El ribadense Miguel García Fernández, primer juez extranjero de Argentina

Martín Fernández Vizoso

A MARIÑA

ARCHIVO MARTÍN FERNÁNDEZ

Además de respetado juez, fue un notable dramaturgo

09 dic 2019 . Actualizado a las 09:51 h.

Para decir quién era, en su largo exilio en Estados Unidos, el profesor ribadense Amor y Vázquez solía mostrar a conocidos y amigos una foto de la Ría de Ribadeo que llevaba siempre en su cartera. Cincuenta años antes, otro ribadense ilustre, Miguel García Fernández, cuando visitaba la Redacción de El Eco de Galicia en Buenos Aires, entraba hablando gallego y cantando en voz baja una vieja canción marinera: “Meu pai deixoume a dorniña/ miña nai deixoume o mare/ non tiñan máis que deixarme/ nin eu teño máis que dare…”. Era su manera de decir que era humilde, trabajador y gallego. En 1898, cuando falleció, El Eco, que fundara el cervense José María Cao Luaces, le dedicó su portada. Y en ella escribió su director, el insigne periodista lugués M. Castro López, las siguientes palabras: “era uno de los contados gallegos que no sólo por sus merecimientos sino por su patriotismo sincero y, como tal, enemigo de vanos y ridículos alardes, dan honor al país en que nacieron”. No exageraba ni un ápice.

Miguel Garcia Fernández había nacido en Ribadeo en 1827. Era de una familia humildísima ?como la calificó el historiador Alberto Vilanova- que marchó en 1845 a Buenos Aires. El padre, un comerciante que había emigrado huyendo de la persecución que sufrían los liberales en España tras la invasión del país de los Cien mil hijos de San Luis, reclamó a la madre y a sus siete hijos cuando logró tener un cierto desahogo.

Miguel tenía 17 años cuando llegó. Había hecho estudios elementales en Ribadeo y, gracias a los contactos de su padre, pudo colocarse como auxiliar administrativo en el Ministerio de Relaciones Exteriores argentino. El trabajo, aunque modesto, le permitía pagarse los estudios de Jurisprudencia en la Universidad de Buenos Aires. Pero pronto falleció su progenitor y recayó sobre él la carga y el cuidado de su madre y hermanos. Pero entonces apareció una mano solidaria y generosa.