El impostor indiano que dejó en Ribadeo deudas y estafas se llamaba Antoni Lluciá

La Voz

A MARIÑA

Tras leer los dos reportajes de Portolés, un nieto facilitó desde Barcelona datos de sus andanzas

16 abr 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

En octubre del pasado año, este cronista publicó en estas páginas los reportajes «Portolés, el indiano impostor que dejó en Ribadeo un reguero de deudas y estafas» y «Portolés, el impostor, se llevó de Ribadeo a un niño de 14 años como ayuda de cámara».

Ambos narraban las peripecias vividas en Ribadeo, en 1916, por un famoso estafador que, entre otros, adoptaba los nombres de Tomás Portolés, Mario Pickman, Rafael Villamil, José Mª Pina, Fernando Caamaño, Julio Gádor y Orlando de la Riva. Las crónicas se basaban en noticias de La Comarca y El Ribadense, escritos de Paraje Manso y Gamallo Fierros, datos policiales y judiciales, y apuntes de Ricardo León y Portolés Mambiela.

La lejanía temporal de los hechos acaecidos y la propia personalidad del personaje -uno de los mayores falsificadores del siglo XX- hicieron que los relatos de unos y otros -incluidos los del cronista- tuviesen cabos sueltos y un halo de inconcreción.

Pero el azar es caprichoso e imprevisible. Y aquellos reportajes fueron leídos en Barcelona por Jordi Lluciá Malz que resultó ser nieto del famoso impostor. Y tuvo la amabilidad y la generosidad de contactar con el cronista y facilitarle datos que él recabó de su padre, Sergio Lluciá Sucarana, y que posibilitan aclarar no sólo quién fue el famoso estafador sino también sus andanzas.

Su verdadero nombre fue Antonio Lluciá Bussé, nacido en 1890 en Capellades (Barcelona). En julio de 1916 llegó a Ribadeo a bordo de una Harley Davidson 16 F, de tres velocidades, equipada con sidecar. Se alojó en el Hotel Ferrocarrilana y se dedicó a la gran vida...

Era un tipo simpático, educado, buen mozo. Vestía de modo impecable, hablaba varias idiomas y decía llamarse Fernando Caamaño Bonilla y tener extensas plantaciones en Venezuela. Dejaba cuentas abiertas en todos los sitios y su única ocupación era despachar correspondencia y celebrar conferencias telefónicas concertando ventas de café y cacao.

Adelaida Caner y un niño

Los ribadenses lo bautizaron El Rey del Cacao. Y a las muchachas se les aceleraba el corazón cuando cruzaba en su moto atronando las calles desiertas. Se fijó en una: Adelaida Caner Sánchez, una joven barcelonesa que veraneaba junto a su familia en Ribadeo y que _según el nieto del famoso impostor_ es posible que aún tenga familiares en la villa.

Vivió en el hotel tres meses y en ese tiempo enamoró a Adelaida, compró fincas y regentó el Teatro en el que proyectaba cine de actualidad y no cobraba a los niños. Vivió días de vino y rosas hasta octubre. Y un día desapareció tan misteriosamente como había llegado.

Eso sí, dejó atrás un reguero de deudas que nunca pagó. Y se llevó a un niño de 14 años que había tomado en la villa _decía_ como ayuda de cámara… Se llevó también el corazón de Adelaida y en enero de 1917 _tres meses después_ se casó con ella en la iglesia de Belén, en Barcelona.martinfvizoso@gmail.com

Huyó de cárceles, se hizo pasar por loco y la prensa nacional e internacional recogió sus muchas fechorías

Los periódicos de medio mundo recogieron sus fechorías. The New York Times le tildó de «maestro de falsificadores», Le Figaro de «el rey de los ladrones» y ABC de «el nuevo Fantomas» por sus robos y cambios de identidad. En 1919, La Vanguardia decía que «es un ladrón comme il faut, elegante, buen mozo, de exquisito trato, culto, espiritual y que habla perfectamente varios idiomas».

Entre sus numerosos delitos figura que en París sustrajo un collar de perlas de una joyería de la Rue de la Paix cuando vivía en el Hotel Ritz del que se marchó sin pagar. En Saint-Moritz (Suiza) se hizo pasar por un hermano de Alfonso XIII y pasaba sus gastos de lujo a la Embajada de España.

A menudo se presentaba como economista y financiero. Aconsejaba en qué bancos invertir sin problemas para retirar las acciones. Él lo hizo muchas veces. Sólo en enero de 1920 estafó 60.000 pesetas al Banco de Vizcaya; 64.661 al de Barcelona y 49.360 al Hispano Americano. Otras veces decía ser capitán del Estado Mayor, alférez de la Armada, Rey del Cacao, Nuncio de la Santa Sede, cineasta, aviador y hacendado…

La prensa catalana dio cuenta de su amplio historial. La Vanguardia informa de su detención el 11 de febrero de 1922 cuando había hecho efectiva una carta de crédito falsa de 40.000 pesetas en la sucursal del Banco Holandés.

«Una novela andante»

El policía que le seguía la pista, un tal Castellanos, recibía informes de la Dirección General de Seguridad. Entre otros, que Mario Pickman había hecho iguales operaciones en Bilbao y Madrid por 128.420 pesetas. Cuando lo detuvieron, estaba reclamado por juzgados de Avilés, Tortosa, Cervera, Jerez, Vich, Bilbao, Madrid, Gerona y por la Audiencia de Barcelona.

El 15 de junio de ese mismo año cuenta que se fugó del manicomio de San Baudilio de Llobregat. Informa también de huidas de cárceles y de requerimientos contra él; de un juicio por «incidente de mayor cuantía» el 22 de mayo de 1929; de una detención en Zaragoza el 24 de enero de 1926; y hasta de su muerte en su página 35 del 5 de octubre de 1930.

Cuando murió -según el rotativo catalán- tenía una gran fortuna, dos hijos y vivía en un piso del Paseo de Gracia. En sus últimos años, decía de sí mismo que era «una novela andante». Y acertó. Porque casi 90 años después, Sergi Doria recreó su vida en una éxitosa novela, No digas que no me conoces.

El arte de seducir y vaciar joyeros de siete mujeres

Tras su boda en Barcelona, los recién casados marcharon de viaje de novios a San Sebastián. Lluciá _autoproclamado Fernando Caamaño_ dilapidó en el Casino el dinero que llevaban y, para enjugar las deudas, empeñó las joyas de su mujer y vendió perlas falsas como auténticas. Total, 18.000 pesetas. Antes de que ella se percatara, huyó a Francia y salió de la vida de Adelaida a la misma velocidad con la que había entrado.

A partir de ahí, su vida fue un caballito de tiovivo que empezó a girar y girar, sin pausa, sin fin. En menos de cinco años se casó con cuatro ricas mujeres de Cuba, Perú, Brasil y Uruguay. Bígamo por partida doble, a las cuatro abandonó durante el viaje de bodas y después de robarles su dinero y sus pertenencias.

En Cuba dijo ser capitán de navío y se casó con la hija del jefe de la policía de La Habana. Desapareció a los tres días. En Santos (Brasil), con la heredera de un naviero a la que dejó sin blanca. En Perú, con la hija de un empresario taurino. Y en Montevideo con Inés Prieto, legataria de un estanciero.

Nunca se supo bien cómo disfrazó tanta mentira. Pero la peripecia vivida con su esposa uruguaya muestra su cinismo y su modus operandi… Al poco de casarse _bajo el nombre de Orlando de la Riva_ le vació el joyero y, tras empeñar las alhajas, se marchó y le dejó una carta que decía así:

«Idolatrada esposa: Dado mi temperamento febril y especial forma de ser, advierto ahora que la vida vulgar del matrimonio no se ha hecho para mí. Por eso parto para lejanas tierras en busca de nuevas emociones y diversiones frívolas. Como grato recuerdo de nuestra corta unión, adjunto te envio las papeletas de empeño de tus caras joyas. Resígnate, pues, y que Dios te proteja, doña Inés del alma mía. Orlando».

Era todo un poeta… Cuando regresó a España se volvió a casar, al menos tres veces más. Dos de sus nuevas víctimas vivían en Barcelona y una presentó una querella contra él, según recoge en un suelto La Vanguardia el día 24 de enero de 1926 en su página 10.