Recuerdo especial en Navidad


Quiero recordar en estas líneas a los pacientes que han de permanecer estos días en un hospital, ya sea en la unidad de Observación, en el área de Urgencias -como me sucedió a mí hace algunos años- o en planta. No lo olvido. Fue una experiencia dura, dura de verdad. Tres días con sus noches en el lado amargo de la vida. Había además saturación; un trasiego incesante de accidentados y enfermos. Primer día. Olía a enfermo nada más entrar. La sala de Observación, dividida para hombres y mujeres, estaba repleta; no había disponibilidad de camas. A los últimos nos acomodaron en sillones numerados; a mí me tocó el 11. A mi lado estaba un joven inquieto, muy nervioso, con los ojos en sangre. Se quitó varias veces la camisola de hospital; comió y en un descuido se fue con la manzana del postre en la mano.

Después de una larga espera de más de dos horas un médico joven y atento me llevó al final de la sala, hasta una habitación cerrada y con dos camas; una estaba libre, en la otra yacía un cadáver. Lo asumió con naturalidad; optó por otra habitación próxima para hacerme la exploración.

De vuelta al sillón número 11, dos agentes de policía custodiaban a un enfermo con esposas. Salazar. Los demás estábamos sujetos cada cual a su bolsa de suero. En ese sillón eché desde el mediodía hasta las 2.30 de la madrugada. A esa hora se disponía de una camilla al lado de cuatro camas. Lo agradecí. La necesidad obligaría a empujar mi camilla contra la pared del fondo para hacer sitio a otra con un transeúnte polaco, atado, debido a su estado de ansiedad y excitación.

Aquella primera noche entre quejidos y vómitos de enfermos pareció no tener fin. Llovía contra una ventana ciega y no supe de dónde caían algunas goteras. Se repitieron gritos de dolor toda la madrugada; alguien deliraba y llamaba una y otra vez por un tal Sergio. No se rindió. Toda la madrugada siguió el transitar de camillas con enfermos; realmente apenas se distinguía la mañana de la tarde y la noche. Al final, a uno acaban por vencerle el dolor y el cansancio.

Segundo día. Me despertaron los vómitos de un anciano en la cama de al lado. Se había quitado la camisa y quedado en pañales. Amanecí, recuerdo, con un conejo lleno de orina sobre la repisa.

Me iba orientando por los turnos del personal sanitario más que por el reloj. Aquellos turnos, comprobé, eran los que marcaban el ritmo y el tiempo dentro. A mi alrededor habían cambiado casi todos los enfermos, salvo el mendigo polaco que seguía atado a su camilla.

El olor. Aquella mezcla a orina y a sudores. A enfermedad. Difícil de olvidar. Toda una sucesión de penurias. La dignidad se pierde ?tuve al menos esa sensación- ya cuando dejas la ropa en una inseparable bolsa de plástico. Vas a luchar contra esa sensación hasta el último momento, aunque por mantener en alto la bolsa de suero más de una vez el pijama te caiga hasta los pies.

Las enfermeras se mostraban atentas; cercanas. Tenían mucha paciencia. Me sorprendió que en el mostrador situado en el centro de la sala estuvieran hablando de preparar una fiesta y de lo que tenía que aportar cada cual en pinchos con total naturalidad. Extrañaba que en aquel ambiente a alguien le apeteciese hablar de comida. Será la costumbre, imagino. Uno acaba por adaptarse y se sobrepone e incluso acabas sintiendo al final hambre.

Las visitas estaban restringidas. Allí lo que más valía era, sobre todo, la fortaleza de uno mismo. La tarde de ese segundo día abandoné la camilla en la que dejé incrustados parte de los huesos y pasé a una cama. Todo un avance, al menos psicológico. En la cama de al lado, a la derecha, estaba un joven negro con la cara ensangrentada, profundamente dormido; a la otra cama trajeron a un anciano en coma, con un respirar de máquina; a veces convulsionaba.

El polaco atado a la camilla no cesaba de gritar. A la última cama de la fila llegara un accidentado en un siniestro de tráfico. Se precisa ser fuerte. La vida también debe ser todo esto. Ayuda, fíjense, la naturalidad de las enfermeras ante tal panorama. Primero sorprende, después ayuda.

Tercer día. Me despertó la voz de un joven, hijo del anciano en coma, llamándole inútilmente, pero aun así insistía. Cuando aquel joven marchó, el anciano, casi desnudo ?con las manos atadas, recuerdo, para que no se arrancase el pañal- casi se ahoga en su vómito. Su estado arrancó un lamento incluso de una joven facultativa que lo atendía.

Las auxiliares que lo cambiaban bromearon con una compañera que llegaba de turno ante lo que le esperaba. Otro anciano malhumorado se empeñaba en vestirse y marchar; acabó agrediendo a una enfermera. La había agarrado por el cuello y fueron a reprenderle los guardias de seguridad. Un tercero invitaba a la piscina y a bailar a la joven que le estaba cambiando el pañal y la sábana. Me sentía al límite; me parecía estar preparado ?erróneamente claro- para ir a una contienda, pero no para seguir en aquella sala. Noté que comenzaba a faltarme la fuerza, sujeto a aquella bolsa de suero. Al fin escuché mi nombre; iba a salir de aquella sala. Recuperé el ansia y la sonrisa. Miré al anciano en coma forzando el respirar de máquina. Me pareció que me llevaban al paraíso en camilla. Tal la impresión. Allí, en la décima, anoté unas líneas similares a estas; la crónica de una experiencia primeriza que acabará arrancándoles, seguro, a pesar de todo una sonrisa.

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