Nuestro San Andrés


"Tres días fai que non como. Tres días fai que non durmo. Por ir a San Andrés. Que está no cabo do mundo". Es la peregrinación que contempla la tenebrosidad de la mar océana. No hay San Andrés sin nordestada. Esa que las gentes de Islas San Cyprianus temían con aquel dicho popular de "cando con nordés chove, ata as pedras move". Y es que todo buen gallego habrá de ir a Compostela, Fisterra y Teixido, a encontrar a herba de namorar, la fuente de los tres caños, los acantilados más altos del continente; quizá para poner un exvoto que proteja a la tripulación del pesquero. El culto a San Andrés trata de cristianizar la tradición impuesta desde los druidas, o con Prisciliano, a las plantas, las aguas y los montes.

Pero, como sucede con San Benitiño, hay otro San Andrés, amén del que reside entre A Capelada y Ortegal. Y así lo debió concebir el cura bachiller presbítero de Santa María de Lieiro y San Xián de Castelo, cuando funda en As Figueiras -Porto de abaixo- en San Cebrián (según las cartas marinas y mapas de España del XVII) una hospedería- de San Andrés- para pobres peregrinos quizá camino del poniente mágico dónde la mar se traga cada día al astro rey.

Mi amigo y compañero de aventuras a la búsqueda de nuestro patrimonio identitario, Xosé Ramón Fernández Pacios, me proporciona desde nuestro Mondoñedo, copias de unos documentos que guardaba la Rectoral de Santa María de Lieiro, dónde se muestra la obra de Andrés Varela, quien otorga testamento un 8 de enero de 1641 para garantizar la financiación del conjunto que forman el hospital de cinco camas, y la capilla, con la figura del mayordomo y los hospitaleros, que son las personas que llevarán las cuentas, las obras de mantenimiento y la atención a los peregrinos, manifestando la voluntad de que sea el obispo de Mondoñedo quien con sus visitas pastorales compruebe que se cumple su voluntad

Son: su sobrina Catalina Varela casada con Antonio Ramos, los primeros en atender las indicaciones del bachiller, en tiempos de Fray Miguel Quijada, quien gobierna en la diócesis provincia del antiguo reino de Galicia.

El último día de noviembre, próximo ya al solsticio de invierno, era la fiesta del puerto de San Ciprián, precisamente por estar en As Figueiras, el puerto que fue de las Reales Fábricas de Sargadelos, dónde arriban para carga y descarga los buques, o pasan la invernada. Ahí, se celebra la onomástica del santo que llega a Galicia en barca de piedra para predicar la fe de Cristo.

Son días de parrandas, para los hombres que aguardan entre cantinas el paso del mal tiempo que impide faenar. Son días de viño quente, magostos, broa de pan de millo, cantarines que describen personas y conductas. Fueron momentos para rondar a las mozas o para iniciar una relación con la música de la orquesta Variedades en aquel elegante y querido salón Miramar que regentaban Esperanza Rey y Marcelino Díaz.

Aunque algunos no lo sepan, o no se adapten a nuestra vieja cultura, les recomiendo que lean al poeta chairego vecino de Foz, Manuel María. "Galicia somos nos: a xente e a fala. Se buscas a Galicia, en ti tes que atopala".

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