Bigote Gato y otros emigrantes que perviven en el corazón de Cuba

El caballero de París, el amante más fiel y El Quijote de una Dulcinea llamada La Habana


En La Habana hubo muchos emigrantes de ida y vuelta. Algunos se quedaron en la capital pero solo unos pocos están en su paisaje y en su paisanaje. En la memoria colectiva de sus gentes. Son tipos únicos, peculiares, que aportaron amor, magia, alborozo y un punto de extravagancia a una ciudad siempre pintoresca y entrañable.

Algunos fueron El Caballero de París, que era de Fonsagrada; la pícara Marquesa de La Habana Vieja; el asturiano noctámbulo y farandulero Bigote Gato; el Andarín Carvajal; o los populares Secundino Tracy, detective de un serial de radio que decía ser de Mondoñedo, o Rudesindo Rodríguez, Rudy Rod, de Ortigueira...

Dos de ellos tienen su canción. Barbarito Díez, el bolerista que animaba los cabarets en los 40 y 50, cantó al loco fonsagradino: «Una estampa callejera/ de la ciudad habanera/ un tipo muy popular.// Parece un filibustero/ legendario, un galeote/ con la barba de un quijote/ y capa de mosquetero.// Mira quien viene por ahí:/ el Caballero de París./ El Caballero siempre dice así:/ que sin azúcar no hay país».

Y Daniel Santos, el solista de la Sonora Matancera, compuso dos guarachas al asturiano, El disgusto de Bigote y Bigote Gato es un gran sujeto: «Bigote Gato es un gran sujeto/ que vive allá por el Luyanó/ y tiene el pícaro unos bigotes/ que llena a todos de admiración…». 

Rey de la noche

Este singular personaje se llamaba Manuel Pérez Rodríguez. Había nacido en Candamo (Avilés-Asturias) en 1910 y se distinguía por su bigote negro y afilado como manillar de bicicleta, su vieja y raída boina y su afición a la noche y a las mulatas. Trabajó en una fonda y en 1945 abrió el local que le dio fama: el Bar Tertulia, en la calle Teniente Rey.

En él fundó un Club de los Noctámbulos con 500 socios y el único requisito de tener de 18 a 100 años y estar en el bar entre las 12 y las 6 de la mañana. 

Tribunal de los Locos

El local fue el centro de la bohemia habanera. Los primeros viernes de mes, de madrugada, ofrecía una cena que llamaba criolla y del amor: rabo encendido, lengua estofada y dulce de fruta bomba con queso. El alcohol corría, la fiesta era grande y lo único que Bigote pedía era «prudencia, respeto y nada de religión ni de política». Logró tal popularidad que en 1958 presidió el Tribunal de los Locos, un programa humorístico de la televisión cubana que le dio aún más clientes y admiradores.

Sus amigos decían que Bigote Gato «tuvo traspiés, pero nunca dio puntapiés». Ayudaba a quien lo precisaba y muchos pasaban por su bar para verlo, comer o beber gratis o escuchar sus chocantes reflexiones de filósofo popular. Tenía un Chevrolet descapotable que llevaba tuneados anuncios del bar y del club. El Caballero de París, Hemingway, Ava Gardner, Sinatra o Lorca fueron algunos de sus clientes. Murió en el año 2002. Hay un busto suyo en el Parque del Cristo en La Habana Vieja. 

El caballero de París, el amante más fiel y El Quijote de una Dulcinea llamada La Habana

El amante más fiel ?y el más correspondido? que tuvo nunca La Habana fue El Caballero de París. Turistas y habaneros besan su estatua de la plaza de San Francisco, le formulan deseos, se hacen fotos... Se llamaba José Mª López LLedín. Vestía de riguroso negro, siempre con capa. De mediana estatura, tenía una larga y rizada melena que le daba un aspecto bohemio, desaliñado, fantasmal. Durante 50 años deambuló por La Habana llevando su casa encima: una carpeta con papeles y una bolsa con sus pertenencias. Había nacido en Vilaseca (Fonsagrada) en 1899. Era hijo de Josefa LLedín Méndez y de Manuel López Rodríguez, un matrimonio con ocho hijos emigrantes en Cuba. Aprendió a leer y escribir en el Centro Gallego y fue camarero de los mejores hoteles: el mítico Sevilla aún mantiene su foto en un pasillo.

Hasta 1920, llevó una vida convencional. Pero ese año fue acusado de algo _lotería falsa, robo, celos, no está claro el motivo…_ que no cometió e ingresó en prisión. Salió seis años después «con el entendimiento nublado». Y comenzó a disertar en plazas y parques, con ínfulas de sabio, sobre la vida y la religión, la monarquía y los imperios, sobre parajes y hechos fabulosos vividos por él en Francia, Lugo o las Asturias… Los vecinos lo escuchaban entre la admiración, la risa y la sorpresa pero siempre con el respeto que él exigía.

Murió en 1985. Y dejó de herencia una cucharita de postre, una moneda de 25 centavos, recortes de prensa sobre Enrique Caruso, la tarjeta de un masajista a domicilio, estampas de santos, fotos y los mandamientos de la Ley de Dios. Fue el símbolo de la libertad. Y el Quijote de una Dulcinea llamada La Habana. 

Secundino Tracy, de Mondoñedo, y los estados juntos

El gallego quedó en el alma habanera de muchas formas. A través del teatro popular y de costumbres que repetía el estereotipo del negro, el gallego y la mulata; por medio de tiras cómicas y caricaturas de periódicos y revistas; o mediante programas de radio que, en los años 40 y 50, fascinaban a la población.

Entre estos, uno de los más populares era Alegrías de Sobremesa, un mini-episodio que, de la mano de su guionista, Alberto Luberta, permaneció en las ondas de Radio Progreso durante 52 años ?de 1947 a 1999- y más de treinta mil ediciones.

El protagonista era un detective privado llamado Secundino Tracy que decía ser de Mondoñedo. Lo encarnaba el actor Idalberto Delgado y narraba las insólitas aventuras en las que el agente participaba en la ciudad de los rascacielos: Nueva York. Eran peripecias relacionadas con homicidios, la mafia, el narcotráfico, los bajos fondos... El mindoniense los resolvía burlándose del FBI y acertando por su instinto básico, rudo, elemental.

Las aventuras de Secundino Tracy gozaron del favor del público cubano por las desternillantes situaciones que pasaba, las frases confusas y particulares que decía ?llamaba los Estados Juntos a los Estados Unidos, La Matanza a Matanzas, etc. ? así como por su acento y visión reposada del mundo que coincidía con el modo de ser cubano. Mostraba tambien cierta dosis de burla ?no ácida pero sí tópica? del gallego…

Otro personaje que conquistó el corazón habanero fue creado por el escritor y guionista coruñés, emigrante en Cuba, Cástor Vispo Villardefrancos. Había nacido en A Coruña en 1907 y trabajó en el periódico El Universal. En 1937 estrenó la serie humorística Rudesindo Rodríguez, Rudy Rod, investigador gallego de Santa Marta de Ortigueira que interpretaba Aníbal del Mar. «Me puse Rudy Rod porque no puedo ir por el hampa llamándome Rudesindo Rodríguez», decía. Se emitía en La Tremenda Corte, un programa que se radió de 1942 a 1961 y que fue considerado como el mejor humor radial de todos los tiempos en Cuba.

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