Las siete maravillas de Cervo-Sargadelos


En el corazón da Mariña. En el centro de la costa más al norte, el viajero encuentra al Concello de Cervo-Sargadelos. ¿Qué podemos ofrecer?

La Ensenada de Rueta. Una incomparable cala en la desembocadura del Rúa. Cantos rodados que seguramente usaron los habitantes del Castro Marino que vigila la entrada por mar.

Isla Atalaya. Desde los tiempos de Ptolomeo sabemos que existen los Trileucos. Allí está un faro, desde 1964 una de las catedrales-vigías del mareante. Desde tal lugar se avistaban el paso de las ballenas para iniciar el rito de la caza. En Os Farillóns, los mejores percebes gallegos.

Santa María de Rúa. Sin sus fragas, el caolín de sus entrañas, el agua que baja haciendo senderos entre muiños, no habrían sido posibles aquellos primeros hornos de fundición que instala Raimundo Ibáñez. Los restos del pazo que perteneció a la estirpe de los Pardo de Cela, con capilla a la que pagaban diezmos y primicias los balleneros de San Ciprián, dónde se reunían los caballeros que dieron tal topónimo como apellido al lugar.

Antigua Factoría de Sargadelos. Fábrica de armas, loza y un intento con el vidrio. La primera huelga revolucionaria. Su loza se convirtió en elegancia para las mejores mesas, incluso del camarote en el buque insignia de la flota española que defendió Las Filipinas.

El lago de Río Cobo. Ahí entrenó nuestro campeón Olímpico David Cal antes de ganar la medalla en sus últimas olimpiadas.

El conjunto O Almacén y O Muiño de Cervo. La llegada del río al souto de Cervo, con la arboleda que da sombras a la escenificación del Aquelarre con Queimada, todos los agostos, y el teatro de Paco Piñeiro.

El banco da Fontiña. Ahora que están de moda los bancos mirando hacia el infinito marino, yo les recomiendo el banco que se encuentra en As Fuigueiras de Islas San Cyprianus, en un lugar denominado A Fontiña, tras recorrer la ría da Viela, entre las casas más antiguas del Puerto de San Ciprián. Allí se debe y puede leer un libro.

No pretendo pontificar. Simplemente me aproximo a la verdad. Lo hago desde el amor a mi tierra. Desde mis sentimientos de identidad. Y desde luego sin compartir aquella frase que un día, en plenas calles del casco antiguo de Viveiro, pronunció Carlos Oroza: «No se debe volver al lugar dónde se ha sido feliz». Yo he sido feliz en mi pueblo y un día, sin más, regresé para quedarme, vivir como gallego y en gallego.

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