«Tivemos que pillar a pota da comida e arrancar para a praia por se caía a casa»

Dolores Franco, una de las vecinas que tuvo que abandonar O Celeiriño, recuerda cómo le cambió la vida hace diez años


viveiro / la voz

Las lágrimas asoman a los ojos de Dolores Franco Sánchez cuando recuerda el momento en que tuvo que abandonar con lo puesto la casa de O Celeiriño por la que ella y su marido tanto habían luchado. «Estabamos comendo o meu home e máis eu ao mediodía cando chamaron á porta. Era un home berrando e dicíndonos: ‘Saian, saian, que a casa vai caer’», comenta la mujer, que tiene 83 años y a quien mucha gente conoce como Lola de Franco. «Tivemos que pillar a pota coa comida e arrancar para a praia por se caía a casa», continúa ahora que están a punto de cumplirse diez años desde que las obras de construcción de un edificio desencadenaron el desmoronamiento de parte de este barrio histórico de Celeiro, en Viveiro. Dolores y su marido, José Vieira, que falleció el año pasado, se mudaron en un primer momento a la casa de su hija Toñita, aunque después el Concello de Viveiro les pagó el alquiler de otro inmueble, igual que a muchos otros de los afectados. «Viviron durante dous anos nun piso tamén en Celeiro que lles alugou Xuxo dos Minchos, unha persoa que se portou de marabilla tamén, e estiveron encantados, pero logo o meu irmán Xuxo comprou un piso en Viveiro e quixo levalos canda el», interviene Toñita, y agrega: «Meu pai era tan legal que foi ao Concello para que lles deixasen de dar a axuda porque se ían vivir co fillo». La mala fortuna quiso que poco tiempo después Xuxo, que era marinero, muriese en un accidente en el barco en el que faenaba en alta mar. «Era moi bo rapaz», destaca su madre, y evoca con nostalgia las décadas vividas en O Celeiriño, en las que crió a sus tres hijos haciendo frente a muchas dificultades. «Era un barrio alegre, coa xente moi unida, e os nenos pasábamolo bárbaro», añade Toñita. La casa, que está cerrada, sigue siendo de su madre, y no saben si en el futuro podrán volver a vivir en ella.

«Meus pais sacrificáronse moito para sacarnos adiante e arreglar a casa», cuenta su hija

Lola, natural de la parroquia de Area, y José, de Pénjamo, habían comprado la casa de O Celeiriño tiempo después de casarse. A ella llegaron con sus hijos mayores, Xuxo y Toñita, que ahora tiene 47 años, y en ella nació el pequeño, Ismael. «Era unha casa moi humilde, pero fómola arreglando pouco a pouco, segundo iamos podendo», relata la mujer. Primero el baño, luego la cocina..., la vivienda fue prosperando gracias al esfuerzo de los cabeza de familia. «Meus pais -señala Toñita- sacrificáronse moito para sacarnos adiante e arreglar a casa». Según explicaron, el hombre anduvo embarcado en la marina mercante durante muchos años para prosperar. «Cando era moi nena, sabía quen era meu pai porque miña nai me ensinaba unha foto e me dicía quen era», indica Toñita, que tras la muerte de su padre ha vuelto a vivir con su madre, su pareja y sus dos hijos.

El edificio que desencadenó el abandono del barrio marinero está prácticamente deshabitado

Un edificio de 37 viviendas, bajos y garajes frente a la playa de Celeiro, en las inmediaciones del puerto pesquero y a escasos dos kilómetros del casco urbano de Viveiro. Esa podría ser la carta de presentación del edificio promovido por Inmo Xerión que desencadenó el desmoronamiento de O Celeiriño. Las alarmas saltaron cuando, a raíz de la excavación del solar en el que se construyó el inmueble, las viviendas próximas al solar, ubicadas en las calles Atalaia, Amargura o Angustias, comenzaron a agrietarse al estar asentadas sobre la arena, sin cimientos. Las obras estuvieron paralizadas durante un tiempo, y el Concello de Viveiro favoreció el realojo de los vecinos afectados. Diez años después, el edificio que provocó el realojo de numerosos vecinos está prácticamente deshabitado. Los carteles de «Se vende» cuelgan en muchas ventanas, y el óxido y el abandono son muy evidentes.

«Nuestras dos hijas son las únicas niñas pequeñas que viven ahora en O Celeiriño»

Las sonrisas y los juegos de Samaria, de 7 años, y Damaris, que está a punto de cumplir 5, son de los pocos sonidos infantiles que se escuchan en el día a día de las calles Amargura y Angustias, las más afectadas por los desalojos de O Celeiriño, y en donde actualmente reside un puñado de personas. «Nuestras dos hijas son las únicas niñas pequeñas que viven ahora en O Celeiriño», afirman sus padres, Manuel Díaz, de 40 años, y Adela Montoya, de 27, en la puerta de su vivienda. El matrimonio, en el que él trabaja en la hostelería y ella cuida niños, lleva seis años viviendo en el histórico barrio. «Mi abuela vivía en la calle Amargura y se tuvo que ir con una hija porque se agrietó el suelo», apunta Manuel, que destaca que O Celeiriño era hace décadas un barrio lleno de gente. «Ahora es muy tranquilo, no hay casi nadie», añade Adela.

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«Tivemos que pillar a pota da comida e arrancar para a praia por se caía a casa»