Listas para la democracia


Tras una larga experiencia política, social y cultural en Euskadi, regresé definitivamente al norte del norte. La verdad es que nunca me había ido. Siempre estuve de paso en otras comunidades donde aprendí y ejercía como servidor público. En esas estaba cuando la oprobiosa. En esas estaba cuando llegó la democracia. En esas estaba cuando tras promulgarse la Constitución Española y los Estatutos de Autonomía, el Estado, puso en marcha los procesos electorales. Por fin la ciudadanía recuperábamos -desde la República Española- las excelencias del sistema democrático: poder votar, capacidad para promover la alternancia en el poder...

Hasta el último tercio del siglo XX no recuperamos la soberanía popular. Y se la dimos a los partidos políticos. Pero deberíamos recordar, ayer, hoy y siempre, que tales son meros intermediarios entre el pueblo y las Instituciones Públicas, lo que significa obediencia debida a la circunscripción electoral por la que se presentan. Decía Don Antonio Machado «que pensar, pensar debía, en asentar la cabeza». Cuando se habla de regeneración se está reflexionando sobre tres pilares de la democracia. Incorporar ciudadanos de la sociedad civil al sistema de representación ?a poder ser los mejores?. Promover el relevo generacional para la política y así acercarla a los cambios del mundo. Garantizar la democracia interna dentro de los partidos.

Esto último siempre se convierte en una asignatura pendiente. No hay listas abiertas para que el ciudadano pueda elegir más allá de las siglas. Y así, a los pocos días de celebradas las elecciones, nadie recuerda los nombres de sus representantes. Las denominadas «primarias» se convierten en meros gestos, que contribuyen, hoy más que nunca, al desencanto y la ira, ya que la voluntad de los electores del partido sufre el Santo Tribunal de la Inquisición de los «aparatos» centrales del partido ?purgas, venganzas, lealtades?. Para ser aspirante a elegido por una circunscripción es «justo y necesario» ser ciudadano de tal espacio, pero otra vez y como en los comienzos del siglo XX, aparecen los denominados «diputados cuneros o paracaidistas».

Parlamento británico

Me da envidia el Parlamento británico. No por lo juntos que aparecen sus señorías. No por la voz atronadora del Speaker. Sí por las dificultades que tienen los líderes en sus partidos para convencer, antes que imponer, sus dicterios. Y así, cada parlamentario lo es con independencia de las siglas. Sabe que se debe a sus electores, y por tanto ejerce una libertad de voto acorde con los intereses de la circunscripción electoral a la que representa durante todo el mandato.

En nuestro Estado, cualquier parecido con lo que estoy comentando, hoy por hoy, resulta mera coincidencia... ¡Así nos luce el pelo!

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