La finca de 47.000 hectáreas de Murias y otros prodigios de la emigración

El filántropo de A Devesa, los Barcia Ponte o el viveirense Santos Parga, algunos destacados en la diáspora


Cuenta García Márquez que, cuando la Compañía Bananera llegó a Macondo, lo primero que hizo fue cambiar el río de sitio y regular las temporadas de lluvias y secas. Muchos emigrantes de la primera diáspora gallega de mitad del siglo XIX creyeron -inducidos por los ganchos, la fachenda de los indianos o las compañías navieras- que prodigios similares acaecían en Cuba o Argentina. Y a veces ocurrían, ciertamente.

La Revolución Industrial _que tuvo lugar en Inglaterra o Francia entre el XVIII y el XIX_ provocó la acumulación de capital en manos privadas de naciones prósperas. Y originó la fase expansionista del capitalismo mundial. El capital se sitúa donde logra mayores beneficios e invirtió en los emergentes países americanos.

Buenos Aires, por ejemplo, pasó de tener 55.000 habitantes en 1855 a 1,5 millones treinta años después. El ferrocarril, las calles, los alcantarillados, los cultivos extensivos? requerían mano de obra y generaron un gran mercado de trabajo. Ahí, en esa necesidad de mano de obra tuvo su origen la emigración gallega de mitad del XIX. 

El filántropo de A Devesa

En ella, algunos emigrantes perdieron, la mayoría empataron y una minoría ganó clara y rotundamente. Y ese triunfo desmedido fue un potente factor de atracción para los que pensaban marcharse. Pedro Murias, por ejemplo, el filántropo y tabaquero de A Devesa (Ribadeo), tenía en Pinar del Río una finca, llamada Vuelta Abajo, de 47.000 hectáreas. De ella salieron prestigiosos habanos como Balmoral, La Devesa, Flor de los campos de Cuba, El indolico, La Meridiana, Pedro Murias, La Reserva o La Viajera que convirtieron a su propietario en un riquísimo hacendado.

Los hermanos Barcia Boente -de Padróns (Ponteareas)- se enriquecieron en Iquitos (Perú) facilitando caucho (bastaba una incisión en el árbol de jebe para que el látex gotease todo el día) a la joven industria automovilística que lo precisaba para las llantas de los coches. Eran dueños del río Tapiche y cuando delimitaron su finca de la selva amazónica quisieron que tuviera las medidas de Galicia. Ni un metro más, ni uno menos. Su imperio duró lo que tardó la invención del caucho sintético. Pero les dio tiempo a construir en su pueblo escuelas y granjas experimentales, crear un economato y dotar a la localidad de un tendido eléctrico del que carecían las ciudades.

Un prodigio no menor le ocurrió al viveirense Manuel Santos Parga. Cuando un criado chino trabajaba en su finca de La Alcancía, en Matanzas, la tierra caliza y húmeda le tragó la azada con la que cavaba. El viveirense hizo una calicata en ese punto y el terreno se fue abajo: acababa de descubrir las Cuevas de Bellamar, uno de los monumentos espeleológicos más importantes del mundo _tiene 23 kilómetros de largo y una antigüedad de 300.000 años_ que lo enriquecieron y originaron el turismo cubano.

martinf.vizoso@gmail.com

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