Todo un alarde de placidez atlántica posterior y previa a la tormenta

El Atlantic Fest reafirma que su localización, A Illa de Arousa, es su cabeza de cartel


la voz

 Incluso por encima de los recurrentes y enfermizos testimonios gráficos en redes sociales las apps más demandadas ayer al mediodía en A Illa en Arousa eran las de las predicciones meteorológicas. Llovía intensamente a las 12.30 horas, cuando Las Odio asomaron a uno de los escenarios del Atlantic Fest. Nadie se arredró. Las locales y curtidas  gentes del mar reafirmaban las predicciones. «Vai quedar una tarde de praia», aventuraban. Y vaya si quedó. Cuando Nacho Vegas y su tremenda banda subieron al escenario principal eran ya más las nubes que los claros. Eran ya más las sonrisas que los temores. La suerte estaba echada. Lo comprobó una animosa Soleá Morente instantes después. La carpa transparente que protegía su escenario hacía el efecto de un invernadero. Su buen hacer de y el eficaz surtido de las barras cercanas no dieron opción al sopor vespertino.

El Atlantic Fest entraba en sus horas álgidas y el asunto del tiempo había dejado de ser conversación. Tan solo unos charcos en los que los más pequeños chapoteaban despreocupados recordaban lo que horas antes allí había pasado.

La placidez era absoluta. De esas que solo un entorno como el que acoge el festival arousano es capaz de propiciar. Desenfado diurno, pequeños correteando, familias que mil veces habían soñado algo así, escaramuzas a la cercana playa, mojito de albariño con berberechos camisas de palmeras por doquier, disfraces de Pikachu.... El idilio se había consumado una vez más. Y aún no habíamos alcanzado las cinco de la tarde.

Justo a la hora en la que La Bien Querida demostró que en Atlantic la música importa. Y mucho. Que sí, que está bien eso de la socialización que parece imponerse en otros festivales. Pero que aquí, además del incuestionable poder de seducción de la propia isla, lo que ocurre en los escenarios cuenta. Y de qué manera.

Eran las cinco de la tarde. En las casas vecinas la gente sesteaba viendo la etapa del Tour. En el Atlantic se entregaba voluptuosa al pop casi naif de La Bien Querida. Manos en alto, coros multitudinarios, calor y cerveza. A eso de las cinco.

Después llego Marlon Williams. Y mandó parar. Sublime ejercicio de elegancia. Un crooner de la vieja escuela. Quilates por doquier. Un híbrido entre Richard Hawley y Lloyd Cole. Y el personal se rindió.

Por delante quedaban Dorian, Los Planetas y Love of Lesbian. Pero eso ya sería de noche. Este territorio en el que el embrujo del Atlantic Fest para unos se amplifica y para otros se disipa.

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