Adiós a Yayoi Kusama, la pintora que hizo del lunar un icono del arte pop y su salvación terapéutica

H. J. P. REDACCIÓN / LA VOZ

AL SOL

Yayoi Kusama, retratada en una exposición en la galería Tate Modern en Londres en el 2012.
Yayoi Kusama, retratada en una exposición en la galería Tate Modern en Londres en el 2012. Luke MacGregor | Reuters

Famosa por sus acumulaciones de coloridas piezas, la cotizadísima creadora japonesa falleció el pasado 14 de agosto a los 97 años en un hospital de Tokio

28 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Se salvó del suicidio gracias a su dedicación al arte, según ella misma confesó en varias ocasiones. La pintura fue su herramienta terapéutica vital, ya desde niña, cuando comenzaron sus alucinaciones. Y es que el origen del trauma de Yayoi Kusama (Matsumoto, Nagano, 1928-Tokio, 2029) estaba en el mismo lugar que debía ser su castillo protector, su hogar, donde comenzaron sus crisis nerviosas: una madre maltratadora —que la humillaba por su afición por los lápices de colores y las láminas— y un padre adúltero que no impedían que la niña fuese víctima de aquella quiebra de tensiones e infelicidad. Después vinieron la Segunda Guerra Mundial y los bombardeos, y el nulo espacio de decisión que aquella sociedad le concedía a la mujer. La adolescente se refugió en sus cuadernos, evadiéndose de la realidad, en el infinito lugar de ensoñación de los semilleros y las plantaciones de flores del próspero negocio familiar donde arraigó —ya estaba en sus pesadillas infantiles— su obsesión por los lunares, los campos de color y los elementos repetidos hasta el infinito que marcarían su universo de creación. La devoción por las flores —inicialmente ligada en su trabajo a la estampa tradicional japonesa— la llevó hasta Georgia O’Keeffe, cuya obra conoció por azar a través de un libro. En su ingenuidad, escribió por carta a la artista estadounidense; y su motivadora contestación la animó a viajar en 1957 a Nueva York, huyendo del asfixiante ambiente que se vivía en su casa y en el mundillo del arte japonés, donde una masculinidad tóxica todo lo aplastaba. Aquel exilio no fue sin embargo un camino de rosas. La presencia femenina en el arte en Estados Unidos era también residual y heroica en el reino del expresionismo abstracto. Aquellos exitosos hombres blancos tomaban sus topos de colores como una frivolidad naíf de una joven de talento inconsistente —a la que miraban de modo condescendiente también por aquello del exotismo de la civilización oriental—, cuando allí en aquella explosión contracultural y el underground estaba naciendo uno de los afluentes más caudalosos del arte pop. Este desprecio la hizo pasar muchas dificultades económicas, incluso hambre, pero ella porfió, firme, en su camino de tozuda superviviente, sin por ello lograr nunca superar sus problemas mentales, la depresión y las tentativas de suicidio.

Instalación inflable de Yayoi Kusama que representa a la propia artista colocando topos de colores en la fachada de la sede de Louis Vuitton en los Campos Elíseos, en el 2023, en su segunda gran colaboración con la firma de moda y lujo de París.
Instalación inflable de Yayoi Kusama que representa a la propia artista colocando topos de colores en la fachada de la sede de Louis Vuitton en los Campos Elíseos, en el 2023, en su segunda gran colaboración con la firma de moda y lujo de París. Benoit Tessier | Reuters

El delicado equilibrio en el que vivía siempre la empujó a residir, en su regreso a Japón en 1973, en la institución psiquiátrica Seiwa, muy cerca de la cual instaló enseguida su estudio. En ese taller trabajó sin descanso hasta que acabó convertida en una eminencia planetaria del arte ya en el siglo XXI, hoy cotizadísima. Y allí siguió con su equipo más allá del ruidoso eco de su fama —que el diseñador Marc Jacobs ayudó a disparar con la colección que prepararon en el 2012 para Louis Vuitton— hasta poco antes de su muerte, acaecida, a los 97 años, el pasado 14 de agosto en el hospital tokiota en que estaba ingresada.

Topos, espejos, redes, calabazas, «performance», poesía, narrativa y creación visual

Las facetas creativas de Yayoi Kusama son innumerables y van más allá de los topos de colores —y sus redes y espejos infinitos— que son su marca más personal. Con los lunares llenó no solo sus lienzos —y los trajes, zapatos, bolsos y otros complementos de Louis Vuitton— sino también cuerpos desnudos en sus performances del período estadounidense en protestas contra la guerra y a favor de la igualdad, porque era consciente de que el arte podía ser una herramienta de gran impacto social más allá del propio valor terapéutico que siempre le extrajo para salvaguardar su propio equilibrio emocional.

Instalación de la «Habitación de los espejos infinitos» de Yayoi Kusama en un museo de Ciudad de México.
Instalación de la «Habitación de los espejos infinitos» de Yayoi Kusama en un museo de Ciudad de México. Tomas Bravo | Reuters

Las acumulaciones de puntos decoraron además sus esculturas y sus instalaciones, un espacio en el que cobraron una popularidad especial sus calabazas, que traspasaron incluso las dudosas fronteras del merchandising. En su labor hubo lugar igualmente para el arte visual.

Inastalación de una de las calabazas de Yayoi Kusama en los jardines del palacio de Kensington, en el 2024.
Inastalación de una de las calabazas de Yayoi Kusama en los jardines del palacio de Kensington, en el 2024. Hollie Adams | Reuters

Y cuando creyó que no lograba exponer suficientemente bien sus inquietudes, su dolor y su preocupación por la salud mental recurrió a la poesía, que por veces conjugó orgánicamente con sus piezas plásticas. Si con eso no bastaba tampoco dudó en echar mano de la narrativa, en donde fue especialmente explícita en su primer libro: Manhattan Suicide Addict (1973).

En el 2023 el Guggenheim de Bilbao le dedicó una gran retrospectiva. Meses después Serralves ahondó en su obra.