No sé leer

M.ª Jesús González Rodríguez. 56 años. Lugo. Ingeniera técnica agrícola


Me sobresalté cuando salió de entre la maleza, sofocada y hermosa como una diosa. Yo estaba medio dormido, tumbado bajo el roble, rumiando la posibilidad de volver a ver a la rubia.

-¡Querida prima!

Me levanté a besarla. Olía a hierba fresca y a flores silvestres. Me sonrió con aquella mueca pícara que junto con sus bamboleantes senos formaban un tándem letal de seducción.

-Supuse que estarías aquí -dijo mirando mis pies descalzos-. Me fugo de casa para nunca volver.

Mi prima Margarita era propensa al drama. Podía haber sido actriz en vez de vivir en una granja, dedicada al queso y a los campos. Como una ninfa despertaba sentimientos complicados.

-Y tú tendrías que hacer lo mismo, Blanco -prosiguió-. Ocurren cosas extrañas.

-¿Cosas extrañas? Un día de estos moriremos de aburrimiento, Margarita, querida.

-¿Recuerdas la desaparición del joven Marcus? -dijo, cabeceando obstinada-. Tenía ganas de volar. Un día me dijo que quería ser pintor y estudiar en Francia. Su madre andaba de cabeza por su causa. Pero su desaparición repentina fue un misterio. No se habría ido sin decírmelo. Y antes de Marcus fueron otros.

Empezaba a incomodarme su teoría conspiratoria. Me gustaba la vida plácida y mansa del pueblo.

-Vayámonos juntos -me suplicó-. ¡Ahora mismo! Perdamos de vista este lugar. Nada es lo que parece aquí.

Su proposición me pilló completamente desprevenido. Nunca creí tener nada que hacer con aquella explosiva pelirroja, siempre rodeada de fornidos sementales. La rubia tendría que fastidiarse. O no. Me estaba liando como a un niño. Me suplicó que no volviese a la granja. Tal vez se debiese a una digestión pesada, un mal sueño, unas neuronas cruzadas, una esponja por cerebro. ¡Lástima! Tan bella y tan loca.

Se alejó por el camino sumida en llanto, contoneando sus enormes caderas de forma natural. Al dar la curva y perderla de vista pude volver a parpadear y volví lentamente a casa. Me esperaba la cena y un rato de ocio en el patio, viendo las estrellas, después de un día de asueto.

No me sorprendió ver un camión a la puerta, aunque si supiese lo que se me venía encima habría salido despavorido campo a través. Esperaron a que el amo me echase una buena ración de heno para atarme los cuernos y subirme al camión, que en letras rojas ponía Carnicería Manolo, auténtica carne de rubia gallega. Pero yo soy un ternero que nunca supo leer.

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