Cacharro Pardo y el Campus lucense


Estaba por entonces en Euskadi. Desde Álava acudía frecuentemente a mi Mariña para descansar, reactivar ideas, reencontrarme con paisajes y paisanajes de mi condición de gallego y mindoniense, era mi refugio cada vez -frecuentemente- que mi nombre aparecía en la diana de ETA.

Un gran amigo de mi familia me invitaba a su casa. En el Pazo de Xanceda, Felipe Fernández Armesto -Augusto Assía- y su esposa María Victoria Fernández España, eran los mejores anfitriones de una versión gallega del club Siglo XXI. Celebraban almuerzos con tertulias en las que participábamos las más diversas personalidades del momento, con una clara intención de proyectar el conocimiento sobre Galicia y su futuro.

Por allí habían pasado gentes de las más variadas procedencias en la sociedad civil. Ahí se había convencido a Gerardo Fernández Albor para encabezar la lista de AP al Parlamento de Galicia en las primeras elecciones autonómicas. Fue la primera vez que el partido de Fraga ganó y gobernó.

Llegó a pararle los pies al mismísimo Fraga

Era otoño. Acababa de ganar las elecciones vascas en Vitoria. Celebramos un magosto en aquella hermosa casa del periodista Caballero de la Orden del Imperio Británico por su colaboración desde Barcelona con los aliados durante la segunda guerra mundial. Uno de los asistentes era Francisco Cacharro Pardo, presidente de la Diputación Provincial de Lugo.

Había viejos alumnos y profesores de la Compostelana. Universidad Literaria tal como rezaban sus documentos. El asunto a debatir, la disgregación del campus de la ciudad Santa de Occidente hacia otras sedes, en concreto la creación del campus de Lugo.

Mi padre y otros compañeros de tuna, después importantes gallegos en el mundo de las ciencias y las humanidades, no eran partidarios de la iniciativa del inspector de enseñanza llegado desde Guarromán, que se había integrado como nadie en el ser y estar de la ciudad del Sacramento, y desde sus murallas había tejido una red de colaboradores al más viejo estilo feudal.

Llegó a pararle los pies al mismísimo Fraga, presentando su propia lista a las autonómicas, en el último momento. No dejándole encabezar su provincia, con lo que el de Villalba tuvo que desplazarse a La Coruña.

El Campus de Lugo se hizo realidad. Comenzó siendo un éxito desde Veterinaria. Pero, la ciudad entre clérigos y soldados, evitó los aires de ilustración y modernidad que todos esperábamos de la Universidad. Y es que la ciudad de los romanos seguía fiel a lo que trascendía fuera o dentro de murallas. Lugo seguía siendo un triángulo entre la calle de La Reina, la plaza de España y la calle de La Cruz, dónde se practicaba el rito de los vinos y se presumía de slogan «para comer? Lugo».

Tengo que reconocer que hay otro Lugo. Más allá de la «ciudad cultural» que conformaban los Institutos de Enseñanza Media, la Escuela de Magisterio y la de Comercio, por fin nace un Campus derivado de Compostela, al que tuve el honor de asistir, estos días, como conferenciante en el XI curso de primavera de su Facultad de Humanidades, para explicar la obra de nuestro amigo y compañero de colectivo cultural Os Aventados, el caballero del Mediterráneo, Don Juan Queralt Blanch, dedicado al Quijote y los Derechos Humanos.

Debería mirar hacia el mar del norte

Ese Lugo universitario debería mirar hacia el mar del norte. Debería hacer de Mondoñedo su segunda sede, a través de las Aulas de Santa Catalina. Debería redescubrir Sargadelos. Debería indagar en el románico de San Martiño. Debería hermanarse con el Seminario de Estudos Terra de Viveiro, para que los alumnos de Humanidades exploraren el mundo de Pastor Díaz, de los Vilar Ponte, de Luís Tobio, del Mariscal Pardo de Cela.

Sigo teniendo la misma sensación que cuando fui estudiante de bachillerato en el Lucus. Las presencia de gentes mindonienses es para los lucenses, tan sólo, la llegada de xente da costa?

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