Antonio Díaz, el capitán republicano que huyó de Madrid oculto en la caja de un camión

Este empresario de éxito pasó buena parte de su vida en Cangas de Foz y en A Mariña


Lo más interesante de la gente es lo que no se conoce. La otra cara de la luna figura más atractiva que la que se ve.

Antonio Díaz Ortiz vivió buena parte de su vida en Cangas (Foz) y A Mariña. Se sabía que era empresario de éxito y un tipo campechano y solidario. Pero pocos conocían lo que había tras el cristal: un capitán del Ejército Republicano que huyó de Madrid tras la guerra camuflado bajo la caja de un camión, juzgado en rebeldía en Gijón en 1941, que permaneció oculto unos años en Cangas de Foz y que se hizo millonario en la postguerra con negocios de panaderías en Madrid.

Antonio (Cangas 17-I-1909, Madrid 22-X-2003) era hijo de Teresa Ortiz Carranza, de Covarrubias (Burgos), y de Ángel Díaz Río, un emigrante de Cordido (Foz) que trabajó en hornos y pastelerías de Madrid. En torno a 1900 ser gallego en Madrid era sinónimo de panadero. Muchos eran de A Mariña: José Novo Ferreiro, de Lourenzá; Antonio Fernández Otero, de Cangas; Antonio Rey, de Santa Cilla (Foz); y otros…

A casi todos les fue bien. El emigrante de Cordido tenía fábrica propia en la calle Ayala 84 y pudo dar estudios a su hijo Antonio que ganó la plaza de Oficial de Correos en Pola de Laviana y en Gijón, ciudad en la que trabajaba cuando estalló la guerra.

Tenía 27 años y la República lo incorporó a filas con el grado de Capitán. Hizo la guerra en Albacete, Cuenca, Teruel... Y cuando las tropas franquistas entraron en Madrid en 1939, él -que no tenía delitos de sangre pero sabía de paseos, sacas y asesinatos que sufrían los republicanos- se cobijó en casa de José Novo Ferreiro.

Novo era de Lourenzá, amigo de su familia y también dueño de una panadería. Su hija, Concepción Novo López, había sido novia de Antonio en los años 30. Estaba viuda y tenía una hija, Conchita, de Perfecto Serrano Navarro, un albaceteño de Arborea con quien se casara en 1932 y que fue asesinado en agosto de 1936 por milicianos.

Allí permaneció Antonio meses, huyendo de la represión franquista. Y urdiendo un plan para salir y huir de aquel Madrid en el que la vida no valía nada.

El Dodge F-60 de Fernández Saá

Pascual Fernández Saá, de Cangas, era amigo suyo de infancia y juventud. Desde antes de la guerra, transportaba pescado desde Celeiro (Viveiro), Ribeira, A Coruña y otros puntos de España a Madrid. El camión de propiedad familiar ?un Dodge F-60 llamado Pescados Galicia- se dedicaba «al fresco», el transporte que obligaba llegar al mercado central de la Puerta de Toledo antes de que abriera y con el pescado vivo...

En sus viajes de retorno, las nuevas autoridades le imponían trasladar a Galicia soldados licenciados del Ejército. Y ahí llegó la ocasión. Las familias Díaz y Novo, Pascual y sus ayudantes Xosé de Vizoso, de Fazouro, y Graciano López, de Cangas… armaron entre el eje y la caja del camión un artilugio de madera en el que metieron a Antonio.

Y así llegó a Galicia, a Cangas, tras diversas peripecias. En un camión en cuya caja iban, en la parte superior y al descubierto, soldados franquistas, y bajo la cual se trasladaba, expectante y esperanzado, el capitán republicano Antonio Díaz Ortiz.

martinfvizoso@gmail.com FOTOS: Archivos de Martín Fernández y Díaz Ortiz

Hijo de Teresa Ortiz y Ángel Díaz

Cangas de Foz, 1909

Madrid, 2003

Armador de barcos y pionero del documentalismo audiovisual de A Mariña y del Real Madrid

Además de sus negocios de panaderías en Madrid, Antonio Díaz participó en sociedades propietarias de fincas para cultivo de cereales en Tarancón (Cuenca) y otras ganaderas en Toledo.

A fines de los 50, se asoció en Foz con Santiago Pérez Mariño, Santiago da Puebla, para construir el barco Enrique José en su astillero de la ría y dedicarlo al arrastre. Y en Burela fue socio de Ramón Casas González, O Ferreiro, para explotar dos barcos de hierro dedicados al pincho desde A Coruña donde también tuvo otra embarcación de altura, el Novodi.

En las XXIII Xornadas de Historia Local que con tanto éxito organiza A Pomba do Arco en Foz y que concluyeron esta semana, este cronista dio a conocer la labor pionera de documentalista audiovisual de Antonio Díaz, gracias a la colaboración de su familia.

Antonio siguió la estela del gran productor cinematográfico del franquismo, el vigués Cesáreo González, con su empresa Suevia Films y su logo de las Islas Cíes. Él creó en plan aficionado Productora Díaz, con el logo de los Castelos de Cangas y filmó cientos de películas de un minuto o minuto y medio que, en su mayoría, no lograron conservarse.

Sí se conservaron, en cambio, un documental de 15 minutos sobre Cangas que recoge diversos aspectos etnográficos: la malla, la pesca, las fiestas, gentes, juegos y familias. Otros videos de ciudades de España y partidos del Real Madrid del que era seguidor. Entre ellos, la final de Copa de 1946 en la que derrotó al Valencia por 3-1 en el viejo estadio de Montjuich (Barcelona), de la que apenas hay imágenes. Realizó también numerosas fotos de lugares y eventos de A Mariña.

Retiro en Cangas, consejo de guerra y éxito empresarial

Antonio Díaz Ortiz pasó dos años escondido en Cangas de Foz, discreto y desapercibido. Eran otros tiempos. Su familia -los Rebollar y los Calzado, de Cordido-, sus amigos de Cangas y el jefe local de Falange, Maximino Vázquez, lo protegieron.

Un Consejo de Guerra celebrado en Gijón lo acusaba de ser «Capitán asimilado en Enlaces de Campaña en Asturias y transmisiones en otros frentes y jefe de comunicación y enlaces de la Comisaría de Guerra de Gijón». No pudo ser localizado y fue declarado en rebeldía el 15 de marzo de 1941.

En el mismo sumario, otros tres mariñanos fueron condenados: Bernardino González García, de Viveiro, maestro, condenado a pena de muerte conmutada; Constantino Arias Vázquez, de Ourol, labrador que desertó y proporcionó material e información al bando republicano, condenado a 20 años; y José García Alvarez, de Mondoñedo, molinero, desertor, condenado a 20 años.

El franquismo iba asentándose y el tiempo pasando. Y Antonio se acostumbró a mirar de reojo y a pisar con suavidad la dudosa luz del día. Regresó a Madrid, se casó con Concepción Novo y, como fuera inhabilitado en Correos, se puso al frente de las panaderías familiares.

La ocasión -la infame postguerra-, la suerte, el trabajo sin horas y su inteligencia hicieron el resto. Se convirtió en un exitoso y millonario empresario y conquistó el respeto general. Nunca dejó de pasar largas estancias en su casa de Cangas donde era considerado como un vecino más por su simpatía, su implicación y su bonhomía.

Fuera de los círculos íntimos de algunas familias, no se hablaba de su pasado ni de los sucedidos que le tocó vivir. Era un tiempo de silencio. De clamorosa mudez.

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