¿Pueden elegir?

A MARIÑA

La oferta para que jóvenes profesionales españoles se vayan a trabajar a Alemania ha traído a la memoria las imágenes de los emigrantes de la segunda mitad del siglo pasado, que se marchaban con pasaporte de turista y la ristra de chorizos de casa en la maleta para encontrar trabajo en alguna cadena de producción en los mejores casos o en trabajos auxiliares de hostelería en otros muchos.

Las cosas, sin embargo, han cambiado mucho, y para bien, desde entonces. Los miles de jóvenes que las becas Erasmus convierten en ciudadanos de Europa, los profesionales sanitarios que ejercen en el Reino Unido o en Portugal o tantos directivos y técnicos que trabajan durante meses o años en países de todo el mundo en los que se establecen empresas españolas dan fe de ello.

El problema no está en que Merkel ofrezca trabajo a universitarios españoles. Ni mucho menos. La oferta tiene, por el contrario, la connotación agradable de la positiva valoración que significa de jóvenes profesionales españoles, pese a todos los problemas de nuestras universidades y las críticas frecuentes al nivel de la formación que en ellas se imparte.

El problema real no es que les ofrezcan un buen trabajo en Alemania, sino que no tengan más remedio que aceptarlo porque la alternativa aquí sea el paro que afecta a cerca de la mitad de nuestros jóvenes, una beca mal pagada e inestable, una oposición en la que competir con miles por un puesto de celador o de conserje, o, aun peor, la economía sumergida.

La clave está en poder elegir entre ofertas comparables. No es el caso ni hay visos de que lo sea. Eso es lo que escuece.