La última aventura: dar la vuelta al mundo a vela desde Ribadeo

«¿Dos años? Sí, pero no hay prisa», dice la tripulación: dos vascos y un ribadense


RIBADEO / LA VOZ

«¿Dos años? Sí, pero no hay prisa ya. Es la última que me queda...». En el salón del velero, apoyando en la estructura de madera del sofá al que faltan los sillones, desmontados para seguir la puesta a punto del barco, Patxi Hormaza, perdido por un instante el buen humor que siempre le acompaña, habla mientras se frota las manos en una grave reflexión. «¿Penúltima?», le corrijo. Me mira y sonríe: «¡Penúltima, claro!». La historia de este médico vasco refleja el sentido de esta insólita aventura, fruto de un cúmulo de casualidades. Son tres personas que se conocieron hace unos meses y que ahora están decididas a compartir dos años de su vida dando la vuelta al mundo a vela.

El ribadense Javier Torviso tiene una amplia trayectoria como patrón y acumula cinco travesías oceánicas en velero. El verano pasado fue la última, cuando voló hasta Boca Chica, en la República Dominicana, para patronear un velero de vuelta a España, el Longimanus, con su propietario, Íñigo Urigüen, empresario vasco. Días antes, Íñigo había conocido a Patxi: «Yo estaba en Cuba viendo pasar el tiempo... y me ficharon. Fui a Cuba a pensar. Estaba allí y aparecieron», recuerda el médico vasco.

Íñigo le propuso que lo acompañase hasta Boca Chica, donde esperaba Torviso para cruzar el Atlántico: «Nunca había pisado un velero, pero ni me lo pensé». Y fruto del buen ambiente y de la empatía, cuando surgió la posibilidad de hacer la travesía oceánica, Patxi no dudó en renunciar al billete que ya había comprado para volar de regreso a España.

Cruzar el Atlántico fue una experiencia tan agradable que, medio en broma medio en serio, en medio del océano alguien lanzó el reto de repetir, pero dando la vuelta al mundo. Dicho y hecho. El Longimanus se encuentra amarrado en Ribadeo, donde desde diciembre Íñigo ha establecido su residencia. Recibe de cuando en vez la visita de Patxi, mientras se hace la puesta a punto del barco.

Su idea es zarpar de Ribadeo en verano y en un recorrido sin prisas, evitando las temporadas de tormentas, disfrutando del placer de navegar, dar la vuelta al mundo, calculan, en el plazo de dos años y medio.

El Longimanus es un velero de algo más de quince metros de eslora, un barco consistente, apropiado para navegaciones oceánicas, con un completo equipamiento en el que no falta desde la desaladora hasta un congelador, lavadora, dos grupos de aire acondicionado... Tiene tres camarotes y dos cuartos de baño.

¿Cuánto costará una aventura de este calibre? Íñigo ha echado cuentas y estima que algo más de 20.000 euros: «Por dos años... No es excesivo. Es que vives en el barco, y eso ahorra mucho».

«Nunca pensé ni en cruzar el Atlántico, y ahora, en cuanto me suba ya no me bajaré»

«Llevo casi seis años viviendo en el barco», dice Íñigo. «Dejé la casa que tenía, compré el barco y desde entonces estoy aquí. Estuve dos años y medio por el Mediterráneo y dos en Caribe. Había conocido a Javi en Cabo Verde, cuando él cruzaba el Atlántico en otro barco. Estuvimos cinco días juntos, y después otra vez en Puerto Rico. Cuando surgió la posibilidad de volver a España, mi mujer no quería hacer una travesía larga y entonces me acordé de Javi y le llamé para que viniese conmigo. Hicimos un grupo muy bueno, disfrutamos mucho y en mitad del Atlántico dijimos: tenemos que repetir», recuerda Íñigo Urigüen.

Ahora el barco está literalmente desmantelado. Lo están revisando, poniendo a punto y conociendo al detalle, para saber dónde y cómo actuar en caso de averías e imprevistos. Ser autosuficientes; ese es el objetivo. «Hasta llevamos radial. Aquí todo se hace a bordo», dice Javi Torviso.

No es una carrera

Su idea es zarpar de Ribadeo en julio, con destino a las Rías Baixas, donde estarán un tiempo. Luego bajarán la costa de Portugal, haciendo otra escala en el sur de España, para en septiembre u octubre ir hacia las Canarias. En noviembre cruzarán el Atlántico y en marzo el canal de Panamá. «No es una carrera. El barco tendrá que estar amarrado muchas veces, pero se trata de disfrutar, no de llegar cuanto antes», dice Íñigo.

Javier Torviso no duda: «Son dous anos, pero vou facer todo o que poida. Dende logo, as travesías, todas». Y Patxi, sentencia: «Yo ni pensaba cruzar el Atlántico y ahora, en cuanto me suba el barco y zarpemos, ya no me bajaré, hasta el final».

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