«Toda mi vida profesional, en el juzgado, busqué paz y compañerismo»


mondoñedo / la voz

Hace casi 14 años que cesó, por motivos de salud, pero parece que realizó la última diligencia ayer mismo. Lorenzo Ares Robles (Mondoñedo, 1945) nació en una familia humilde y numerosa del barrio de San Lázaro. «Había unas 70 familias y solo íbamos al instituto tres chavales. Yo tuve suerte». Siempre le gustó estudiar porque la alternativa «era mondar cebollas y tenían ortigas». Su padre, policía local, completaba el exiguo salario con otros trabajos. «Era la posguerra, no había lujos, pero nunca pasamos hambre».

El maestro, Alfonso Fernández Garrote, le animó y entró en el Instituto Laboral. «A los de pueblo nos rechazaban, me sentía discriminado», recuerda. Salvo el director, Francisco Mayán, que ayudaba «a los de fuera». Lorenzo consiguió una beca y la perdió «por la mala acción de un cura», que le suspendió en Religión y mermó su entusiasmo. Logró completar el Bachillerato, pero no hizo la reválida. «Empecé a trabajar en el Juzgado de Primera Instancia de Mondoñedo con 17 o 18 años».

Como premio por tener buenas notas, el domingo iba a ayudarle a su hermano al Café Madrid. El auxiliar del juzgado, «muy buen cliente del bar», había aprobado la oposición de oficial y pensó en aquel joven para sustituirle. Pero antes de aceptar tuvo que persuadir a su padre que, instigado por su amigo José Novo, el bedel del instituto, quería que siguiera estudiando. «¿Qué puedo hacer, Magisterio, como la mayoría, preparándome aquí con don Alejandro Palacios y examinándome en Lugo...?». El 1 de diciembre de 1964 entró en el juzgado. César Otero Sequeiro, el recién ascendido oficial, le instruyó; de él adquirió incluso «el defecto» de escribir a máquina sin espaciar con el pulgar derecho.

Empezó ganando 11.160 pesetas al año, «como un peón», pero no tardó en cobrar tres mil y pico al mes. «Mi madre estaba encantada». Con su ayuda dieron cal a un lateral de la casa (el alcalde, Mayán, obligó a blanquear las fachadas) y se acabó la costumbre de «anotar en la libreta del bar Leiras, el ultramarinos de San Lázaro» para abonarlo todo al contado.

En el juzgado aprendió de prisa, de la mano del juez, y no tardó en descubrir su vocación -«habría estudiado Derecho, para ser abogado, no juez»-, pese a las envidias que despertó el puesto «del hijo de Lorenzo» y algún intento de apartarle «con regalitos y pollos pelados» para el secretario. Pero se impuso el criterio del juez, que le empujó a presentarse a las oposiciones de auxiliar, «para aprender cómo son los exámenes».

Solo superó la prueba de mecanografía pero poco después, durante la mili, se convirtió en auxiliar. «Estudiaba en los baños de la tropa, pasé los temas a octavillas para llevarlos en el bolsillo de la guerrera», evoca. Un castigo colectivo le condenó al pabellón de la compañía, hasta que el sargento intercedió ante el capitán, que le brindó «la habitación del furrier, la oficina y el despacho». Entonces se produjo «el incidente»: el comandante le denegó la autorización para viajar a Madrid, donde debía examinarse. Pero gracias a la mediación de «un amigo militar» el comandante recibió un telegrama del capitán general: «Concédase inmediatamente permiso...», según reproduce de memoria.

Al licenciarse retornó al juzgado de Mondoñedo y pasó tres meses en el de Betanzos, hasta que convocaron la plaza de auxiliar. Con apenas 30 años llegó a oficial, con el número dos entre 120 en la oposición. Ya casado, su primer destino fue Vilalba. «Aquel juzgado estaba muy atrasado, lo puse al día (...), me encargaron la secretaría y la junta electoral de zona, en las primeras elecciones democráticas. La política en Vilalba era muy complicada, el fraguismo, el antifraguismo, empezaba el BNG...». Viajaba a diario en un Seat 850, que se calaba en la subida, y su madre le regaló un 124. Y regresó a «la ciudad de la paula», hasta la jubilación. «Toda mi vida profesional procuré la paz y el compañerismo».

Lorenzo Ares Robles

66 años

Oficial judicial de primera

la estatua de Cunqueiro y la catedral al fondo, con la paula, «por cariño»

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