Covas, kilómetro cero del furancho

Una aldea de Meaño concentra el mayor porcentaje de estos locales por metro cuadrado

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Son una de las alternativas gastronómicas gallegas más genuinas. Algunos expertos en la materia datan sus orígenes en el siglo XIX. La fórmula es sencilla: una propiedad privada con emparrados propios abre las puertas para la venta de su excedente de caldos. Para que los lugareños los identifiquen, colocan una rama de laurel en la entrada. Hoy, en el verano del 2018, los furanchos, o loureiros, cuentan incluso con recomendaciones en TripAdvisor y página de Facebook.

Los hay en Betanzos, en O Morrazo, en O Barbanza, en Noia o en Bembrive (Vigo). En O Salnés, donde se concentra la mayor producción de albariño de Galicia, la proporción es muy llamativa. En Cambados, Ribadumia, Meis, Sanxenxo o Vilanova uno siempre encontrará uno. Sin embargo, es la aldea de uno de los concellos de esta comarca la que rompe todas las estadísticas. A falta de un censo oficial, solo hay que prestarse a un experimento: conducir en Meaño a partir del mediodía o después de las ocho de la tarde por la carretera de la parroquia de Covas (para muchos, Cobas). Una vía secundaria que no puede albergar en los días de verano más coches aparcados por metro cuadrado. En el lugar de A Aldea de Abaixo y alrededores se contabilizan casi una veintena de locales. El vino servido en cuncas y las tapas de tortilla, calamares, pulpo, zorza o raxo elaboradas de forma tradicional son sus especialidades.

Geolocalizados

Aunque en su día su carácter rozando lo clandestino los mantenía alejados del foco, hoy solo hay que ir a Google para ubicarlos. Estos locales también se han modernizado y cuentan con geolocalizador. Entre los más populares están O Furancho de Ángel -con una segunda planta chill out para tomar el café-; el de Marcos -con las estancias repartidas respetando la estructura de las antiguas cuadras-; A Roda, donde se puede comer bajo las vides; O Lar de Outeiro, con una espectacular panorámica de la ría de Arousa, como el de Vistas do Albariño, antes O Quirófano. Lar do Vila, Roelo, O Bacelo de Mari o el Furancho Gardenia son otros de los loureiros de Covas. Muy cerca, en otra parroquia, Xil, se extiende su presencia.

Para poder abrir sus puertas en los meses de verano -la normativa de la Xunta del 2012 solo les deja estar abiertos un máximo de tres meses durante la temporada, que empieza en diciembre y acaba en junio-, buena parte de ellos se han registrado como restaurantes o tabernas. El verano es su época fuerte. Y aunque legalmente algunos ya no consten como furanchos, el espíritu permanece intacto.

Esto sí que es comida de la abuela

ALEXANDRA MAZA / N. S./ CARLOS CRESPO
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NOS VAMOS DE FURANCHOS. Locales como estos solo los hay en Galicia, el vino de la casa y la comida más nuestra nunca faltan en estos sitios. Son un secreto, pero en ellos siempre cuesta encontrar mesa

Estos rincones solo podemos encontrarlos en Galicia. Son casi tan típicos como el pulpo y la empanada, y han pasado a formar parte de nuestra rutina culinaria como uno de los mayores atractivos turísticos. Los furanchos, para quien no lo sepa todavía, son locales situados en la casa del propietario en los que ofrecen vino y comida casera. Si quieres saber dónde hay uno, busca un laurel colgado de la puerta. Empieza la ruta más casera por nuestra gastronomía.

FURANCHO DO FLORO

En el furancho do Floro se pasa de todo menos hambre. Su especialidad son el churrasco y el bacalao a la brasa, aunque el pulpo también es otra de sus especialidades. Para disfrutar la comida, se puede hacer dentro, sintiendo la verdadera esencia del furancho mientras degustas sus platos en unos bancos de madera, o fuera, en su terraza con vistas al puente colgante del río Tambre y a la ría de Noia. Este furancho se levantó hace tres años, cuando Víctor Rodríguez, el dueño del local, decidió que quería montar un restaurante de este tipo. «La casa estaba arruinada y la reconstruí para montar este establecimiento», cuenta el propietario. Y es que desde su creación no ha parado de albergar a los paladares hambrientos que pasan por la zona de Barbanza. «Tenemos hasta excursiones de gente que viene solo para comer aquí», afirma Víctor. No cierran en todo el año y aunque siempre haya gente, agosto es el mes que se lleva la palma. «Estos días de verano son una locura, hay muchísima gente», explica.

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