La paradoja en los derechos


Hoy, día que conmemora aquel 10 de diciembre de 1948 en que la Asamblea General de las Naciones Unidas firmaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos, desde cualquier lugar del planeta, en esta madre tierra al norte mar por medio con otras, con una huelga para alertar del retroceso en las condiciones del derecho a la asistencia sanitaria, es un buen momento para reflexionar sobre la paradoja de un mundo en el que los avances del conocimiento conviven con el avance de las desigualdades entre seres humanos, territorios o la utilización perversa que se hace de los derechos aprovechando una crisis económica en la que unos son culpables y los demás víctimas.

Me inspira la exposición en Sargadelos del artista llegado desde el Mare Nostrum. Residente en la Rectoral de la Basílica de San Martiño. Miembro de Os Aventados. Dónde reflexiona y traslada a la conciencia del espectador los mensajes que Cervantes con su caballero -seco de carnes y enjuto de rostro- inmortaliza, algo así como la Ley Natural antes de la Declaración de los Derechos del Hombre.

Me fijo en el cuadro dedicado a los galeotes. Cervantes fue cautivo, sabía por sus propias carnes lo que significaba perder la libertad. No tengo por menos que lamentar la paradoja entre libertad y cautiverio por falta de acceso a lo necesario para ejercer la ciudadanía real, o lo que más me escandaliza, la paradoja entre el poder adquisitivo de una minoría que maneja a su antojo la democracia y una creciente mayoría sobreviviendo a la pobreza. En mi retina, al mismo tiempo que contemplo a los galeotes del Quijote, veo a los desahuciados de su derecho a una vivienda, veo a los explotados en nombre de la productividad y competitividad fruto de una perversa globalización, veo a los que buscan entre los residuos de los contenedores algo que les permita superar su diaria desesperación, veo la vergüenza de quienes antes daban y contribuían y de repente son convidados forzosos en la mesa de un comedor social de Caritas.

Juan Queralt Blanch, ha penetrado en el alma de la obra literaria que más ensayos ideológicos ha inspirado. Su aportación -dice que sobre todo a los jóvenes- a la ciudadanía es: oportuna, necesaria y herramienta educativa sin límites de edad, sexo, credo, raza o procedencia.

Pobreza, privaciones, exclusiones, no pueden volver a ser objeto de la caridad. Son deberes del poder entregado desde el pueblo a las Instituciones Públicas. Sin igualdad de oportunidades no puede haber civilidad y mucho menos paz social. Cada vez que se recorta un derecho para transformarlo en una mercancía se está creando el peor de los climas para la convivencia. Los que nada tienen, nada pueden perder, salvo la dignidad de luchar contra la tiranía de los que se instalan en la crisis de los demás para ser dueños del mundo.

A la postre, la dignidad y la justicia, se conquistan con el ejercicio de la libertad frente a la tiranía, por muchos cambios legislativos que algunos hayan iniciado desde el temor al pueblo del que proceden y al que han dado la espalda. -Asunto viejo y reiterado en la historia de la humanidad-

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