Mis vivencias de Barcelona (y sus museos)


Una parte de mi vida como la de otros muchos gallegos transcurrió en Cataluña, entre Girona, sin duda un hermoso territorio entre mar y montaña, ciudad con el casco histórico-judío más hermoso que he recorrido, con motivo del año 1979-80 en que dirigía el Hospital público «Doctor Trueta». Descubrí la Costa Brava entre las sombras del invierno, o la magia de Caduques, una vez llegado al Cabo de Créus, otro Finisterre aunque oriental, dónde siempre murmuran de Dalí, entre Federico y Gala.

Pero ha sido Barcelona la ciudad que más me ha marcado culturalmente. Comparto tal espíritu con algunos colegas-amigos mariñanos. Tanto Sito Otero Regal como yo, necesitamos ir todos los años a la que fue nuestra ciudad para la libertad en aquellos años setenta, con Madrid capital cañí, con Galicia desperezándose al turismo. La Barcelona del Jazz en la pequeña calle Tuset, los garitos de música latino americana que cantaban frente a los milicos dirigidos por la CIA, el esplendor cosmopolita y modernista salpicando de fachadas: Paseo de Gracia, Rambla de Cataluña y Diagonal. Y el contraste entre la burguesía catalana residente en la Bonanova y la bohemia internacional paseando las Ramblas de las Flores o Canaletas, o desde la Plaza de Cataluña a la de Colón, parándose en el Gran Teatro del Liceo o para comprar en el Borne. Y aquella medicina dónde aprendimos a ser hospitalarios como servicio público esencial.

Pero, ya entonces, ahora, siempre, Barcelona es la ciudad de los Museos. Los he visitado todos. Los repaso cada vez que acudo a esa puerta que, tras las Olimpiadas de 1992, se abrió al Mare Nostrum. Suelo empezar en el Museo de Picasso, cuya vida une al Atlántico de La Coruña con la ciudad del ensanche proyecto de Cerdá, dónde unos jóvenes inquietos se reunían en «Els Quatre Gats»; como nosotros lo hacíamos en las inmediaciones del Turo-Parc.

Desde el Nacional del Arte

al Marítimo, incomparable

Luego visita al Museo Nacional del Arte de Cataluña, para comparar, con mi amigo el Dr. Unzueta, el Románico gallego con el Románico catalán. Museos de: la música, egiptología, etnológico, del ejército en el Castillo de Motjuic, Gaudí, Tapies, Miró, arqueología, artes decorativas, etc.

Pero como gente de mar, cada vez que voy a la ciudad, que lo fue y es de mi padre y mis hijos, tengo necesidad para aprender algo nuevo en sus Atarazanas, ese incomparable Museo Marítimo que va mostrando la histórica singladura de marinos, mareantes, navegantes, bucaneros, aventureros, fuera defendiendo a los Estados Vaticanos en Lepanto, o en el comienzo del Renacimiento con el descubrimiento de América.

Todavía tengo la tentación de ponerme aquel poncho Montonero que me regaló mi primo de La Argentina y perderme en la Espineta de Calafell, para recordar las noches de música y tertulia en torno al gran Carles Barral.

Pase lo que pase, en algunos siempre quedará citarnos en su plaza de San Felipe Neri.

Autor Pablo Mosquera Articulista

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