Una ruta que empieza en Ponte Ulla y que exige llevar unas buenas botas de montaña


Esta es una ruta que hay que recorrer cuanto antes. No porque el verano entre en su recta final, sino por los destrozos estéticos que está haciendo el hombre en sus alrededores. La consecuencia será que dentro de unos años el paisaje no va a mostrarse tan impresionante como ahora se muestra.

El punto de partida se encuentra muy cerca de Santiago, en Ponte Ulla (1). O sea, en lo que podría ser una maravillosa localidad al lado del río que le da nombre. Curioso: ese Ulla no siempre define la frontera entre las provincias de A Coruña y Pontevedra, sino que el municipio de Vedra, al que pertenecen esas casas, iglesia, lavadero y crucero, se prolonga dibujando un seno más allá de la otra orilla.

De manera que procede cruzar el puente (2) en sentido contrario a como lo hacen los peregrinos que siguen el Camino del Sueste o Vía da Prata, y una vez en la otra ribera girar a la izquierda (3), buscando el santuario de Gudián. En el primer cruce (4), a la izquierda, con pendientes muy fuertes y por una vía ancha con zahorra que deja a la misma mano una plantación de árboles frutales, y con el Ulla no muy lejos pero sí muy emboscado, de tal manera que solo aquí y allá se distingue la masa de agua entre la tupida vegetación. Después de dos pronunciadas curvas aparece ante los ojos el mencionado santuario (5). Un lugar simplemente precioso cuando se llevan 1.300 m en las piernas

Hay que dar marcha atrás un centenar de metros y, al encontrar una bifurcación (6), por la izquierda se volvería al punto de partida, así que se elige la diestra, en ascenso, con un firme más verde que el anterior y que gana altura hasta la vía vieja del tren, la cual se salva por un pequeño túnel (7), kilómetro 1,7.

Siempre hacia arriba, si surge alguna duda (sobre todo cuando aparecen ante los ojos tres posibilidades), en determinado punto hay coincidencia con una ruta de senderismo bien señalizada con los colores blanco y amarillo, y durante unos cuantos metros, hasta el asfalto en medio de una aldea, Castro (8), hacerles caso constituye una excelente opción.

Tras dejar a la espalda las casas, y tras ese corto tramo de asfalto, un camino ancho de tierra conduce a lo más alto, a un castro -no se distinguen ni murallas, ni viviendas, ni fosos- en el que fue colocado un edificio muy peculiar, kilómetro 3,6, que se ha transformado en un mirador excelente (9). Eso sí, merecedor de algún cuidado más de que se le presta.

El descenso, o bien por el mismo camino de ida o, si se prefiere atajar, directamente por el asfalto, coincidiendo de esta forma con el trazado del Camino del Sueste.

Como resulta fácil deducir, esta es una ruta corta pero algo dura. No para profesionales, pero desde luego tampoco para los pequeños de la familia. No se trata de un paseo, sino de un sube y baja acentuado que se nota en rodillas y tobillos. Y ello prácticamente exige llevar unas buena botas o zapatos de montaña para la caminata.

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