¡Sí, en el río Ouro hay minúsculas pepitas!

Familias aprenden a buscar el preciado metal en un curso de bateo en Alfoz

s. s.

«Papá, neste río non hai troitas!», exclama un niño, con los pies metidos en el agua fría del río Ouro, en Alfoz, en A Mariña lucense. Su padre, riendo a carcajadas, le responde: «Non, fillo, non. Pensabas que viñamos pescar?». Esta respuesta causa la risa de todos los presentes, que siguen con atención las explicaciones de uno de los monitores del novedoso taller de bateo de oro, organizado por la Asociación Sociocultural Mariña Patrimonio, en colaboración con el Concello de Alfoz.

«Ven xogar comigo», le dice uno de los niños a otro. «Non», le responde el aludido. «Quero atender ao que está dicindo», añade con los ojos fijos en una batea, el recipiente cúbico de metal que se usa para buscar pepitas de oro. Con el agua por los tobillos, el geólogo Francisco Canosa hace una demostración de este sistema de extracción artesanal ante el grupo, situado en la orilla del río. Sumerge la batea llena de arena y piedras procedentes de la antigua mina del municipio hasta llenarla con el agua límpida y cristalina del Ouro, y la remueve con la mano, quitando la grava y las piedras de mayor tamaño. Ya solo queda la arena y, con un poco de suerte, alguna pepita de uno de los metales mejor y más valorados. «A ver se queda ouro para todos», comenta entre risas uno de los asistentes. Y añade: «Espero que os da quenda anterior non o levasen todo».

La mayor parte de los inscritos en esta actividad durante la tarde de ayer eran matrimonios con niños pequeños. Sin duda, esta es una alternativa de ocio divertida y diferente para pasar una tarde de verano en familia. Y es que los pequeños se conforman con jugar en la ribera del río, aunque también les hace ilusión encontrar las tan ansiadas pepitas. «Non creo que atopemos ouro», asegura uno de los chavales. «Os romanos levárono todo», ratifica otro con total convicción.

Sin embargo, en cuanto se sientan al borde del agua con las bateas entre sus diminutas manos, los rostros se les iluminan, esperanzados. Tras una hora de extracción, los más afortunados contemplan orgullosos el resultado de su colecta. En pequeños recipientes de cristal habían guardado las minúsculas pepitas de oro, que enseñaban a todo cuanto estuviera presente con enorme satisfacción. Los menos agraciados se tuvieron que conformar con haber podido disfrutar de una tarde, cuando menos, entretenida, en un entorno natural con mucho encanto.

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