Sargadelos acogió la primera huelga revolucionaria de España hace 219 años

4.000 vecinos de 17 parroquias mariñanas se concentraron en Cordido y Trasbar

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El 30 de abril de 1798, hace 219 años, 4.000 vecinos de 17 parroquias A Mariña se concentraron con sus carros y aperos en Cordido y Trasbar y se dirigieron al complejo industrial de Antonio Ibáñez en Sargadelos. Los estaban esperando y fueron recibidos a tiros. Se apoderaron del almacén de pólvora, asaltaron e incendiaron la fábrica y atacaron a los operarios y a los 30 soldados que protegían las instalaciones.

La revuelta concluyó con un muerto -el vecino de Cangas, Tomás Viñas- varios heridos graves, destrozos por 647.687 reales, 500 personas procesadas y dos ricos hacendados, Manuel Antonio Pedrosa Arias, de Lieiro, y Antonio de Cora y Miranda, de O Valadouro, acusados de inspiradores del motín junto a párrocos del entorno e hidalgos como Manuel Canel de Fresnedo, de Recaré.

Aquel día, según Filgueira Valverde, tuvo lugar la primera huelga revolucionaria de la historia de España. No fue una historia de buenos y malos, ni de progresistas y reaccionarios. Tampoco de curas con trabuco y arcabuz contra ilustrados del Siglo de las Luces. La realidad no es simple sino compleja, no en blanco y negro y sí con matices...

Ibáñez había nacido en 1749 en Os Oscos. A los 20 años era mayordomo del indiano Bernardo Rodríguez de Arango y Mon, dueño de la rica Casa de Guimarán, en Vilaselán. Dirigió sus negocios de vinos y aguardientes durante 5 años y, al cumplir los 25, después de su primer gran beneficio transportando aceite desde Cádiz, se casó con Josefa López Acevedo y empezó a volar por su cuenta…

Rico pero no querido

Se dedicó a la importación y contactó con dos personas claves para él: Joaquín Cester, el director de la Casa-Fábrica creada por Carlos III en Ribadeo para manufacturar lienzos, que lo animó a construir una fábrica de loza; y el burgués compostelano José Andrés García con quién construyó barcos para comerciar con el Báltico, Rusia o Francia, y con el que se asoció para levantar una fábrica de fundición en Sargadelos tras superar la oposición del Cabildo de Mondoñedo y el Comisariado Marítimo de Viveiro.

A finales de siglo, ya era muy rico. Tenía un Palacio propio desde el que dirigía su emporio económico y era amigo de relevantes personajes de la sociedad española que le hacían favores y le rendían honores. Pero no era popular ni querido. Era un triunfador pero también un tipo sin mano izquierda, altivo, áspero, autoritario, sin alma...

Sus iniciativas chocaban con una Iglesia anclada en el Antiguo Regimen y con los intereses de hacendados de A Mariña. Y tuvo graves problemas con el pueblo derivados de los grandes privilegios que logró gracias a sus influyentes contactos…

Ese malestar social, convenientemente agitado por intereses espurios y demagogia populista, culminó en un estallido de rabia, rencor y violencia, el Motín de Sargadelos, la primera huelga revolucionaria de España…

El Marqués fue un hombre de acción, más que un ilustrado que creó el primer complejo industrial gallego

martinfvizoso@gmail.com

El Marqués de Sargadelos fue el creador del primer gran complejo industrial de Galicia, formado por una siderurgia, en la década de 1790, y una fábrica de loza en 1806.

A finales del siglo XVIII, A Mariña ofrecía oportunidades a los emprendedores. Había un notable sector textil que fabricaba y exportaba lienzos. Funcionaban en el Oriente ferrerías, mazos y fraguas. Los catalanes se introducían en el sector pesquero. Emergían la minería, los curtidos y una burguesía comercial foránea. Y Ribadeo y Viveiro eran puertos dinámicos y activos.

Ibáñez fue un hombre con iniciativas y gran determinación más que un ilustrado, aunque sí tenía buena formación. Supo actuar en esa economía y, como el naciente liberalismo, sostenía que el interés particular no estaba reñido con el bien común…

Como otros, utilizó el dinero ajeno que administró durante un tiempo para hacer negocios particulares. Así fue su primer gran éxito al comprar en Cádiz aceite, con dinero de los Arango y Mon, que vendió en A Mariña. Pero lo novedoso suyo fue el salto del comercio a la industria.

Instaló la fábrica de fundición en Sargadelos por contar con el hierro de las minas de Viveiro, O Valadouro, San Miguel de Reinante y Cubelas; por el combustible de grandes recursos madereros; y por la fuerza del río Xunco. Tambien por haber materiales refractarios para hornos y fraguas y por la cercanía de buenos puertos.

Un gran emprendedor

Fue un gran emprendedor y el primer gran empresario industrial de Galicia. Hizo de A Mariña una referencia. Se le puede aplicar el poema de Rilke: «Soy como una bandera/ con sed de lejanías/ que me toca vivir los vientos/ y sentirlos/ cuando las cosas, abajo,/ aún no han cambiado». Pena.

Costes sociales, débil empleo y un cruel epílogo

El Motín fue un plato cocinado durante años, a fuego lento. Historiadores como P. Saavedra, Meijide, R. Domínguez, Prado o Xan Carmona -que sirven de base a esta crónica- destacan la capacidad empresarial del Marqués. Valoran crear una siderurgia en A Mariña pero dudan de lo oportuno del uso del carbón vegetal. Sobre todo porque, con él, que funcionase la fábrica sólo era posible por las coacciones que Ibáñez impuso a los vecinos…

Algunas fueron disponer a su antojo de fragas comunales de 17 parroquias; obligar, por Real Cédula, a que le llevasen 10.000 acarreos al año de leña en una medida vejatoria y feudal que afectó a 600 carreteros; disponer de cárcel y guardia propia; ofrecer bajos sueldos...

A Ibáñez se le atribuía el atraso de la provincia de Mondoñedo al importar lino del extranjero que arruinó su cultivo en el país cuando era básico en su economía. Y sólo tenía el permiso de Rúa, entre las 6 parroquias de San Ciprián, para instalar herrerías y contar con madera.

Su proyecto en Sargadelos supuso desarrollar el capitalismo en un medio y en una sociedad tradicional, con las consiguientes tensiones. Y los vecinos no vieron compensados los costes sociales sufridos pues la fábrica empleaba 300-400 personas.

Todo eso explotó en el Motín. Pero aún con él, Ibáñez sacó provecho. El proceso judicial demostró abusos por su parte y justificó a los amotinados. Pero en 1800 la Corona sobreseyó la causa a cambio de indemnizar al Marqués con 700.000 reales que le sirvieron para la nueva fábrica de loza de 1806, comprar la fundición de Orbaiceta, etc.

Logró nuevos éxitos pero seguía sin el respaldo de la gente… Y el 2 de febrero de 1809 sucedió. La turba lo asesinó en Ribadeo. La excusa fue su supuesto afrancesamiento. Pero, en realidad, su muerte fue el epílogo del Motín de 1798: lo que no habían conseguido entonces sus enemigos lo lograron entre las turbulencias de la invasión napoleónica. El ensañamiento con su cuerpo, el anonimato del crimen, su secreto entierro, el saqueo de su Palacio… demuestran que había viejas, y no satisfechas, ansias de venganza.

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