El capuchino de Mondoñedo que construyó la basílica más grande de Cuba

Fray Aniceto fue el artífice y promotor de la basílica de Jesús de Miramar, dedicada a Cristo Rey


Pasó a la historia de Cuba con el nombre de Fray Aniceto de Mondoñedo que adoptara en 1912 cuando ingresó en la Orden Capuchina. Pero habí­a nacido en la ciudad episcopal un 17 de enero de 1896 con el nombre de José Cabaneiro Anllo, hijo de Francisco Cabaneiro Díaz y de Evarista Anllo Sordo.

Cuando tení­a once años, quedó tan impresionado por la prédica de dos frailes capuchinos que llegaron a su villa natal que decidió orientar su vida al sacerdocio. Se ordenó en 1920 y, tras estudiar en Roma, obtuvo el doctorado en Filosofía y se especializó en Ciencias Exactas. Con ese bagaje, regresó a España y enseñó en el Paí­s Vasco y Santander donde creó un Observatorio Astronómico similar al que otro sacerdote, don Ramón Marí­a Aller Ulloa, levantó por las mismas fechas en Lalín y en Santiago de Compostela.

El estudioso mindoniense Ricardo Pedreira _que conoció y trató al Padre Aniceto_ recuerda en el estudio que le dedicó que el fraile estaba en Durango en abril del año 1936 cuando acudió a Mondoñedo, por última vez, al entierro de su madre.

Meses después, al estallar la Guerra Civil, se exilió a Francia donde su Orden lo nombró delegado del Comité Pro Ayuda a los Exiliados.

Ayuda, comida y alojamiento

Desde ese cargo, tuteló y ayudó a numerosos civiles y militares que escapaban de la represión, del terror, de la lucha fraticida y de la muerte en España. Les proporcionaba ayuda material, manutención y alojamiento y les facilitaba documentación y medios para su huida hacia países del Caribe o Sudamérica a través de los puertos franceses.

Rematada la Guerra en el año 1939, el Padre Aniceto emprende también el camino del exilio y marcha a Cuba. Inicialmente se instaló en Bayamo, una de las ciudades más antiguas del paí­s situada en la provincia de Oriente, cerca de Santiago de Cuba. Allí­ levantó el primero de los muchos templos que despues construiría, la iglesia de Julia.

Pero al poco tiempo recibió la orden de trasladarse a La Habana para implantar en la capital cubana una fundación de la Orden Capuchina.

Y fue ahí, en La Habana, donde el Padre Mondoñedo alcanzó la hora alta de su periplo vital por dos cosas: por su implicación y labor evangelizadora en la sociedad habanera; y por la fundación y construcción de iglesias y basílicas a lo largo y ancho de todo el país.

Falleció en 1958

En esta última faceta suya, como promotor y constructor de iglesias, destaca la restauración del templo de Marianao, el levantamiento de la nueva iglesia del Salvador y, sobre todo, la construcción de la basí­lica de Jesús de Miramar, situada en plena Quinta Avenida del señorial y exclusivo barrio del mismo nombre en La Habana, ciudad en la que murió en el año de 1958.

Referente moral de la sociedad y unánimes elogios

El capuchino mindoniense tuvo un enorme arraigo en la sociedad cubana, fue un referente moral de ella y desarrolló un gran trabajo pastoral y social. Por eso, el General de la Orden de los Capuchinos, el Padre Benigno de San Hilario Milanés, lo designó en 1955 como Custodio de Cuba, es decir, Superior de la Orden Capuchina en la isla, tres años antes de su muerte.

Cuando ésta tuvo lugar, los reconocimientos a su persona y las muestras de pesar fueron generalizadas en todos los sectores de la isla. Los periódicos glosaron su vida, su obra y su trabajo social. El director de Prensa Libre, Sergio Carbó, escribió: «No fue un sacerdote más, absorto en la liturgia y el dogma. Sabí­a prodigarse, comprensivo y tolerante sobre las debilidades humanas para entender y perdonar. Fue un sacerdote ejemplar y un hombre bueno».

El famoso Gastón Baquero, redactor jefe del Diario de La Habana, el más importante e influyente diario de Cuba entonces, dijo: «Le debemos gratitud sin término. Con su silencio, su modestia, con su afán de estar anónimo y volcar su energía en productos o simientes de fe».

Por su parte, el Embajador de España en Cuba, el Marqués de Lojendio, resumió el sentido de su vida y obra en un artí­culo publicado en el Diario de la Marina el 24 de abril de 1958: «Ha levantado templos, ha fundado conventos, organizó asociaciones piadosas, orientó obras de caridad en esta tierra que tanto quiso y en la que su cuerpo viene a encontrar el descanso tras la larga jornada laboriosa. Era un constructor y, como tal, piedra sobre piedra, están levantadas sobre tierra cubana sus obras para recuerdo suyo imperecedero».

Pero fue, tal vez, el propio alcalde de La Habana, Aristide de Sosa de Quesada, el que dejó impreso el mayor de los elogios del ilustre mindoniense: «No recuerdo otra persona con un sentido tan beatífico de la humildad, con un concepto tan estricto del bien, con una renuncia tan ancha como generosa».

martinfvizoso@gmail.com

En los pasos del vía crucis están pintadas familias que ayudaron a construir el templo

Fray Aniceto de Mondoñedo fue el artífice y promotor de la basí­lica de Jesús de Miramar, la más grande y monumental de Cuba, dedicada a Cristo Rey y atendida por los capuchinos. Es un templo de influencia románico-bizantina y tiene planta de cruz latina, tres naves, ábside, cruceros, bóveda de cañón y cúpula de base octogonal. Se empezó a construir en 1946 y se concluyó en 1953.

La imagen central es una réplica del Jesús de Medinaceli de Madrid y en los extremos del crucero tiene dos capillas, una dedicada a la patrona de Cuba, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, y la otra, a Santa Ana, madre de la Virgen María. Pero lo más singular del templo es el Viacrucis, con 14 murales desplegados en las paredes laterales. Fueron pintados al óleo por el español César Hombrados Oñativia, con pinturas de tamaño considerable para las que algunas familias que aportaron recursos para la construcción de la basí­lica posaron para las distintas escenas y pasos. Su órgano de tubos también es excepcional. Tiene 5.000 tubos y tres consolas y puede alcanzar 73 registros reales. Otra singularidad de la iglesia es que, fuera de ella, se construyó la gruta de la Virgen a imitación de la famosa gruta francesa de Lourdes. El Padre Mondoñedo no pudo ver su gran obra totalmente terminada pues murió en 1958, antes de que el templo fuera oficialmente inaugurado.

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