San Andrés de Teixido, camino al más allá


Un miembro de la Generación Nós, el ourensano Otero Pedrayo, señala que el alma gallega no gusta de exhibirse en ciudades modernas, hoteles elegantes; se siente cómoda y realizada en valles decorados por las viñas, en aldeas con cruceros seculares, en esas costas tan bravas, Atlánticas o Cantábricas.

De ahí que el insigne viajero prefiera caminar hacia O Cabo do Mundo, buscando La Capelada, recreando la vista entre La Estaca de Bares y Os Aguillóns de Ortegal, para llegar a ese lugar olvidado, casi perdido, mágico, con milladoiros puestos por los peregrinos para dar fe que fueron de vivos para no tener que hacerlo como difuntos a los que los amigos o familiares recogen del Campo Santo muy temprano un treinta de noviembre para acudir a Teixido.

Un pastor de almas, Andrés Varela, arcipreste en el siglo XVII por Santa María de

Lieiro, mandó construir y dejó herencia para mantener la Capilla dedicada A San Andrés, y un hospital para peregrinos, en As Figueiras de San Ciprián. Por eso, y durante mis recuerdos infantiles o juveniles de aquel puerto de mar, cuyos hombres buscaban el sustento en barcos de madera y sus mujeres hacían funciones de madres y padres a pesar de ser como dijo Rosalía, «viudas de vivos», recuerdo la celebración del último día otoñal en noviembre, escaso de luz, dando paso a temporales propios para tiempo de invierno.

Siempre noté que tal efeméride tenía un significado especial. Ya fuera por el amarre

de la flota en la ría. Ya fuera por los cantos al Apóstol cuyo reconocimiento romero hay que buscarlo en el siglo XII, pero mientras para Compostela hay Camino, para San Andrés de Teixido se hace sobre la marcha, y no llegaremos a un Monte do Gozo para escuchar o divisar la majestuosa Catedral rodeada por las cuatro plazas más hermosas de la cristiandad hispana.

En Teixido sólo encontraremos una aldea, una fuente con tres caños, una pequeña iglesia, y muchos exvotos de gentes que buscan curación o protección de sus gentes de mar.

Me sucede que temo seamos los últimos en defender la sociedad rural, sencilla, humilde, piadosa con sus antepasados y totalmente integrada con esas historias contada por gallegos para gallegos. Me apunto a los irmandiños que glorifican la manera tan nuestra y diferente de ser, a pesar de esos complejos que algunos quieren imponer sobre la marginalidad de nuestros gustos, hasta en el calendario de fiestas y romerías. Se olvidan de San Andrés y rinden culto al Dios Baco de A Maruxaina.

Esa Galicia a la que pertenece mi generación, es inmortal como Mondoñedo; con su propia historia, gastronomía, música, creencias, costumbres, idioma popular y tradición oral. Comparto que en celebraciones como la que me ocupa, está el núcleo intangible del ser gallego. Por eso y una vez más haré el camino desde San Andrés de As Figueiras hasta San Andrés de Teixido, y beberé en la fuente de las tres caños que dicen es la fórmula de mantener el vínculo entre generaciones que han pasado por ahí.

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