Así es la experiencia de volar por primera vez en parapente por el cielo de A Mariña

Despegar desde el monte Comado (470 metros de altitud) y sentirse como un pájaro con el mar enfrente es una sensación que todos deberían de probar alguna vez

La experiencia de volar por primera vez en parapente Despegamos desde el monte de O Comado, en Barreiros, para volar hasta la costa de A Mariña. Una experiencia digna de vivir, al menos una vez en la vida

barreiros / la voz

Es mediodía y el sol, al fin, luce en lo alto. El domingo invita a pasear por la arena y acudo a Arnao, al otro lado del puente de los Santos, la playa de Castropol que, siendo asturiana, han adoptado como propia tantos ribadenses. Suena un wasap. Xulio Villarino, presidente del Club Parapente Ferrol, @clubparapenteferrol, me invita a saldar un propósito que tengo pendiente desde hace tiempo: volar en parapente. No dudo.

Nos citamos en el aparcamiento de la Yenka, un restaurante al pie de la playa de Arealonga, en Barreiros, que cuando llego veo atestado de gente. En medio de un prado, está Xulio con otra persona, recogiendo el parapente tras lanzarse desde O Comado. El compañero se llama Poldo. «¿La primera vez?», le pregunto. «Sí», responde con una sonrisa, para a continuación desvelar que tiene experiencia como paracaidista. «Entonces, no es lo mismo», le digo.

Cargamos todo el equipo en el coche y subimos hacia el monte Comado, en Barreiros, una atalaya desde donde se otea toda la costa. De camino, Poldo y Xulio hablan en términos desconocidos para mí, desde corrientes térmicas a dinámicas. Al llegar, observo el cartel: 470 metros de altitud. El día promete. La panorámica, aún con niebla, es excepcional, desde Ribadeo a Burela, con el mar dominando, la costa de A Mariña.

A disfrutar

Ni miedo ni nervios. Solo ganas de disfrutar de la experiencia. Pero no está de más la confianza que inspira Xulio, nada proclive a las exhibiciones adolescentes que suelen acabar provocando mareos en el pasajero. Por si acaso, apunta: «Este é un deporte segurísimo». «¿Coma o submarinismo?», le pregunto. «Moito máis», sentencia.

Cuatro nociones básicas son suficientes. Cómo sentarse yendo cómodo, cómo despegar al trote, cómo aterrizar, cómo poner el casco y poco más. Lo justo para dar pie a las bromas propias del momento, los comentarios que Xulio ha oído mil veces con el buen humor de los pasajeros: «O casco non é para usar, eh!», «aquí non toques», «o paracaídas pódese abrir sempre, outra cousa é que sirva para algo».

Nos disponemos a despegar. Esperamos un golpe de viento, que tensa el parapente. Siento el tirón. «¡Corre!», indica Xulio. Corro, un tanto torpemente, pero bastan unos pasos para sentir ya cómo nos elevamos y comenzamos a volar. Todo discurre con suavidad. Estamos flotando en el aire, descendiendo los casis tres kilómetros camino de la costa. Es el momento de disfrutar. Aunque voy relajado, es inevitable sentir ciertos instantes de tensión, con algunos movimientos del parapente. A fin de cuentas, es un mundo que desconozco. Pero es irrelevante. Miro los pies colgando del aire, con un mundo hasta el suelo.

Ante la escasez de viento, el vuelo se hace corto. «Nós a isto chamámoslle pedradas», apunta Xulio. Es el momento de tomar tierra. El parapente oscila perdiendo velocidad y aterrizamos de nuevo con un ligero trote. Basta cargar hacia adelante, aguantando el último tirón de la vela, para que de nuevo el mundo se detenga. Estoy en tierra. Toca hacer el selfi de rigor. No es que me entusiasme la foto, pero si es la costumbre, accedo de buen gusto.

La experiencia merece la pena. Un verdadero lujo, recomendable para cualquiera, con independencia de la edad. Y que el vuelo sea corto casi es mejor -razono con Xulio-, porque así para la próxima ocasión, consciente ya de lo que espera, se puede disfrutar y saborear más. Porque habrá próxima vez. Sin duda.

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