No merecían irse por la puerta de atrás


Contar muertos es atroz, un horror. Uno, doscientos, quinientos veinticuatro. No son números. Son personas. Los que han sido tachados por el coronavirus. El comando salvaje de periodistas del coronavirus y de la mesa de la web de La Voz esperaba en silencio las noticias de la tarde. El recuento de muertos. Cuando en Italia empezaron a descender de su infame pico de los Apeninos a los Alpes hubo una salva espontánea de aplausos. No estábamos informando de una crisis más. Esta vez nosotros también estábamos en el epicentro de la crisis. Todo lo que sucedía nos afectaba y nos afecta. Como periodistas, pero como madres, padres, hermanos, hijos… El confinamiento. El arresto domiciliario. El miedo también recorría el espinazo de nuestras espaldas. Los fallecidos, algunos cercanos, otros conocidos. Una cadena de dolor.

Estas páginas son un homenaje de La Voz a los que se han ido. Faltan muchos. Ninguna vida podrá ser borrada mientras la recordemos. Blanco sobre negro. El negro del luto de las familias que no han tenido ni el alivio de despedirlos. Si es imposible decirle adiós a un padre, cierras los ojos y lo tienes otra vez delante, en el momento que menos lo esperas. A veces se te aparece conduciendo, otras cuando haces la compra. Otras en algún gesto de tu hijo con un balón. Más duro aún ha sido que los fallecidos se hayan ido sin que sus familiares y sus amigos se hayan abrazado. Cenizas en un pebetero en soledad. Cómo se recupera uno de la muerte de un ser querido. Cómo se recupera alguien de la muerte de un ser querido al que no has podido darle el merecido adiós. Ese vacío.

No son cifras. Este especial lo recuerda. Son mujeres y hombres que amaban y los amaban. Que se emocionaban. Que lloraban de alegría. Que se reían. Que sonreían. Que cocinaban como ya le gustaría a algún chef con varias estrellas. Que eran la música. Que tenían la mayoría la larga experiencia de décadas de vida. Que el bicho maldito, que el enemigo invisible, que el covid se los haya llevado equivale a que incendiemos todas las bibliotecas que hay en Galicia. A que hagamos una pira horrorosa con las hemerotecas. A que destrocemos los archivos.

Teníamos la obligación moral de dedicarles las palabras de la memoria que desearan sus seres queridos. Sin entierros de verdad, sin funerales de verdad, sin velarlos de verdad, sirvan estas líneas para decirles que siempre nos tendrán. Que la vela de su recuerdo está prendida en estos retratos para los que están y para los que faltan. Una sociedad es lo que fue. Y ellos lo han sido todo para sus hijos, para sus nietos, para sus vecinos. Cada vez que aplaudíamos por la tarde también los estábamos aplaudiendo a ellos sin darnos cuenta. Los que han caído con esta peste se merecen diez mil homenajes, un millón de crespones negros. Necesitábamos hacer este álbum de biografías para que no se nos escapasen con respeto los detalles. El que disfrutaba con la pesca. El que nunca faltaba en la cena con los amigos. El que jamás dejó de dedicarle la primera sonrisa del día a su pareja. Años y años de amor. El que se puso a estudiar inglés ya mayor. El que era tan puntual que llegaba siempre cinco minutos antes. El que era imbatible jugando a las cartas. El cuerpo decae. Pero la cabeza sigue en alto. Hay mentes prodigiosas con muchos años encima. El relámpago de una idea siempre aparece. Queremos en estas líneas ponerle el merecido sonido a tantos que se han ido solo con llantos sordos. A deshora. En el box de una uci. Los sanitarios han hecho mucho más de lo que han podido. Pero no es lo mismo tener el honor de cerrarle los ojos a tu padre, que lo tenga que hacer un profesional de la salud. Se agradece el gesto, pero es otro tacto. Esas despedidas, cuando se pudieron llevar a cabo, por una imagen o una videollamada, no saben igual. Es un drama de nevera, un funeral de pantalla de ordenador. Ese adiós paliativo no se le desea a nadie.

Centenares de gallegos, miles de españoles, decenas de miles de todo el planeta se encontraron el tajo inesperado de una pandemia mal controlada que cercenó sus vidas antes de tiempo como una puñalada por la espalda. Un patíbulo mundial con el que no contábamos generaciones y generaciones que no sabíamos lo que era sufrir de verdad, con los dientes apretados, con un nudo en el estómago, con las mejillas arrasadas, presos de la impotencia, con los ojos clavados en el techo del insomnio, cuando los minutos son horas que no pasan.

Hay quien pudo ver cómo su padre entraba en el hospital con un ahogo de pulmones quemados, pero que ya no lo vio salir. Hay quien ni siquiera lo vio entrar. Hospitales desbordados que no podían dar rápida razón de si el enfermo mejoraba o pasaba a las gélidas estadísticas del horror. Como no queremos que sean como desaparecidos, por eso les dedicamos estas páginas. No merecen irse por la puerta de atrás. No merecían irse, apagarse antes de su hora. Estas lágrimas no se las llevará la lluvia. No.

Son mujeres y hombres que amaban. Que se emocionaban. Que lloraban de alegría. Que eran la música

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