José Antonio Lorenzo, de O Valadouro de posguerra a la opulencia de Cuba

Una fábrica que producía 1.800 zapatos al día y un hijo que vuelve al lugar de donde salió el padre


José Antonio Lorenzo Díaz salió en 1953 de Vilacemil (O Valadouro) con un contrato de trabajo bajo el brazo. Ya no se emigraba a Cuba pero su tío abuelo, Joaquín Díaz Villar, presidía El Encanto, los almacenes más importantes de América, y le ofreció un puesto en la sucursal de Santiago de Cuba. Y allí marchó. Formó una familia y emprendió un camino que, previo paso por Puerto Rico, acabó en Villena (Alicante) como directivo de Calzados J.M. Reig, empresa de referencia en el sector asociada a la multinacional americana Melville Shoe Corporation. Esa fue su hora alta. Pero en 1975, aún sin cumplir los 40 años, un paro cardíaco truncó la que fue una vida dedicada al trabajo y a su familia de O Valadouro y Cuba, y una carrera profesional lanzada hacia las más altas cimas. Dejó mujer y tres hijos. Uno de ellos, Frank Lorenzo Caula, tenía 9 años cuando su padre murió. Hoy vive en Miami (Florida) pero regresa a menudo adonde todo comenzó, la Casa do Lagar en Vilacemil. Ahí reencontró a los hombres y mujeres que perviven en él y sintió que cerró el ciclo que a su padre le hubiera gustado que cerrase.

El poder de Díaz Villar

En esa casa próxima a Ferreira de O Valadouro nació José Antonio Lorenzo Díaz en enero de 1936. Sus padres eran Ramiro Lorenzo Orol, de Budián, y Josefa Díaz López, de Vilacampa, sobrina carnal de un Díaz Villar a quién los vecinos levantaron un busto frente a la iglesia del pueblo para agradecer sus ayudas al valle y a la parroquia. Josefa murió muy joven, cuando José Antonio tenía cuatro años y su hermana Carmiña uno menos. Cuando él nació, odios fratricidas quemaban las tierras de España. Y aquella locura no acabó con la paz tres años después sino con una victoria que hizo una cárcel en lo que antes fuera un cementerio. La muerte de Josefa fue un hachazo helado y la familia fue, para el viudo Ramiro y para sus hijos, el salvavidas, la mano tendida en un tiempo triste, miserable y gris. Todos apoyaron, colaboraron todos. Y Joaquín Díaz Villar, don Joaquín, el tío que había hecho fortuna en Cuba, el primero. Presidía el Consejo de Administración de El Encanto y era socio de la compañía de seguros La Unión y el Fénix de Cuba y copropietario de la inmobiliaria que urbanizó el exclusivo barrio de Alamar. Tenía poder y reconocimiento. El ayuntamiento de La Habana le había concedido la Medalla de Oro de la ciudad, el gobierno de Cuba la del Mérito Comercial y Franco, la Cruz de Isabel la Católica por su apoyo a empresas españolas…

Así que le propuso al viudo de su sobrina que formase a su hijo pues, si valía, podría darle un buen empleo en Cuba. Ramiro Lorenzo le hizo caso, trabajó con ahínco sus tierras y sus ganados y envió a su hijo a estudiar en A Coruña. Tenía 14 años y tres después, en 1953, el joven José Antonio Lorenzo Díaz ya estaba trabajando en El Encanto de Santiago de Cuba.

A Puerto Rico, España y Miami huyendo del Castrismo

José Antonio Lorenzo era humilde e inteligente. Sabía cómo ganarse el respeto. Así que cuando llegó a El Encanto pidió no tener trato especial por ser sobrino de don Joaquín. Quiso empezar desde abajo, aprender y ascender por méritos propios. Y así fue. Cuba vivía entonces días de vino y rosas solo alterados por jóvenes barbudos que se refugiaban en la Sierra Maestra santiaguera bajo el mando del gallego Fidel Castro.

Cuando se echaran al monte, muchos los apoyaban. Unos con comida, otros con recados, algunos calcetando ropa de abrigo… Luchaban contra la corrupción, tenían un ideal y podían ganar. Y ganaron. Entraron en La Habana, Batista huyó del país y Cuba inició un nuevo tiempo. Al principio, todo siguió un curso lógico, natural. Tanto que José Antonio, que tenía buena posición, se casó en octubre de 1960 con la cubana Bertha Caula Ferrer, Bertica.

Pero pronto el castrismo mudó en una dictadura marxista y colectivizadora de bienes privados. Y cuando incautó El Encanto ?símbolo del consumismo capitalista, decían- José Antonio y Berta decidieron irse. Llegaron a A Coruña en el buque Guadalupe de Transatlántica Española el 22 de octubre de 1961. Durante unos meses se instalaron en la Casa do Lagar, la de sus padres y abuelos que él ayudara a construir.

Después marcharon a Madrid y allí nació, en 1962, su primera hija, Pilar. José Antonio mantenía contactos y viajaba a Miami y Nueva York. Y encontró trabajo en Puerto Rico, en la empresa del calzado americana Smerling Imports que llevaba a Estados Unidos prestigiosas marcas como Thom Mcan y Pierre Cardin. En Puerto Rico vivió la familia 7 años y allí nacieron tres hijos más: en 1964, Eugenia, muerta con 4 años; en 1965 José Antonio; y en 1966 Francisco Javier, Frank.

Pero en 1971 la vida dio otra vuelta de tuerca. Y la empresa trasladó a Villena (Alicante) al cabeza de familia para trabajar en Calzados José Manuel Reig SA, una firma puntera del sector en la que tenían intereses los americanos…

Una fábrica que producía 1.800 zapatos al día y un hijo que vuelve al lugar de donde salió el padre

En Calzados JM Reig, José Antonio Lorenzo fue alto directivo. La fábrica producía 1.800 pares de zapatos al día, tenía capital español y americano y exportaba, sobre todo, a Norteamérica. Estaba asociada a Melville Shoe Corporation, que operaba en 7.282 tiendas minoristas.

Él era director técnico y atendía en todo el mundo la expansión y el mercado de la firma. Pero un paro cardíaco puso fin a su vida un 18 de octubre de 1975. Tenía 39 años y su muerte fue un duro golpe para la familia que perdió el contacto con su hermana Carmiña y su marido José Antonio, de Vilacemil. Su mujer se volvió a casar y los niños ?de 13, 10 y 9 años- subieron a un carrusel que los llevó a Ibiza, a Tampa, a Miami… Frank, el menor, tuvo tantos colegios que no le dio tiempo a hacer amigos y tantas residencias que no recuerda ninguna. Trabajó en un banco y en una empresa Duty Free de Guillermo Caula, hermano de su madre. Un día de 1995 estaba en Madrid un tanto aturdido por tanto trajín… Así que se acordó de que tenía familia en Vilacemil. Cogió el listín telefónico y llamó a Carmiña Lorenzo. Le salió la propietaria de la carnicería de Ferreira, de igual nombre que su tía, y los puso en contacto. Y ella le dijo: «Así que llevo anhelando esta llamada 20 años y ¿no vas a venir a verme?”. Aquello lo desarmó. Voló a A Coruña y desde entonces todo fue distinto para él. Volvió varias veces, trajo a su familia y vive seducido por un valle y un lugar, la Casa do Lagar, que le dan una estabilidad emocional y un sentido a su vida que antes no tuvo y a lo que ahora no está dispuesto a renunciar.

martinfvizoso@gmail.com

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