Las cuentas del alcalde de O Carballiño, Francisco Fumega, se hacen con cifras redondas. Con cerca de cien mil visitantes y un consumo estimado de setenta mil kilos de pulpo, calculadora mediante, resultan raciones más que aceptables para que los de casa saquen pecho y los que llegan de otros lugares se vayan contentos. La larga treintena de calderos para cocer el pulpo no dan abasto. La entrada a la alameda, de todos modos, genera algún que otro fruncir de ceño, sobre todo entre quienes acuden por primera vez a una de las llamadas anuales de la gastronomía más tradicional. Los veteranos solo miran el precio de la ración de pulpo, que es el único que se mueve, siempre hacia arriba, en sentido contrario al Ibex. «Reclamaciones en el puesto de la Guardia Civil», indica el cartel con los precios, que abren los nueve euros de la ración de pulpo y cierra el euro con cincuenta céntimos del agua mineral. Entre los fundamentales de la relación está el pan de Cea, a tres euros cada media pieza. Antes de llegar al corazón del parque, al lugar dedicado a la comida, al visitante le habrán cantado que puede comprar pendientes a dos euros y podrá comprobar cómo el mercado ambulante se actualiza a buen ritmo: ya están aquí las camisetas del 7 de la Juve.

La villa de O Carballiño, tal día como el de la festa do pulpo, que este año ha cumplido 56 años, es una torre de babel, en la que se mezclan idiomas y tonillos que denotan una alta presencia de visitantes, atraídos por la ganada fama de esta cita, que para los de casa es con el pulpo, aunque, por aquello de la normativa, la directora xeral de turismo, Nava Castro, destacara ayer la tradición secular del oficio de polbeiro en las casi seis décadas de festa do polbo en O Carballiño. Carne ao caldeiro, churrasco, costilletas y empanada completan una oferta de campo que goza de reconocimiento como celebración de interés turístico nacional, una etiqueta que en Galicia apenas pueden lucir una docena de las innumerables convocatorias que cada año dan sabor y aroma al verano gallego.

Porque aquí, como decía Emilio Nogueira, el portavoz carballiñés de la emigración en Buenos Aires, todos los que vuelven a casa en estas fechas contribuyen a que esta cita, que también es suya, sea mucho más que una mera reunión para picar una ración de pulpo. No solo los más veteranos siguen fieles a la llamada del cefalópodo, llueva, truene o caiga el sol a plomo. El relevo generacional se deja ver con orgullo. Pandillas, pañuelos, camisetas diferenciadoras, música propia y ganas de farra dan a la fiesta un nuevo impulso. Hay futuro. Que, por cierto, contrariamente a lo que ocurre en otros pagos y con otras celebraciones de similar corte, aquí la hostelería local no se siente penalizada.

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Pulpo o polbo, la clave está en el plato