carolina- y levantó el muelle principal. A lo largo del mandato, instaló el alumbrado, fundó escuelas y proyectó el hospital civil.

Bajo el suelo del parque de La Libertad, en el centro mismo de Sagua la Grande, yace una pequeña columna que, sobre granito negro, tiene estampada la siguiente inscripción: «1er período 1850-1854, 2do período 1857-1860. Sagua la Grande. A la memoria del Teniente Coronel don Joaquín Fernández Casariego por su labor constructiva». Tampoco a su memoria la llevará el viento ni la borrará la lluvia…

Persiguió a negreros, dobló la población y modernizó la villa

Joaquín Fernández Casariego se ganó el respeto de los sagüeros no solo por las obras que emprendió sino por su integridad moral. En su Historia de Sagua, cuenta Antonio Alcover que los bergantines Brasil y Palmira se preparaban en un punto de Cayo Bahía para marchar a África y traer esclavos a Cuba. La zona de Isabela de Sagua fue -además de una rica zona pesquera con mucha presencia de gallegos- un lugar de refugio para piratas, negreros y ladrones del mar.

Enterado el ribadense, esperó un tiempo y organizó una expedición con marinos y militares para atrapar a los delincuentes «con las manos en la masa». En el vapor Sagua la Grande, que dirigía el gallego José Silva, a las seis de la tarde del 27 de abril de 1852 abordó en alta mar a los traficantes de seres humanos, detuvo a 47 personas y liberó a los esclavos, muchos de los cuales los empleó en las obras públicas de la ciudad.

La obra de Fernández Casariego fue de tal magnitud que, cuando llegó a la ciudad, ésta apenas contaba con 15.000 habitantes y, cuando la dejó siete años después, superaba los 35.200. El auge económico y la prosperidad que experimentó la región fueron tan grandes que las poderosas familias locales no se conformaron con vivir la discreta vida de provincias y colaboraron en la edificación de un escenario acorde con sus riquezas.

Gracias a eso, el Gobernador pudo construir un paseo en torno al río Undoso, el parque El Pelón, las calles Colón y Martí, el puente Yabú, el cementerio de Viana o la Plaza del Recreo. Todo ello provocó que la burguesía local levantase en el centro de la ciudad hermosos palacios, jardines, teatros y plazas en las que exhibir su lujo…

En la segunda mitad del siglo XIX y a principios del XX, Sagua la Grande alcanzó un notable desarrollo. Tuvo el ya citado primer alcantarillado de Cuba, uno de los primeros ferrocarriles de la isla y el acueducto, un colegio laico pionero en la nación, la red telefónica inicial del centro de la isla y uno de los primeros alumbrados públicos.

En la segunda mitad del siglo XIX y a principios del XX la ciudad tuvo un gran desarrollo, alcantarillado, tren y acueducto

La ciudad de Machín y de la cubana por la que el hijo de Alfonso XIII renunció a sus derechos al trono

La zona costera de Sagua la Grande acogió a muchos marineros gallegos, sobre todo de Ferrol y As Mariñas. Pero también de otras provincias. Uno de ellos fue José Lugo Padrón, natural de Lugo, que se casó con la cubana Leoncia Machín y tuvo 15 hijos.

Uno de ellos fue el popular Antonio Lugo Machín, Antonio Machín que, tras trabajar como albañil, alcanzó fama mundial con boleros como Angelitos negros, Dos gardenias o El Manisero, el primer éxito millonario en ventas de la música cubana.

Otra hija de emigrantes ?en este caso del cántabro Luciano Sampedro, hacendado del azúcar, y de la asturiana Edelmira Robato- dio a la ciudad repercusión mundial. Se llamaba Edelmira Sampedro y era bellísima. En los años 30 del pasado siglo, conoció en un sanatorio de Suiza a Alfonso de Borbón y Battemberg, hijo de Alfonso XIII y por entonces Príncipe de Asturias que recibía un tratamiento médico contra la hemofilia.

Casamiento y divorcio

El Príncipe se enamoró perdidamente de ella y contra viento y marea se casaron en Lausana en 1933. Como ella no pertenecía a ninguna familia real, requisito que debía cumplirse para no perder derechos de sucesión al trono, el príncipe Alfonso renunció a ellos por escrito. El matrimonio no tuvo hijos y cuatro años después, en 1937, se divorciaron en La Habana. Él se casó de nuevo con Marta Ester Rocafort.

Pero la cubana fue la única mujer que la Familia Real reconoció como esposa del Príncipe. La apodaban La Puchunga, le dieron una pensión de viudedad y algunas joyas a la muerte de su suegra, Victoria Eugenia. Nunca se volvió a casar y jamás concedió entrevista alguna.

martinfvizoso@gmail.com

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