Emigrantes explican a estudiantes cómo buscaron trabajo cuando aquí faltaba

El IES María Sarmiento de Viveiro y Afundación invitan a veteranos a explicarles a jóvenes situaciones del pasado que se repiten ahora


Ocho vidas, ocho experiencias vitales y profesionales, y la emigración como hilo conductor del programa intergeneracional que desarrolla Afundación, que llega mañana a las aulas del IES María Sarmiento de Viveiro, dentro de un proyecto que intercambia experiencias entre generaciones.

Estudiantes de 3º de ESO tendrán oportunidad de dialogar con los ocho protagonistas, usuarios del centro de Afundación en Viveiro, sobre sus vivencias durante la etapa que les toco vivir en países como Alemania, Suiza o Francia. En algunos casos, además, contarán una doble experiencia: la de quedarse primero al cuidado de los abuelos mientras los padres salían de España en busca de trabajo para vivir, y después eran reclamados iniciando así su vida en la diáspora.

«Fálame da emigración» está incluido dentro del programa estratégico «O valor da experiencia», desarrollado por el área de Envellecemento Activo de AFundación, «pola que a entidade quere poñer en valor a trayectoria vital e profesional dos maiores a través de programas interxeracionais e de voluntariado, que beneficien a outros grupos da sociedade».

MARÍA JESÚS VARGAS CAMPO

Emigró a Francia en 1964, con 8 años. Ya estaban sus padres, que habían emigrado a Zurich cuando cerraron las minas de A Silvarosa 4 años antes. Ella quedó al cuidado de los abuelos. A instancias de conocidos de Vieiro los padres se mudaron al sur francés, con mejor clima. La bondad de la primera profesora del colegio donde estudió hasta bachillerato, y los problemas de sus hermanos con la comida son algunos recuerdos. Como la precariedad de la vivienda inicial. Allí estuvo hasta 1978, cuando en unas vacaciones en Viveiro encontró trabajo en la Renault, y no regresó.

JOSEFA CALVO TEIJEIRO

Llegó a Alemania en 1972, donde ya estaba su marido, tras dos días de viaje en tren. Y llega el primer impacto: los supermercados, la gran cantidad de yogures que había y las tiendas de ropa. Su principal reto fue sacarse el carné de conducir en un país del que no conocía el idioma. Diez meses después hablaba alemán y un año después consiguió trabajo como empleada doméstica en la casa de un médico. El círculo vecinal «moi atento» y el nacimiento de sus hijos facilitaron el asentamiento en Alemania, donde seguiría si no hubieran querido que sus hijos tuviesen una educación en español. Retornó en 1979.

JOSÉ ANTONIO TEIJEIRO

Emigró a Zúrich con su mujer Digna, con 26 años. Su hija de seis años se quedó aquí, solo podían reclamarla tras tres años de residencia en Suiza. Trabajó en la hostelería y luego en Telefónica, en turnos, y haciendo horas extras para incrementar su salario. Lo que más le llamaba la atención era la prohibición de fumar en los bares y la limpieza de las calles. La gente usaba las papeleras. Así, en un viaje a Galicia su mujer recorrió un kilómetro buscando una papelera para tirar una monda de plátano. Volvió a España para estar con los hijos, y sin trabajo, al coincidir con una reducción de plantilla de Telefónica.

EDELMIRA PAZ PERNAS

Llegó a Suiza (1972-2012) en avión y con unos finos zapatos de charol, nada aptos para la nieve que la recibió. Con contrato, un autobús los repartió por los hoteles donde iban a trabajar. El primer día descubrió las salchichas y la fondue; el segundo la puntualidad. El salario era «considerable», pero después se trasladó a Ginebra, donde las condiciones eran mejores. Se fue sin contrato y cambiando su identidad para evitar los controles hasta que consiguió legalizar su situación. Tres años después se llevó al hijo que dejó aquí, y allí tuvo al segundo, que sigue en Suiza.

JOSÉ A. PARAPAR PALEO

Emigró a Suiza con su mujer Edelmira en 1972. Primero lavó platos en un hotel y después aprendió a cocinar con su jefe, y tras su jubilación cogió las riendas de la cocina del restaurante, aunque renunció por las dificultades en la relación laboral. De las cocinas pasó a trabajar elaborando piezas ortopédicas, y su último trabajo lo llevó de nuevo a la hostelería, como responsable de un equipo de 12 personas en la cafetería de un hospital. Para el Suiza fue «un país de oportunidades» y del que destaca «a igualdade entre homes e mulleres». Regresaron en el 2012 a casa.

DIGNA BOUZA REGO

Un viaje en tren la llevó a Suiza, junto a su marido, en 1970, con un contrato de cocinera. Aquí se quedó su hija, una experiencia «especialmente dolorosa», con la que se comunicaba por carta primero y luego por teléfono, una vez al mes. Las costilletas y ensaladas al estilo gallego le valieron el reconocimiento profesional del jefe de cocina del restaurante. Su segundo hijo nació en Suiza, le hicieron la primera ecografía y su marido puedo estar en el parto. El regreso en 1976 fue «complicado» de asumir para la hija, tras los años de ausencia, «afeita a impoñer a súa vontade».

CARMEN LÓPEZ NOGUEIRA

Emigró a Suiza en 1972 siguiendo a su marido que ya llevaba allí dos años. Se fue con 25 años dejando en aquí a sus dos hijos, de 3 años y 11 meses. Se fue sin contrato, pero trabajó como empleada del hogar y en el servicio de limpieza de un hospital. Regresó tres años después y con el dinero que consiguió abrió una tienda en Viveiro. Durante esos tres años aprendió italiano y compartió vivencias con gente de diversas culturas y religiones.

ANICETO PRIETO RICO

Tenía 24 años cuando se fue a Alemania, con contrato. Era 1969. Lo animó su cuñado, trabajador de la Opel. Trabajador a turnos, cuando nacieron sus hijos se cambió al de noche porque ganaba un marco más a la hora. Conciliaba ya la vida laboral con la de su mujer, alternándose de día el cuidado familiar. Destaca la buena acogida de los alemanes y la reuniones con la comunidad gallega. Regresó en 1979.

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