Los emigrantes fueron clave en el desarrollo urbanístico y económico de O Valadouro

Una capilla de 1635 derruida, una «soberbia plaza» y dos comisiones que recaudaron dinero para el nuevo templo


En 1912, el Ayuntamiento de O Valadouro decidió ser razonable. Y su alcalde, Andrés Canoura Palmeiro (Santa Cruz 1852-Ferreira 1930), encargó al ingeniero vasco Eguileor un plano del ensanche de la capital municipal, Ferreira. La iniciativa fue clave para lo que vino después: la urbanización de A Feira Nova; el derribo de una capilla y la construcción de una plaza en 1931 con su hijo, Ramón Canoura (Alaxe 1899-Ferreira 1969), en la alcaldía; la construcción de un nuevo templo; la proliferación de ferias y mercados; el auge del sector servicios y de la edificación de casas indianas. Delante, detrás o al lado de todo ese notable desarrollo urbanístico, social y económico estuvieron los emigrantes, la mayoría con pasado en Cuba.

Andrés Canoura era un hombre emprendedor y con visión de futuro. Emigrante de primera hornada, había regentado en La Habana la zapatería La Moda y sido uno de los fundadores y primeros directivos del Centro Gallego, de Hijos del Valle de Oro y de Naturales de Galicia. Cuando regresó, fue alcalde y acometió diversos proyectos empresariales, desde un comercio-Casa de Banca hasta la fábrica de harinas El Canedo pasando por una hidroeléctrica en A Ponte dos Cobertizos o la concesión del reparto del correo en el norte de Lugo.

El estudio encargado al ingeniero Eguileor tenía por objeto ordenar el ensanche del núcleo de Ferreira, según documenta Chemi Lombardero en su libro La huella de la emigración a América. En él, reproduce una noticia del 28 de diciembre de 1912 en Las Riberas del Eo que detalla sus características: «Alcanza los 200 y pico metros de largo por 35 de ancho. Su presupuesto es de 7.000 pesetas. Es de gran importancia para la villa que empezó a desenvolverse hace poco con rapidez poco corriente y va aumentando gracias a los encargos que recibe de sus hijos y al celo vivísimo de quienes rigen aquel ayuntamiento».

La medida convirtió a O Valadouro en uno de los primeros concellos que planificó su desarrollo urbano. En base a él, los Canoura construyeron las tres casas de inspiración indiana que van desde A Ponte hasta el barrio de Triana: en la primera (una casa con dos portales, sede de la Banca Canoura) vivían Ramón Canoura y una hermana casada con el médico Costas; en la siguiente, su hermano Rafael; y en la tercera, haciendo esquina, Andrés Canoura. Además, promovieron viviendas en A Feira Nova, incluido el Consistorio, el cuartel y otros.

Los emigrantes solían levantar sus casas a lo largo de la carretera general o en lugares estratégicos, para exhibir su poderío. En Ferreira, lo hicieron en la plaza surgida al derribar la vieja iglesia. Ahí estaban, entre otras, las de los Alonso, los Mogo, la del viejo Bazar Pepín, la de Cazás… Y en otros puntos, la de Pernas y otros cubanos.

1931, el año de la gran hora de la capital municipal

Ramón Fernández Mato -escritor, periodista y político casado en O Valadouro con Pepita Fernández, hija de un contratista beneficiario de adjudicaciones de obras de la Dictadura de Primo de Rivera- escribió en Vida Gallega, en octubre del año 1931, un artículo que llevaba por título La capital del Valle de Oro vive su gran hora. En él recordaba que quince años antes Jaime Solá, el propietario de esa revista, había estado en Ferreira do Valadouro invitado por él y fotografiado «el ruinoso cobertizo que hacía las veces de templo parroquial y las parcas filas de sillería que mostraban el precario desarrollo de la nueva iglesia». Solá las publicara con «un gracioso sarcasmo: la iglesia que no acaba de caerse y la iglesia que no acaba de levantarse».

«Decrépita iglesucha»

Por eso, en su crónica, Ramón Fernández Mato se alegra al comunicar que «la decrépita iglesucha ha desaparecido dando lugar su derribo a una soberbia plaza que, por amplitud y perspectivas, puede homologarse con las mejores de Galicia, y el templo nuevo está ya abierto al culto». La noticia le hace decir que es «la gran hora» de O Valadouro y destacar otras obras de ese año de 1931: «toca a su fin la desviación y encauzamiento del río que era una barrera para desarrollar la villa y con esa mejora van a remolque la plaza del mercado, los dos grupos de lavaderos públicos, la alameda y el matader». Unas obras -dice- dirigidas desde el ayuntamiento por «un joven de férrea y disimulada voluntad, Ramón Canoura, y a su lado hombres del desinterés y la tenacidad inteligente de un José Ramón Alonso y de un Ángel Mandiá que han tenido hasta el buen gusto de mantener su limpia inclinación monárquica ante la que se descubre mi ideal republicano». Los tres eran viejos emigrantes.

Ramón Fernández Mato concluye aplaudiendo «este magnífico brote de realidades que un puñado de ciudadanos conscientes y abnegados suscitó para remordimiento de los que pasaron sin pena ni gloria por el consistorio».

Una capilla de 1635 derruida, una «soberbia plaza» y dos comisiones que recaudaron dinero para el nuevo templo

La vieja iglesia de Ferreira fue construida en 1635. Cuando fue demolida estaba deteriorada y apuntalada para evitar su caída. Las fuerzas vivas consideraban que no era acorde con una población a la que años antes, en 1894, la reina María Cristina concediera el título de villa. Su derribo supuso cierta pérdida patrimonial pero, a cambio, posibilitó una «soberbia plaza» que dio carácter a O Valadouro y de la que vivió -a través de ferias, comercios, servicios…- durante años.

La nueva iglesia, de estilo neogótico, comenzó a construirse en los años 20 en plena Dictadura de Primo de Rivera, un período de proliferación de obras públicas. El proyecto inicial era de cinco naves (en vez de las tres actuales) de dimensiones mucho mayores que las que, al final, se concretaron. La monumentalidad pomposa es un rasgo común a la arquitectura de las dictaduras.

Para erigir el nuevo templo, Hijos del Valle de Oro en La Habana creó en el año 1920 un Comité Pro Iglesia de Ferreira, encargado de recaudar fondos. Lo formaban Juan R. Álvarez, Manuel Rico, Antonio Vila, Manuel Palmeiro, Ramón Reigosa, Ramón Canoura, Manuel y Eduardo Pernas, Pedro Fernández, Pedro García Hernán, Manuel Díaz, Antonio Rúa, Ramón Blanco, José Orol, Laureano Díaz y Manuel Mon Reimunde.

El nuevo tempo de Ferreira se inauguró «sin la soberbia torre de 14 metros» -asegura Mato- y sin el reloj. Para financiar esos trabajos restantes, de nuevo colaboraron los emigrantes en 1954 con una comisión en la que estaban, entre otros, Saladino Reigosa, Eladio Chantres, J. Manuel Lamelas, Eduardo Pernas y J. Díaz Villar.

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