Historias de fracasos, derrotas y mujeres víctimas de la emigración

Algunas hicieron de padre y madre, las «viudas de vivos», y otras empezaron de nuevo en América


viveiro / la voz

La emigración tuvo una cruz amarga de soledades y miserias. Y una cara positiva, su papel de motor de modernidad, de educación y cultura. En el lado oscuro están, sobre todo, las que Rosalía llamó «viudas de vivos», las mujeres que tenían a sus maridos al otro lado del océano, las infelices, las víctimas, las perdedoras.

Miles de ellas se vieron obligadas a convertirse en padre y madre aunque en algún lugar del mundo tenían a un marido que había prometido regresar algún día. Otras vieron en América la oportunidad de empezar de nuevo. Algunas lo consiguieron pero fueron más las que perdieron y malvivieron.

Así le sucedió a una tal Maruja, según recuerda Pilar Cernuda. Su marido emigró cuando tuvo a su primer hijo, agobiado por no poder alimentarlo. Ella se quedó trabajando como un hombre, de sol a sol, en el campo y además al frente de su casa. Esa mujer, esas mujeres encontraban a su alrededor una sociedad que o bien se aprovechaba de ellas o era permisiva con sus necesidades y búsqueda de afecto.

Las madres solteras, habituales

Las madres solteras eran habituales a principios del pasado siglo. Como lo eran los hijos de las «viudas en vida», que no eran hijos biológicos del marido que se había marchado. Maruja tenía cinco y presumía que cada uno era «fillo dun home distinto». Presumía porque de esa manera demostraba su lealtad al marido ausente. No la habría tenido si sus hijos hubieran sido del mismo hombre. Eso supondría que había establecido con él una relación afectiva y no sólo carnal…

América, en ese caso, era la causa de la derrota. Pero, otras veces, era una nueva y tal vez definitiva oportunidad. El número 328 de Eco de Galicia publicaba en 1928 la historia de dos amantes de Vegadeo y A Devesa muy conocidos en Ribadeo, según la publicación.

Abandonada a diez mil kilómetros, sola y sin nada

La noticia dice que él trabajaba «en la fábrica de pan de Vegadeo», estaba casado y tenía tres hijos. Ella era «una paloma» (sic) de «unos veinte años pero madre ya de dos niños que vivía con su madre en A Devesa y tenía fama de cariñosa (sic)». Los dos enamorados escaparon de sus domicilios con dirección A Coruña en donde «parece que embarcarán en un transatlántico que los conducirá a Buenos Aires si las autoridades, puestas sobre aviso, no logran echarles la mano antes de dejar los mares de España. Sobre todo a él que, además de abandonar a su esposa e hijos, se llevó algunas pesetas pertenecientes a la fábrica en que estaba empleado»…

Para ellos, América era el territorio donde se hacían realidad los sueños, las verdes praderas de El Dorado, un mundo en tecnicolor…

Pero la realidad, a veces, distaba del deseo. Un vecino de una parroquia de Foz conoció a una muchacha de otra limítrofe en Buenos Aires. Fueron novios, hicieron planes de futuro para volver, vivieron y ahorraron juntos. Hasta que, pasado un tiempo, él desapareció con el dinero de los dos. Regresó a Galicia y ella quedó allí, a más de 10.000 kilómetros, sola, abandonada, sin nada. Logró volver a su pueblo 25 años después.

Pocos sabían aquello y el olvido ya había hecho su trabajo blanqueando a la memoria…

martinfvizoso@gmail.com

El remordimiento le pesó más que la frustación

A veces, el fracaso no era sólo cosa de mujeres. A algunos, el remordimiento no les dejó vivir. El 1 de enero de 1928, Eco de Galicia informaba de un suceso en Ortigueira que conmocionaba Galicia.

Francisco Lorenzo Rodríguez, de 40 años, estaba casado en segundas nupcias con Dolores Castro, vecina de A Pedra. Había ido a América tres veces y en ninguna le favoreciera la suerte. Por eso andaba apocado, abandonado, triste. Había tenido que vender algunas fincas para saldar deudas. Era un hombre de mediana cultura, algo romántico y un tanto neurasténico desde que lo operaran de apendicitis en La Habana.

De su primera mujer, que fuera muy hermosa, tenía cuatro hijas pequeñas. Se había casado enamorado, le prometiera fortunas y marchó a América. En sus cortos regresos nacieron sus hijos. Pero un dia ella murió cuando él estaba en Cuba. Volvió un tiempo, vivió desnortado y se volvió a marchar. En un nuevo y definitivo retorno se casó de nuevo pero vivía preocupado, casi obsesionado por cuidar la tumba de la madre de sus hijos. Y el 15 de diciembre de 1927 acudió al cementerio a limpiarla y poner flores.

Por aquellos días, ordenara a su hija mayor que hiciera una bandera negra, roja y con un disco blanco en el centro, símbolo, según él, de duelo, paz y sangre. Le decía que era para espantar los pájaros de una finca. El lunes antes de Navidad fue a la novena de noche y después acudió al comercio de Benito Armada, en A Cerca. Llamó a su primera suegra y ella no acudió creyendo que el asunto no era de urgencia.

El martes pasaron frente al cementerio de A Pedra unos pescadores que vieron, con terror, el cadáver de un hombre desnudo sobre una tumba. Era Francisco Lorenzo Rodríguez que se había disparado un balazo sobre la sepultura de su primera esposa, Benigna Novo.

Apareció ?como él mismo dejó escrito- en la misma postura en que fue crucificado Jesús de Nazareth. Desnudo, sólo envolvía su cuerpo por las caderas una tela blanca como la de los crucifijos. A su izquierda estaba, a media asta, la bandera que había encargado a su hija, un revólver Simth Wesson cargado con la falta de una sola bala, y una vela encendida. A su derecha, su ropa y una botella cerrada y lacrada con siete pliegos de papel comercial escritos de su puño y letra. En ellos se culpaba de su fracaso y decía no poder vivir sin su gran amor. Sobre su cuerpo tenía un escapulario del Corazón de Jesús, un crucifijo y un cordón de San Francisco…

Una ourolense que perdió el trabajo al ser delatada como clave de una red de envíos de los exiliados

 Las mujeres de los exiliados en el 36 tambien sufrieron la lealtad a sus compañeros. El embajador de España en Uruguay en 1942, Luis Martínez de Irujo, envió el 16 de octubre de ese año un informe confidencial al Ministro de Asuntos Exteriores. Decía así: «En Orol o Vivero parece ser que está encargada de la Estafeta de Correos la señora de José García Lamelas. Este individuo, que salió de España durante el Movimiento Nacional, es uno de los más caracterizados elementos de las organizaciones rojas que hacen propaganda contra España. Según nuestros informes, con la complicidad de la referida empleada de correos se halla organizado un servicio para el envío de correspondencia de España a Montevideo y viceversa, sin controlar».

G. Lamelas tenía un taller de sastrería en la calle Galicia 1100, esquina a Paraguay, y era un activo republicano en el exilio. El profesor Zubillaga señala que la delación del embajador puso en peligro la vida de la mujer del ourolés exiliado y la de toda su familia. Ella fue detenida y expulsada del trabajo y ellos vivieron señalados, con la sombra de la permanente sospecha encima…

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